La tarta de queso vive una época dorada. No hay restaurante, cafetería ni celebración en la que no aparezca en escena este delicioso postre que tanto gusta.
Cremosa, temblorosa, horneada o fría, se ha convertido en uno de los postres más buscados. Pero hay versiones que, sin artificios, conquistan por su sencillez.
Es el caso de la propuesta de Eva Arguiñano, que apuesta por una tarta de queso mascarpone sin harina, ligera en azúcar y acompañada de una compota de temporada.
Con apenas cuatro ingredientes principales y un horno a 170 grados, la chef demuestra que la alta repostería no siempre necesita técnicas complejas. Basta con precisión, buenos productos y respeto por los tiempos.
Una tarta sin harina
La base de esta receta sorprende por su minimalismo: un bol de queso mascarpone, tres huevos, un poco de nata y 80 gramos de azúcar. Nada más. Sin harina, sin almidones y sin bases de galleta.
El secreto comienza montando bien los huevos. Este paso incorpora aire y permite que la tarta suba en el horno como si fuera un soufflé.
Después, el mascarpone se añade poco a poco, integrándolo con movimientos suaves para no perder esa estructura esponjosa.
La nata se incorpora al final, también de forma gradual. El resultado es una mezcla lisa, brillante y ligera, que se vierte en el molde antes de entrar al horno precalentado.
Tarta cremosa de queso mascarpone
El horneado es clave: entre 40 y 45 minutos a 170 grados. Durante ese tiempo, la tarta crece hasta casi el borde. Al sacarla, baja ligeramente. Es normal. Esa caída es precisamente la que garantiza un interior jugoso y cremoso.
El reposo posterior termina de asentar la textura. No conviene cortarla recién salida del horno. Como toda buena tarta de queso, necesita templarse para alcanzar su punto perfecto.
El equilibrio justo de azúcar
Uno de los detalles que más llama la atención es la cantidad moderada de azúcar. Solo 80 gramos para toda la mezcla. El objetivo no es lograr un postre excesivamente dulce, sino equilibrado.
El mascarpone aporta una grasa láctea suave y sedosa que envuelve el paladar sin resultar pesada. Al no llevar harina, la textura es más pura, casi fundente, y el protagonismo recae por completo en el queso.
Si no tienes a mano queso mascarpone, la chef sugiere utilizar cualquier queso crema suave. Lo importante es que no tenga un sabor demasiado ácido ni salado, para mantener la armonía del conjunto.
El resultado final es una tarta blanca, delicada, con una superficie ligeramente dorada y un interior que tiembla suavemente al mover el plato. Una receta pensada para quienes buscan la intensidad del queso, pero sin que sea empalagosa.
El contraste perfecto
La tarta se acompaña con una compota casera que aporta frescura y contraste. La combinación de queso y fruta funciona siempre, pero aquí se cuida cada detalle.
Primero se pela y trocea el membrillo, retirando bien el corazón, ya que esa parte es dura y no interesa para una compota ligera. A diferencia de la elaboración del dulce de membrillo tradicional, aquí no se utilizan ni la piel ni las semillas, porque no se busca espesor extra.
Los gajos se cuecen con una cucharada de azúcar, medio palo de canela y agua fría hasta cubrir. El proceso requiere paciencia: alrededor de media hora para que el membrillo quede tierno pero firme.
Después se añaden dados de manzana, que necesitan apenas diez o quince minutos más. La textura debe ser al dente, nunca deshecha.
Cuando la compota ya está cocida y templada, se incorporan frambuesas frescas fuera del fuego. Así se evita que se deshagan y se consigue un toque de color, brillo y acidez natural.
El contraste entre la tarta cremosa y la fruta ligeramente ácida eleva el conjunto. Un poco de azúcar glas espolvoreado por encima termina de redondear la presentación.
Resultado profesional
La propuesta de Eva Arguiñano confirma que la repostería casera puede alcanzar nivel de restaurante sin complicaciones innecesarias.
La clave está en respetar los pasos: montar bien los huevos, integrar con delicadeza, hornear a temperatura moderada y dejar reposar. No existen atajos.
El acompañamiento de fruta de temporada no solo aporta sabor, también equilibra la grasa del mascarpone y convierte el postre en una opción más ligera de lo que aparenta.
Una receta fácil, poco azucarada y tremendamente deliciosa que demuestra que, a veces, menos es mucho más.
