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El sector de la limpieza en España es uno de los pilares invisibles que sostienen la salud pública y la economía. Según datos de la Encuesta de Población Activa del Instituto Nacional de Estadística, cerca de medio millón de personas trabajan en actividades vinculadas al saneamiento, una cifra que lo sitúa entre los principales nichos de empleo del país.

Pese a su peso económico y social, la limpieza continúa siendo un trabajo con un reconocimiento muy inferior a su importancia real y, sobre todo, un oficio que enfrenta una precariedad laboral por encima de la media. Jornadas extenuantes, falta de descansos, inseguridad, alta rotación y, sobre todo, bajos salarios.

En numerosos casos, el sueldo apenas alcanza para cubrir necesidades básicas. Esta realidad es la que denuncian de forma cotidiana mujeres como María José, cuya experiencia personal pone rostro a una problemática estructural del mercado laboral español.

Las condiciones laborales del sector de la limpieza

El trabajo de limpieza en España está sostenido mayoritariamente por el género femenino. Según distintas fuentes recientes, entre el 74% y el 90% de las personas empleadas en esta actividad son mujeres, muchas de ellas mayores de 45 años y con trayectorias laborales marcadas por la falta de alternativas.

La feminización del sector no es casual, sino el resultado de factores históricos y sociales que asociaron estas tareas con el rol femenino, la falta de oportunidades en otros sectores que convierte a la limpieza en una puerta de entrada laboral, y la necesidad económica, especialmente para mujeres inmigrantes.

María José es una de tantas trabajadoras que conviven con esta realidad, según cuenta en el vídeo de Jaime Gumiel. Tiene 60 años y lleva trabajando desde los 18. Antes de dedicarse a la limpieza, pasó casi dos décadas como cajera en un supermercado, un empleo que recuerda como duro, exigente y poco agradecido.

El trato constante con el público, los horarios prolongados y la presión diaria acabaron pasando factura. Fue después de dejar ese puesto cuando encontró en la limpieza de comunidades de vecinos en Madrid una salida laboral que, aunque físicamente exigente, le ofrecía cierta estabilidad.

Actualmente, María José se encarga de la limpieza de tres portales. Su trabajo incluye barrer y fregar las zonas comunes, limpiar escaleras, portales y cristales, mantener en condiciones los garajes, trasteros y baños comunitarios y utilizar a diario productos químicos como la lejía o el amoníaco.

Comienza su jornada alrededor de las nueve de la mañana y suele terminar entre el mediodía y la una, dependiendo de la carga de trabajo de cada día. Hay jornadas más livianas y otras especialmente duras, como aquellas en las que toca fregar escaleras o limpiar zonas poco ventiladas.

María José, limpiadora, cuenta su experiencia en el sector.

A pesar del esfuerzo físico y de la soledad que implica un trabajo que se realiza casi siempre sin compañía, María José asegura que prefiere esta ocupación a su antiguo empleo como cajera.

Tal y como explica, María José valora poder trabajar sin presión constante, sin supervisión directa y con la posibilidad de terminar relativamente pronto para atender su propio hogar.

Sin embargo, esa conciliación tiene un reverso evidente y el trabajo continúa después de terminar la jornada laboral: realiza las tareas domésticas de su casa, que se suman al desgaste físico acumulado durante la mañana y, además, estas no están remuneradas.

La cuestión económica es uno de los aspectos más críticos de su situación. Por la limpieza de los tres portales, María José cobra alrededor de 300 euros al mes.

No percibe un salario por horas, sino una cantidad fija mensual, lo que en la práctica supone que su retribución real ronda los cinco euros la hora o incluso menos, según el volumen de trabajo de cada semana.

Las horas extra son poco frecuentes y, cuando existen, apenas alcanzan entre siete y ocho euros por hora. Para ella, el sueldo no guarda ninguna proporción con el esfuerzo que exige el oficio y representa uno de los grandes problemas del sector.

Según ha aclarado en un comentario del vídeo, María José tiene un contrato de 1 hora y media al día, "lo que significa, que tengo media hora para acabar cada portal".

En términos mensuales, cada portal concentra alrededor de diez horas de trabajo según el contrato, por las que María José percibe unos cien euros brutos. Sobre el papel, esa cifra equivaldría a diez euros la hora, pero la realidad es muy distinta.

Los tiempos están tan ajustados que cualquier imprevisto obliga a prolongar la jornada sin remuneración adicional, de modo que el salario efectivo acaba siendo muy inferior al teórico y se acerca a los cinco euros por hora que ella misma denuncia.

Más allá del sueldo, el desgaste físico es otro de los elementos que marcan su día a día. Las tareas repetitivas, las posturas forzadas y la manipulación constante de productos de limpieza provocan dolores musculares, problemas en las articulaciones y afecciones cutáneas.

A pesar del uso de guantes, el contacto continuado con químicos termina dañando la piel de las manos. A ello se suma el frío en determinadas épocas del año, los madrugones y la falta de medios adecuados en muchos espacios, como garajes o trasteros mal ventilados.

Más allá de los riesgos para la salud y de la precariedad salarial, María José lamenta la falta de reconocimiento social. Siente que muchas personas no son conscientes de que detrás de un portal limpio hay una trabajadora, no una máquina.

La invisibilidad del sector se traduce en indiferencia y, en ocasiones, en desprecio. El único recuerdo especialmente gratificante que menciona es un cartel de agradecimiento que los vecinos colocaron durante la pandemia, un gesto que contrasta con la rutina habitual de silencio y falta de valoración.