Cristina Sobrino Elena Pérez
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Habrá lectoras cuyas rutinas de skincare se resuman en sus infalibles de siempre —sota, caballo y rey— pero que estén pensando en sumar nuevos aliados beauty a sus neceseres este verano. También las habrá a la inversa, aquellas que hayan ido llenando el mueble del baño de limpiadores, tónicos y mascarillas hasta llegar a un punto donde no saben por dónde empezar.

En esos segundos supuestos incluso puede llegar a acontecer una pesadilla para muchas: que experimenten ese momento en que, al disponerse a rescatar uno de esos productos del fondo del cajón, descubran que ha caducado antes de que diera tiempo siquiera a disfrutar de sus bondades. Del tocador a la papelera en un momento por no haber sido previsoras.

Por supuesto, también habrá magas que estén empezando a adentrarse en el universo de la belleza a las que nadie les ha explicado todavía en qué orden se aplica cada cosa. Porque sí, aunque parezca un detalle menor, el ritual de cuidado de la piel tiene unas fases y pasar de una a otra correctamente marca la diferencia.

Para todas ellas puede ser de gran utilidad esta guía para diseñar una rutina sencilla pero completa en seis pasos. Un manual de instrucciones al alcance de cualquiera que parte de una regla básica y fácil de recordar: hay que ir de las texturas más ligeras a las más densas.

Cristina Sobrino, redactora de belleza en Magas, lo resume en este vídeo.

Seis pasos para ordenar tu rutina de 'skincare' y saber (por fin) qué producto va antes

1. Limpieza

Antes de aplicar cualquier producto, toca lavar. Por la mañana, el objetivo es retirar el sudor, la grasa y los restos que la piel ha acumulado durante la noche. No hace falta complicarse demasiado: un limpiador suave puede ser suficiente para dejar el rostro preparado.

Por la noche también hay que retirar toda la suciedad que la cara ha ido recogiendo fuera de casa. Cuando se ha utilizado mucho maquillaje o un protector solar resistente, puede recurrirse a la doble limpieza, primero con un producto de base oleosa y después con otro acuoso.

2. Tónico o esencia

Ambos se utilizan después de la limpieza y antes de los sérums. No son imprescindibles, aunque pueden ser un buen complemento para quienes disfrutan de una rutina un poco más completa o buscan una capa extra de hidratación.

Suelen tener una textura ligera y se aplican con las manos, mediante pequeños toques, o con ayuda de un disco de algodón. No hace falta frotar ni emplear media botella: la piel no está siendo castigada, sólo preparada para lo que viene después.

Este es uno de esos pasos que conviene tomar con calma. Si funciona en tu ritual de belleza y te gusta usarlo, perfecto. Si nunca terminas de integrarlo y el frasco permanece intacto durante meses, quizá sea una señal de que puedes prescindir de él.

3. Sérums y tratamientos

Después de la limpieza —y del tónico o esencia, si se emplea— llegan el momento de los activos. Los sérums y tratamientos específicos son los productos más concentrados y se eligen en función de lo que cada persona quiera trabajar.

Por la mañana, la vitamina C es una de las fórmulas más habituales para quienes quieren incorporar un tratamiento antioxidante a su rutina. También puede utilizarse ácido hialurónico, especialmente cuando la piel necesita un extra de hidratación.

Por la noche entran en escena activos como el retinol o los tratamientos enfocados a manchas, granitos o texturas irregulares. Aquí conviene no caer en la tentación de estrenarlo todo a la vez. Un sérum nuevo, un exfoliante, un retinol y una mascarilla intensiva pueden sonar como un plan ambicioso, pero la piel no tiene por qué agradecer tanta actividad de golpe.

Mujer aplicándose sérum tras haber depositado varias gotitas del producto en su mano. iStock

4. Contorno de ojos

Este se aplica después del sérum y antes de la crema hidratante. También es voluntario: no tener uno no significa que la rutina esté incompleta, pero quien disfrute de este producto puede incorporarlo sin problema por la mañana, por la noche o en ambos momentos.

La clave está en utilizar poca cantidad y aplicarla mediante toques suaves alrededor del hueso orbital. Esta zona es muy delicada, por lo que nada de arrastrar la piel ni de ponerlo muy cerca de las pestañas o del párpado móvil. Con una cantidad pequeña basta.

5. Crema hidratante

Es la amiga que siempre está ahí, la que llega después de los tratamientos porque ayuda a sellar los productos aplicados anteriormente y a mantener la piel equilibrada. Su textura dependerá de las preferencias de cada una: de cremas más untuosas a geles más frescos para cuando apetece algo más reconfortante.

Por la mañana, muchas personas optan por fórmulas ligeras que se entiendan bien con el maquillaje. Por la noche, en cambio, puede apetecer una textura más rica. No hay una única manera correcta de elegirla, y es que lo importante es que sea un producto que realmente se utilice y no otro invitado permanente en la balda del espejo.

6. Protector solar

Es el último paso de la rutina de mañana, va después de la crema hidratante y antes del maquillaje. Pero, ojo, también es uno de los absolutos imprescindibles de cualquier ritual de skincare, y es que al margen de los peligrosos discursos que puedan proliferar en redes, la evidencia científica ha demostrado una y otra vez que protegerse contra los rayos UV/UVA es fundamental.

El envejecimiento prematuro, la aparición de manchas o los problemas de piel severos son algunas de las consecuencias que pueden derivarse de no contar con un buen fotoprotector. Por eso, a la hora de escoger el más idóneo, debes fijarte en que tenga varias características para asegurar un cuidado efectivo frente a la radiación del astro rey.

Algunas de estas son la protección de amplio espectro, un factor de protección solar de al menos 30 (si tienes piel sensible, clara o historial familiar de cáncer de piel, es conveniente apostar por un FPS mayor), la absorción rápida y fácil, la resistencia al agua (aun así, debe reaplicarse tras el baño) y la ausencia de ingredientes que irriten.

En resumen, la fórmula para no perderse es sencilla y consiste en limpiar, tratar, hidratar y proteger. No se necesita un mueble entero dedicado a la cosmética; a veces bastan un limpiador, un tratamiento que encaje con lo que busca la piel, una buena hidratante y fotoprotector para cumplir nuestras necesidades.

Lo demás puede llegar después, cuando se tenga claro qué se va a usar de verdad y qué podría acabar, inevitablemente, olvidándose en el fondo del cajón.