La vainilla es uno de esos olores que reconocemos al instante. Está en los perfumes, en los postres, en los productos de cuidado corporal y en esos recuerdos que asociamos casi sin darnos cuenta con algo agradable, cálido y reconfortante. Hay aromas que pasan desapercibidos; la vainilla rara vez lo hace.
Quizá por eso tampoco sorprende que sea, según distintos estudios, uno de los aromas más agradables y preferidos de forma universal. Su olor resulta familiar en culturas muy diferentes y la vainillina, su principal compuesto aromático, se ha relacionado con sensaciones de bienestar y confort.
En perfumería, su éxito también tiene mucho que ver con todo lo que puede llegar a ser y con todo lo que a nosotros, como consumidores, nos puede llegar a gustar. Puede ser más dulce y cremosa, ligera, especiada o profunda y amaderada... La dificultad está en encontrar esa combinación que nos conquiste de verdad y que, una vez sobre la piel, siga funcionando horas después.
Yo sé que parece una tarea complicada —a mí me ha costado muchos años—, pero os prometo que existe el perfume que hace que quieras volver a olerte la muñeca una y otra vez. A mí es lo que me ha pasado con Vanilla Canyon, de PHLUR, una firma que triunfó en Estados Unidos y que llegó a España con una idea muy clara: crear perfumes con una historia detrás y una personalidad propia, pero a un precio más accesible.
Una nueva forma de llevar la vainilla
Vanilla Canyon parte de una idea muy sencilla: llevar la vainilla a un lugar diferente. En lugar de construir una fragancia alrededor de su faceta más dulce y golosa, PHLUR la combina con notas que le dan profundidad y carácter.
El resultado es un perfume cálido, amaderado y bastante más sofisticado de lo que podríamos esperar al escuchar la palabra vainilla.
La fragancia ha sido creada por el perfumista Jérôme Epinette y pertenece a la familia ámbar amaderada. Su pirámide olfativa comienza con ciruela aterciopelada y haba tonka, continúa con pétalos de jazmín y miel silvestre y termina con vainilla de Madagascar, pachulí y madera de roble.
Y aquí es donde, al probarla, se entiende realmente la propuesta. La vainilla no desaparece, pero tampoco es lo primero que invade la nariz. La ciruela aporta un punto jugoso al principio, la miel suaviza el corazón y, poco a poco, la madera empieza a ganar presencia hasta dejar una sensación cálida y envolvente sobre la piel.
La combinación se aleja de las vainillas excesivamente dulces o gourmand, pero mantiene una estela que permanece durante horas. Algo que confirmas después de haberla llevado todo el día.
Vanilla Canyon, PHLUR.
Vanilla Canyon no es de esos perfumes que desaparecen después de salir de casa, sino que sigue presente horas más tarde, aunque de una manera más suave y cercana a la piel.
En mi caso, llegó hasta última hora de la tarde y fue precisamente entonces cuando alguien me preguntó qué perfume llevaba. Ese es, para mí, uno de esos detalles que dicen bastante más que cualquier descripción de la pirámide olfativa.
La evolución también hace que funcione especialmente bien ahora que empieza el otoño. Tiene esa calidez que buscamos cuando bajan las temperaturas, pero sin resultar pesada ni excesivamente invernal.
La estela tampoco resulta excesiva. Se nota cuando te acercas, pero no da esa sensación de haber entrado en una habitación dejando una nube de perfume detrás.
Tiene presencia y, al mismo tiempo, mantiene una cierta elegancia. Es de esos aromas que funcionan como parte del conjunto, igual que una chaqueta de ante o un jersey de punto cuando llega el otoño: están ahí, pero no necesitan llamar constantemente la atención.
Se puede llevar durante el día y también por la noche, algo que PHLUR destaca precisamente al hablar de una fragancia cuya estela se adapta a la piel y cambia con el paso de las horas.
Vanilla Canyon está disponible en Sephora en tres formatos: 100 ml por 129 euros, 50 ml por 95 euros y 9,5 ml por 32 euros.
Vanilla Skin, la vainilla más suave y cercana a la piel
Si Vanilla Canyon representa la versión más profunda y amaderada de la vainilla dentro de esta historia, Vanilla Skin juega en otro terreno.
Es más delicada, cremosa y cercana a la piel, con ese tipo de aroma que no parece tanto un perfume que llevas puesto como el olor natural de alguien que huele especialmente bien.
La composición de Vanilla Skin es diferente, y esta vez gira alrededor de pimienta rosa, manzana rosa y cristales de azúcar en la salida, con un corazón de lirio, pétalos de jazmín y madera de cachemira. En el fondo aparecen benjuí, vainilla, sándalo y agarwood.
Aquí la vainilla sí se siente más golosa y cremosa. La pimienta rosa aporta un pequeño contraste especiado que evita que resulte plana, mientras que el sándalo y las maderas hacen que conserve esa sensación cálida y envolvente.
Es, en definitiva, una interpretación más suave que Vanilla Canyon, pero con suficiente personalidad para no parecer simplemente otra fragancia dulce.
A la derecha, Vanilla Canyon y a la izquierda Vanilla Skin.
En el caso de Vanilla Skin, además, hay una forma de llevarla que merece una mención aparte: combinar sus diferentes formatos.
PHLUR tiene Vanilla Skin en bruma corporal y capilar y también en aceite corporal, pensado precisamente para utilizarlo en capas junto a la fragancia y prolongar la experiencia olfativa. El aceite tiene una textura ligera y está formulado con aceites florales ricos en ceramidas y lípidos biomiméticos.
Después de probar el aceite corporal, la bruma y el perfume, entiendo perfectamente el concepto de layering. Las tres capas consiguen que la vainilla se sienta mucho más presente y envolvente, pero manteniendo esa sensación cremosa de Vanilla Skin.
Es una combinación especialmente bonita para quien disfruta de que el perfume se convierta también en parte de la rutina corporal y entiende que el aroma no tiene por qué quedarse solo en el perfume: también puede formar parte de la piel y acompañarnos durante todo el día.
