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Envejecer en casa se ha convertido en el deseo mayoritario de las personas mayores en España, una realidad que ha incrementado la necesidad de profesionales especializados en cuidados a domicilio. Su trabajo resulta esencial para que miles de personas conserven su autonomía y su calidad de vida sin abandonar su entorno habitual.

A pesar de ello, la profesión continúa siendo una de las más invisibles del ámbito sociosanitario. La falta de conocimiento sobre sus funciones hace que, en muchas ocasiones, se les atribuyan tareas que van mucho más allá de sus competencias, alimentando una visión distorsionada de un trabajo que requiere preparación, responsabilidad y criterio profesional.

Jennifer, cuidadora a domicilio, lleva tiempo denunciando esta situación. A través de su experiencia explica por qué es necesario establecer límites claros entre el cuidado profesional, las tareas domésticas y el apoyo familiar, una diferenciación que, asegura, sigue sin estar asumida por buena parte de la sociedad.

Las confusiones en el sector de los cuidados

El cuidado en el domicilio constituye un pilar esencial del bienestar en España, respondiendo a la preferencia del 87% de los mayores de envejecer en su hogar. Este sistema, a menudo invisible, combina el apoyo familiar informal con la creciente demanda de atención profesional.

Sin embargo, a pesar de su peso social, este sector arrastra un problema estructural: la falta de reconocimiento del cuidado profesional como una labor especializada. Un déficit de reconocimiento social es la raíz de muchos de los conflictos que enfrentan las cuidadoras cada día.

Para Jennifer, esta confusión entre cuidado profesional y tareas domésticas es una de las cuestiones más frustrantes de su trabajo. "Cuando algo no se reconoce como trabajo, no se paga. Por eso nuestros sueldos son bajos, no porque valga poco lo que hacemos, sino porque se ha hecho invisible", explica.

Sin embargo, no es solo cuestión de salario. Según la profesional, la gran mayoría de las veces el papel de la cuidadora no está claro en los domicilios, lo que deriva en situaciones en las que se espera que la profesional también realice labores que no tienen nada que ver con su formación ni con sus competencias.

"Una cosa es apoyar a la persona en tareas vinculadas a su cuidado y otra muy distinta es asumir tareas de la casa o de la familia que no tienen que ver con ella", apunta.

Cuando una cuidadora se ve arrastrada a hacer estas tareas extra, no solo deja de atender lo más importante —el bienestar y la salud de la persona cuidada—, sino que además termina cargando con una responsabilidad que no le corresponde.

Este problema de límites no es un capricho ni una exigencia: es, según Jennifer, una necesidad profesional. "Tener claro este detalle no es ser conflictiva, es proteger tu trabajo y tu rol profesional", confiesa.

El cuidado profesional requiere formación, planificación y una relación de respeto mutuo entre la cuidadora y la familia o el entorno de la persona cuidada.

Sin estos elementos, el servicio se desdibuja y termina recayendo en imaginarios tradicionales que equiparan el cuidado con "algo natural" o con un rol femenino intrínseco, en lugar de con una profesión con competencias y técnicas propias.

El problema se enraíza, en gran medida, en la persistencia de estereotipos de género. El hecho de que más del 80 % de las cuidadoras sean mujeres no es accidental: es reflejo de una sociedad que históricamente ha asignado a las mujeres —de manera no remunerada— el rol de cuidadoras naturales.

Esta asociación cultural entre mujer y cuidado condiciona la forma en que se percibe y se valora este trabajo en el mercado laboral. Para Jennifer, es esencial romper con esa visión: "El cuidado familiar no es lo mismo que el cuidado profesional; y las cuidadoras a domicilio hacemos cuidado con formación", aclara.

Esa confusión tiene una consecuencia directa en la estructura salarial y en la valoración del sector. "El problema no es solo el sueldo, el problema es lo que el sistema no ve", afirma Jennifer.

Para muchas familias y gestores de servicios, el valor del cuidado queda diluido y, si ni siquiera ellas mismas reconocen el valor del cuidado profesional, cómo va a ser remunerado de forma digna.

La invisibilidad del trabajo se traduce en salarios bajos: "900 euros no es un sueldo digno, no es vivir, es sobrevivir. Muchas cuidadoras a domicilio ni siquiera llegan a esta cifra", explica.

Además, para Jennifer, la cuestión trasciende lo puramente económico. La normalización de situaciones de inseguridad o desamparo laboral forma parte de una cultura profesional que, según cuenta, perjudica tanto a las cuidadoras como a quienes cuidan.