El número de mujeres representadas por Henri Matisse en su obra es incontable. Muy superior al de las figuras masculinas, incluso a otros temas recurrentes en su pintura como las naturalezas muertas o los paisajes. El pintor miró a la mujer como fuerza creadora, como motivo esencial y presencia constante en su búsqueda del color.
Su obra la convirtió en centro, en ritmo y en estructura. La exposición Chez Matisse. El legado de una nueva pintura ocupa las salas de CaixaForum Madrid y propone un recorrido que funciona como entrada íntima al universo del artista.
Con un centenar de obras y una estructura que avanza por ocho ámbitos cronológicos, la muestra —abierta hasta el 22 de febrero de 2026— reúne 46 piezas suyas y 49 de otros creadores que trabajaron cerca de su órbita o que sintieron el impacto de su influencia.
El Centro Pompidou de París, actualmente cerrado por obras hasta 2030, colabora en este proyecto que adopta la forma de una casa abierta al diálogo entre épocas, estilos y miradas.
Henri Matisse (1869-1954) desarrolló una trayectoria extensa, diversa y siempre guiada por un principio fundamental: el color como fuerza capaz de sostener la estructura del cuadro y de organizar la experiencia visual.
La obra 'Figure décorative sur fond ornemental' (Henri Matisse, invierno de 1925-1926).
El pintor declaró en múltiples ocasiones que no le era posible copiar la naturaleza de manera servil; debía interpretarla hasta someterla al espíritu de la obra. Esa convicción lo apartó de cualquier tentación realista y lo llevó hacia una investigación interior que preparó el terreno para el nacimiento del fauvismo.
Este movimiento irrumpió en el Salón de Otoño de 1905 de París con un uso del color plano, directo y aparentemente violento, ajeno a la realidad visible. La reacción del público fue inmediata: sorpresa y al mismo tiempo la intuición de estar ante una ruptura decisiva.
La exposición de CaixaForum ilumina ese momento fundacional mediante obras que permiten comprender cómo Matisse, Derain o Vlaminck transformaron la relación entre color y emoción, estableciendo un lenguaje nuevo que marcó la pintura del siglo XX.
Cada sala del recorrido introduce un capítulo dentro de esa historia cromática. El diálogo entre Matisse y otros artistas — Le Corbusier, Bonnard, Braque, Kirchner, Delaunay, Kupka o Lariónov— se despliega con amplitud, mientras Picasso aparece como rival y aliado ocasional.
La conversación visual que se establece entre obras convierte el espacio expositivo en un ambiente donde el visitante puede percibir la profunda influencia del pintor francés y su capacidad para irradiar nuevas formas de mirar.
La mirada femenina
La exposición incorpora un destacado eje de lectura: la representación de la mujer en la obra de Matisse y la respuesta contemporánea de las artistas que dialogan con él. La mujer fue para él fuente de belleza, armonía y estructura, pero la muestra invita a releer esa mirada desde una perspectiva actual.
El recorrido integra obras de Sonia Delaunay, Natalia Goncharova, Françoise Gilot, Baya, Anna-Eva Bergman y Zoulikha Bouabdellah, artistas que cuestionan la representación tradicional del cuerpo femenino y que plantean nuevas relaciones entre figura, ornamento y autonomía.
Sus propuestas amplifican y matizan el legado matissiano, añadiendo un contrapunto crítico que enriquece la visita. Entre las piezas de Matisse centradas en la figura femenina destaca Lujo, calma y voluptuosidad (1904), un lienzo basado en un verso de Baudelaire.
Obra 'Luxe, calme et volupté' (Henri Matisse, otoño-invierno de 1904).
El cuadro presenta figuras femeninas bañadas por un ritmo cromático que diluye la frontera entre paisaje y emoción. El color, más que describir, crea un estado interno que define la escena.
De especial relevancia en la exposición es Marguerite con gato negro (1910), un retrato que introduce una dimensión distinta dentro de la representación femenina en la obra del pintor. Marguerite, hija de Matisse, aparece con una gravedad serena que contrasta con la ligereza que domina otros retratos.
La frontalidad severa, cercana a la iconografía bizantina, confiere al lienzo un aura hierática que lo convierte en una de las obras más intensas de la muestra.
Otra pieza decisiva es El sueño (1935), donde una mujer reclinada con los ojos cerrados encarna la serenidad que tanto persiguió el artista. El cuerpo femenino se integra en un espacio íntimo, casi vegetal, en el que el color envuelve la figura con una armonía cálida que sugiere un estado de calma interior.
Las odaliscas también están presentes en esta exposición, formando parte de una serie que cristaliza tras el viaje de Matisse a España en 1910. La visita a la Alhambra de Granada reveló para él un universo decorativo que transformó su relación con el ornamento.
Los estampados, los ritmos geométricos y la saturación cromática del arte islámico abrieron una vía que el pintor convirtió en lenguaje propio. Las odaliscas aparecen como figuras que no posan, sino que habitan un espacio compuesto de telas, alfombras y patrones que dialogan con ellas. Ese juego entre figura y fondo es uno de los signos más reconocibles de su obra.
Durante los últimos años de su vida, cuando la enfermedad había limitado sus movimientos, que no su imaginación, Matisse encontró un nuevo impulso creativo en torno a un pequeño séquito de jóvenes mujeres que trabajaban con él en Niza.
Eran asistentes, modelos, acompañantes y, en muchos casos, colaboradoras intuitivas de un proceso artístico que se reinventaba a diario. Él hablaba con ellas sobre telas, colores y formas mientras recortaba papeles guachados desde su cama o su sillón.
Las jóvenes se movían con la naturalidad de quien participa en un rito cotidiano: extendían los recortes en el suelo, los organizaban según sus indicaciones y los fijaban provisionalmente en las paredes.
Su presencia no era solo logística; parecía alimentar la atmósfera del taller, transformar la habitación en un territorio vibrante donde el cuerpo limitado del artista se expandía a través de sus gestos, sus miradas y su energía.
Muchas de esas mujeres recordarían después aquellos días como una mezcla de disciplina, ternura y libertad inaudita.
Algunas describen a Matisse como un hombre exigente pero cálido, atento a los matices de cada gesto, capaz de corregir una postura con una suavidad casi ceremoniosa. Otras subrayan el carácter magnético del estudio, una especie de laboratorio de luz en el que se trabajaba sin jerarquías visibles, como si todas formasen parte de un mismo pulso creativo.
Sus testimonios dibujan un retrato menos solemne y más doméstico del artista: un anciano que, a pesar del dolor y la fragilidad física, conservaba una vitalidad feroz y un humor juguetón.
Y revelan también la importancia de estas mujeres como mediadoras entre su imaginación y el mundo material, como manos y ojos suplementarios que hicieron posible la última gran metamorfosis de su obra.
La exposición de CaixaForum analiza también la influencia del pintor en generaciones posteriores. Especialmente en la pintura estadounidense de los años 40. Artistas como Barnett Newman recogieron su legado para llevar el color hacia una dimensión autónoma, casi espiritual.
La muestra traza esta línea de influencia con claridad y demuestra cómo la lección cromática del francés resonó en trayectorias muy distintas. Su manera de concebir el color no perteneció sólo a su tiempo. Se convirtió en una clave para entender una parte esencial del arte del siglo XX.
La obra 'Intérieur' (Henri Matisse, primavera de 1914).
A medida que avanza la visita, el espectador descubre que Matisse nunca abandonó el dibujo, a pesar de su fama como maestro del color. El trazo sostiene la estructura de sus obras y actúa como andamiaje silencioso para la libertad cromática que emerge después. Ese equilibrio, tan natural que parece sencillo, es una de las claves de su impacto duradero.
El conjunto adquirido por CaixaForum Madrid se convierte en un acontecimiento cultural de primer orden, con piezas que nunca habían viajado a España. Tras su paso por Madrid, la muestra llegará a CaixaForum Barcelona, donde permanecerá de marzo a agosto de 2026, ampliando el alcance de esta lectura esencial del legado del pintor francés.
El resultado es una exposición amplia, luminosa y profundamente reveladora. Matisse miró a la mujer como presencia creadora y como ritmo interno del cuadro; el arte contemporáneo, en respuesta, reescribe esa relación desde nuevas voces que amplían el sentido de su obra.
Chez Matisse invita a detenerse, a permitir que el color guíe la experiencia y a entrar, con calma, en una casa donde la pintura todavía respira. Al salir de la exposición, el visitante descubrirá que la influencia del pintor no se limita a sus cuadros ni a su papel en la historia del arte.
Una invitación a comprender que el color no es un adorno, sino una manera de pensar el mundo. La mujer tampoco es un tema más, sino el eje que articula su búsqueda emocional y su voluntad de armonía.
La exposición muestra cómo esa mirada continúa viva en las artistas contemporáneas que dialogan con él y cómo esa conversación amplía el sentido de su obra.
Matisse defendió siempre que un cuadro debía ofrecer una alegría que aligerara la vida. Esa alegría hoy adopta nuevas formas. Se vuelve crítica, consciente y abierta. El legado del pintor permanece en ese cruce de belleza y reflexión que sigue iluminando la experiencia del arte.
