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El descarrilamiento de un tren del pasado 18 de enero en Adamuz (Córdoba) no solo deja víctimas y daños materiales. También abre una grieta invisible en quienes lo han vivido y en quienes esperan noticias al otro lado del teléfono.

Cuando aún hay nombres por confirmar y familias recorriendo hospitales, la emergencia no es solo médica o logística. Es, sobre todo, emocional.

En estas primeras horas de confusión, los psicólogos de emergencias se convierten en una pieza clave del dispositivo. Su trabajo no se ve, no sale en los balances oficiales, pero sostiene a quienes sienten que el suelo ha desaparecido bajo sus pies.

Elena Sánchez, psicóloga y directora clínica Yees, empresa que colabora con Renfe en la atención a víctimas, lo resume con una frase que repite desde hace años: "En una situación anormal, cualquier reacción es normal".

No es un consuelo, es una guía de intervención. Tras una tragedia de esta magnitud, no hay manual de instrucciones para sentir, por muchas rutas establecidas que existan. Así lo explica la psicóloga en el programa radiofónico La Brújula, conducido por Rafa Latorre (Onda Cero).

La tortura de no saber

En una emergencia, la incertidumbre es casi tan dura como la noticia final. Familias que no saben dónde está su hijo, su pareja o su padre. Personas que llaman a hospitales sin obtener respuesta. Otras que esperan durante horas en salas improvisadas.

"La falta de certezas a veces es una tortura", explican desde los equipos de apoyo psicológico. No hay información clara, no hay tiempos concretos, no hay seguridad. "Es justamente lo que define una emergencia, la falta de certeza sobre lo que está ocurriendo".

En ese escenario, la labor de los psicólogos no es dar respuestas que nadie tiene. Es estar. Acompañar. Sostener la espera. Poner palabras a lo que está pasando por dentro cuando todo por fuera es caos.

Muchas personas no lloran. Otras lloran sin parar. Algunas se quedan en silencio, mirando al vacío. Otras repiten la misma pregunta una y otra vez. Y, sin embargo, nada de eso extraña a los expertos en psicología.

"Cualquier reacción que tengan las personas es una reacción normal ante una situación anormal", declara Sánchez. El ser humano necesita certezas para sentirse a salvo y, cuando desaparecen, el cuerpo y la mente entran en un estado de alarma total.

La angustia no es solo por lo que ha ocurrido, sino por lo que aún podría ocurrir. En esos momentos, el simple hecho de no estar solo ya es una forma de ayuda.

La mente se protege

Una de las reacciones que más desconcierta a los familiares es el shock. Personas que parecen frías, distantes, como si no entendieran la gravedad de lo que ha pasado. O incluso víctimas directas que hablan del accidente sin emoción aparente.

La "anestesia emocional" es un mecanismo de defensa, según la psicóloga. No es falta de sentimientos. Es una forma de supervivencia, ya que, el cerebro, ante un impacto extremo, a veces baja el volumen de las emociones para evitar que el dolor sea insoportable.

También es habitual la confusión, la sensación de estar viviendo algo irreal, los problemas para recordar detalles o para concentrarse. Otros reaccionan con una hiperactividad nerviosa, necesidad de moverse o de hablar sin parar.

Todo entra dentro de lo esperable. Y es que, según Sánchez, el gran error es patologizar demasiado pronto. En los primeros días, casi cualquier reacción es una reacción sana ante algo profundamente inesperado.

No significa que el sufrimiento no exista. Significa que la mente está intentando procesarlo como puede. El verdadero duelo que llega más tarde. Cuando pasan los primeros días, cuando se cierran trámites y los focos mediáticos se van, comienza otra fase. A menudo, la más difícil.

Es entonces cuando aparecen emociones que antes estaban contenidas: tristeza profunda, rabia, culpa, miedo a volver a subir a un tren, ataques de ansiedad, problemas de sueño. Por eso el seguimiento psicológico es tan importante como la intervención inicial. No todas las heridas se abren el primer día.

El objetivo no es borrar lo ocurrido. Eso es imposible. Es aprender a vivir con ello sin que lo ocupe todo.

El delicado trabajo con los niños

Ellos no siempre expresan el dolor como los adultos. A veces lo convierten en enfado, en problemas de conducta o en miedos repentinos. Han descubierto, de golpe, que el mundo no es tan seguro como creían.

Para un menor, una tragedia así es un aprendizaje brutal, explica la psicóloga. Por eso es clave acompañar también a las familias, para que entiendan esos cambios y no los minimicen ni los castiguen.

Cada persona tiene su ritmo. Cada duelo, su forma. En las emergencias, los psicólogos no prometen que todo pasará rápido. Prometen algo más modesto y más real, para que nadie tenga que atravesarlo solo.