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La vivienda en España atraviesa uno de los momentos más delicados de las últimas décadas. Los precios del alquiler y de la compra han alcanzado récords históricos, impulsados por una combinación de factores como la escasez de oferta, el encarecimiento del suelo, la presión turística y la falta de vivienda pública suficiente.

Esta situación se agrava especialmente en los grandes núcleos urbanos y en los territorios con mayor atractivo económico o turístico. Ciudades como Madrid o Barcelona concentran algunos de los alquileres más elevados del país e islas como Ibiza sufren su peor crisis habitacional en décadas.

Mientras una parte de la población se beneficia de un mercado inmobiliario tensionado al alza, otra lucha simplemente por sobrevivir. En ese segundo grupo se encuentra Silvana, una mujer ecuatoriana que llegó a la isla buscando oportunidades laborales y se encontró con una realidad asfixiante.

La vivienda en Ibiza

Ibiza se ha convertido en uno de los territorios de España donde la crisis de la vivienda se manifiesta con mayor intensidad. La fuerte dependencia del turismo ha transformado gran parte del parque residencial en alojamientos de uso vacacional, reduciendo drásticamente la oferta de alquiler de larga duración.

Los propietarios obtienen mayores beneficios alquilando por semanas o meses a turistas con alto poder adquisitivo que a trabajadores locales, lo que dispara los precios y expulsa a quienes no pueden asumirlos.

A ello se suma la llegada constante de trabajadores temporales durante la temporada alta, muchos de ellos del sector servicios, que incrementa la demanda en un mercado ya saturado. El resultado es un escenario de precios desorbitados, hacinamiento y soluciones habitacionales cada vez más precarias.

Mientras la imagen exterior de la isla sigue asociada al lujo, una parte de su población vive al límite. Camareros, limpiadoras, cocineros o personal de comercio aceptan compartir habitaciones, vivir en pisos sobreocupados o destinar la mayor parte de su salario al alquiler para poder mantenerse en la isla.

Silvana es una de esas personas que sufre esta situación. Según cuenta en el canal de Jackie Sieras, llegó a Ibiza desde Ecuador empujada por la necesidad que viven miles de personas en su país: una situación económica dura, escasas oportunidades laborales y un elevado coste de vida.

Con hijos a su cargo y sin perspectivas de mejora, emigrar se convirtió en la única salida posible. Su objetivo era claro: trabajar, ahorrar y ofrecer a los suyos una vida mejor, aunque eso implicara la distancia y el sacrificio personal, sin saber que sería mucho mayor de lo que esperaba.

Silvana cuenta su experiencia viviendo en Ibiza.

Silvana vive junto a su pareja en una habitación alquilada por la que pagan 900 euros al mes, "450 euros cada uno", explica.

Este no es el único inconveniente. La habitación se encuentra en un piso compartido con cuatro personas más, todas desconocidas, una situación a la que nunca había tenido que enfrentarse en Ecuador. El espacio es reducido, la intimidad casi inexistente y la sensación de provisionalidad constante.

El contraste con su vida anterior es, para ella, uno de los aspectos más duros de asumir. En Ecuador, pese a las dificultades económicas, tenía una casa grande, con cocina y comedor propios, un espacio pensado para su familia.

Sin embargo, en Ibiza el acceso a una vivienda completa es un lujo inalcanzable. La necesidad obliga a normalizar el hacinamiento y a aceptar condiciones que, en otro contexto, resultarían impensables.

Desde el punto de vista económico, la situación es igualmente frágil. Silvana y su pareja ganan alrededor de 1.200 euros mensuales cada uno, una cantidad que desaparece con rapidez.

El alquiler absorbe la mayor parte de los ingresos y deja un margen mínimo para gastos básicos como alimentación, transporte o suministros. El ahorro es prácticamente inexistente y la vida se reduce a un ejercicio continuo de resistencia.

A esto se suma la responsabilidad de enviar dinero a Ecuador para mantener a sus hijos, que permanecen allí, lo que incrementa aún más la presión financiera.

Pese a todo, Silvana no habla de Ibiza desde el resentimiento. Reconoce que la isla es un lugar bonito y valora la acogida, las oportunidades laborales y la experiencia de vivir en ese entorno.