Andrea Fernández tiene 26 años y hay días en los que no sabe exactamente a qué hora empezará a trabajar hasta que recibe el aviso. Si al día siguiente le toca cargar un camión a las nueve de la mañana, es ella quien debe calcular cuándo salir de casa, cuánto descansar y cómo organizar una jornada en la que los imprevistos forman parte del trabajo.
Natural de Pontevedra, recorre España transportando contenedores mientras comparte la cabina con Brugal, su labrador de color chocolate. A través de sus redes sociales muestra una profesión mucho más compleja de lo que parece y desmonta muchos de los estereotipos que todavía rodean al transporte por carretera.
Su historia también refleja el cambio que está viviendo un sector donde las mujeres siguen siendo minoría, pero cada vez tienen más presencia. Entre largas esperas, horarios imprevisibles y cientos de kilómetros de asfalto, Andrea ha encontrado una profesión que le permite demostrar, cada día, que era capaz de hacer aquello que muchos pensaban que no conseguiría.
La historia de Andrea
La historia de Andrea Fernández comenzó lejos de la cabina de un camión. La pontevedresa trabajaba en el almacén de un puesto de verduras, donde coincidía habitualmente con los transportistas que llegaban de madrugada para descargar la mercancía.
Aquellas conversaciones y el contacto diario con los camioneros despertaron una curiosidad que terminó convirtiéndose en una decisión de vida.
Sin embargo, el camino no fue sencillo y, de hecho, cuando anunció a su entorno que quería obtener el permiso para conducir vehículos pesados, la reacción no fue precisamente positiva.
La preocupación por los riesgos asociados al transporte de mercancías hizo que muchas personas intentaran convencerla de que buscara otro camino profesional. Sin embargo, ella tenía claro que quería probar suerte en un sector que le llamaba cada vez más la atención y siguió adelante hasta conseguirlo.
Hoy realiza transporte nacional de contenedores y mueve todo tipo de mercancías, desde productos de alimentación hasta ropa u otros artículos. En cada ruta cuenta con un compañero inseparable: Brugal, su labrador de color chocolate, que la acompaña durante los largos trayectos por las carreteras españolas.
La joven explica que una de las mayores diferencias respecto a otros empleos está en la ausencia de horarios fijos. Su jornada cambia continuamente en función del cliente, del punto de carga y del destino, por lo que la organización personal resulta imprescindible para cumplir con la normativa de tiempos de conducción y descanso.
"Si a mí me ponen para cargar mañana a las 9:00, tengo que calcular yo para arrancar desde casa", explica. Esa planificación implica decidir cuándo salir, cuánto tiempo dedicar al descanso y prever cualquier incidencia que pueda retrasar el recorrido.
Como prácticamente nunca acude al mismo cliente ni realiza la misma ruta dos días seguidos, cada jornada requiere empezar de cero.
Sin embargo, la incertidumbre no termina cuando arranca el motor y Andrea relata que una parte importante del trabajo consiste en esperar.
Las colas para cargar o descargar mercancía son habituales y, en ocasiones, también se producen retenciones importantes en determinados puertos de montaña o zonas de gran tránsito de camiones.
Recuerda incluso haber permanecido cinco horas detenida mientras esperaban a abastecer el contenedor que debía transportar. Son situaciones que alteran completamente la planificación inicial y obligan a reorganizar los tiempos de conducción para cumplir con la legislación sin poner en riesgo la seguridad vial.
Pese a ello, asegura que el compañerismo hace mucho más llevaderas las jornadas. Lejos de la imagen del camionero que pasa horas escuchando música en solitario, explica que muchos conductores permanecen conectados mediante llamadas durante buena parte del viaje.
Entre bromas, conversaciones cotidianas y anécdotas consiguen que las horas al volante resulten más amenas y que la sensación de aislamiento desaparezca.
Andrea también aprovecha para desmontar algunos de los prejuicios que todavía existen sobre la profesión. Aunque reconoce que las mujeres siguen siendo minoría y que, en la zona donde trabaja habitualmente, apenas ha coincidido con otras dos camioneras, considera que el transporte ya no puede definirse como un trabajo exclusivamente masculino.
Según explica, tareas como abrir un contenedor requieren esfuerzo físico para cualquier persona, independientemente del sexo. Además, su experiencia contradice otra idea muy extendida: la de que las mujeres encuentran un ambiente hostil dentro del sector.
"Es todo lo contrario, yo creo que por ejemplo aquí el hecho de ser mujer es una ventaja en el sentido de que siempre tienes una mano que te va a ayudar", afirma.
Asegura que, cuando surge algún problema durante una carga o una maniobra, es habitual que otros compañeros se ofrezcan a echar una mano, algo que considera una de las mejores características del transporte por carretera.
Más allá del trabajo diario, la joven encuentra su principal motivación en la superación personal. Haber conseguido desempeñar una profesión que muchas personas de su entorno creían inalcanzable para ella se ha convertido en un motivo de orgullo.
Esa evolución también la comparte con miles de seguidores a través de sus redes sociales, donde muestra tanto la parte más atractiva del oficio como las dificultades que conlleva.
