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España cultiva en promedio algo más de 1,9 millones de toneladas de patata al año, ocupando una superficie de unas 60.000 hectáreas repartidas por todo el territorio nacional.

Se trata de uno de los productos agrícolas más importantes para el consumo y también de uno de los cultivos que más dependen de las condiciones climáticas de cada campaña.

Precisamente, las lluvias persistentes y las temperaturas suaves registradas en los últimos meses han encendido las alarmas entre agricultores y técnicos. El motivo es el avance del mildiu, una de las enfermedades más agresivas para la patata y capaz de destruir explotaciones enteras cuando encuentra humedad y un ambiente favorable.

Ante esta situación, el sector mira con atención la llegada de nuevas soluciones fitosanitarias autorizadas para frenar el problema. Una de las herramientas que más interés ha despertado de cara a 2026 es un tratamiento diseñado para reforzar la protección del cultivo frente al hongo responsable de la enfermedad.

El fungicida que puede cambiar la patata en España

La gran preocupación de los productores españoles tiene nombre propio: Phytophthora infestans. Ese es el hongo responsable del mildiu, una enfermedad que se desarrolla con enorme rapidez cuando coinciden humedad elevada y temperaturas moderadas, justo el escenario que se está dando en buena parte de España durante esta campaña.

El problema para el agricultor es que el mildiu no suele dar margen de reacción. Una vez aparece en la parcela y las condiciones climáticas acompañan, el avance puede ser muy rápido.

Primero llegan las manchas oscuras en las hojas, después las lesiones en los tallos y, finalmente, los daños en los tubérculos, que pierden valor comercial por culpa de la podredumbre.

Además, el patógeno tiene una enorme capacidad de propagación porque puede desplazarse tanto por el agua como por el aire. Eso obliga a trabajar casi siempre desde la prevención y no únicamente cuando los síntomas ya son visibles.

En medio de esta situación aparece Sivar Gold, un fungicida ya autorizado para cultivos como la patata, el tomate, la berenjena, la vid o el melocotonero.

Imagen de unas patatas.

Su principal atractivo es que combina dos materias activas distintas en un mismo tratamiento, algo que el sector considera especialmente interesante para las campañas con alta presión de enfermedad.

Por un lado incorpora fosfonato potásico al 25,5% p/v, una sustancia de acción sistémica que se relaciona con la estimulación de las defensas naturales de la planta.

Por otro, añade azoxistrobin al 6,25% p/v, perteneciente al grupo de las estrobilurinas, que actúa frenando procesos ligados al desarrollo del hongo.

La combinación de ambas vías de acción es precisamente lo que ha despertado interés entre técnicos y productores. No se trata únicamente de eliminar el patógeno, sino también de mejorar el manejo de resistencias, uno de los grandes desafíos actuales de la agricultura moderna.

Cuando un mismo tipo de fungicida se utiliza de manera continuada, los hongos pueden adaptarse y perder sensibilidad al tratamiento, reduciendo así su eficacia con el paso del tiempo.

Por ese motivo, las nuevas formulaciones que mezclan mecanismos distintos son vistas como una herramienta importante dentro de las estrategias de protección vegetal. El objetivo no es solo salvar una campaña concreta, sino mantener la eficacia de los tratamientos durante más años.

Aun así, desde el sector recuerdan que ningún producto funciona por sí solo si no existe una estrategia técnica detrás.

La figura del ingeniero agrónomo se vuelve fundamental porque es quien determina el momento adecuado de aplicación, evalúa el nivel de riesgo y decide cómo integrar cada fungicida dentro del programa sanitario de la explotación.

También influye mucho la prevención agronómica. Utilizar patata de siembra certificada, escoger variedades con buena tolerancia y eliminar restos vegetales de campañas anteriores ayuda a reducir las posibilidades de infección.

El mildiu puede permanecer en residuos infectados y reaparecer cuando vuelven las condiciones favorables, por lo que la limpieza de la parcela es una parte clave del control.

A eso se suma el uso de fungicidas preventivos y sistémicos. Los productos de contacto crean una barrera sobre la superficie de la hoja, mientras que los sistémicos penetran en la planta y pueden ofrecer protección durante más tiempo, llegando incluso a mantenerse activos hasta dos semanas dependiendo de las condiciones climáticas y del estado del cultivo.

La importancia de todo esto va mucho más allá del agricultor. España es uno de los grandes productores europeos de patata y cualquier reducción de cosecha termina afectando al mercado, al suministro y al consumidor final.

Cuando el mildiu golpea con fuerza, las pérdidas económicas son elevadas porque disminuye la cantidad de producto comercializable y aumenta el coste de producción.

La llegada de nuevas soluciones fitosanitarias no significa que la patata española vaya a cambiar su sabor o su calidad alimentaria de un día para otro, pero sí puede marcar una diferencia enorme en la capacidad del cultivo para soportar una de las enfermedades más destructivas que existen actualmente en el campo europeo.