Naciones Unidas ha tenido nueve secretarios generales desde su fundación. Nueve hombres. Procedían de Noruega, Suecia, Birmania, Austria, Perú, Egipto, Ghana, Corea del Sur y Portugal.

Durante 80 años cambiaron los continentes, las lenguas, las culturas y el color de la piel de quienes ocuparon el despacho principal de la organización. El sexo permaneció invariable.

Es una rareza histórica difícil de ignorar precisamente porque la ONU ha dedicado buena parte de su existencia a ensanchar el concepto de representación.

La diversidad geográfica forma parte de sus criterios institucionales; la lucha contra el racismo cuenta con un plan específico dentro de la propia organización; sus mecanismos de derechos humanos consideran inadmisible la discriminación por orientación sexual o identidad de género.

La institución que nació de un mundo gobernado esencialmente por hombres blancos occidentales ha ido aprendiendo a reconocerse en una humanidad mucho más plural.

También ha avanzado en igualdad. En 2017 solo cinco entidades de Naciones Unidas habían alcanzado la paridad entre hombres y mujeres. En 2025 eran 28.

Desde 2020 se mantiene la paridad en la alta dirección y entre los coordinadores residentes y, por primera vez, se ha alcanzado también en las categorías profesionales internacionales.

La propia Asamblea General establece hoy que en los nombramientos de la organización deben considerarse tanto el equilibrio geográfico como el de género.

La carta que puso en marcha el actual proceso sucesorio fue más explícita todavía al pedir a los Estados miembros que considerasen seriamente la presentación de candidaturas femeninas.

Queda, sin embargo, la última planta.

António Guterres concluirá su segundo mandato el 31 de diciembre de 2026 y ya está en marcha la elección de quien se convertirá en la décima persona al frente de Naciones Unidas.

El relevo llega en un tiempo poco propicio para ceremonias.

En 2024 se contabilizaron más de 185 conflictos armados y unos 676 millones de mujeres y niñas vivían a menos de cincuenta kilómetros de uno de ellos. Ese mismo año, Naciones Unidas documentó más de 4.600 casos de violencia sexual vinculada a conflictos, un 87% más que en 2022.

Es ahí donde el debate sobre liderazgo femenino abandona el terreno simbólico y entra en el de la eficacia.

Conviene huir de cualquier esencialismo. Ser mujer no concede una superioridad moral, una sensibilidad política determinada ni una inclinación natural hacia la paz. La historia ofrece suficientes ejemplos para descartar semejante simplificación.

Lo interesante está en otro lugar: en averiguar qué sucede cuando las mujeres participan realmente en las decisiones relacionadas con la guerra y su final.

Los estudios recopilados por ONU Mujeres han encontrado que la participación femenina en los procesos de paz se asocia con un aumento del 20% en la probabilidad de que un acuerdo sobreviva al menos dos años y del 35% en la de que dure quince.

La organización señala, además, que una participación significativa amplía el conocimiento de las causas y consecuencias del conflicto y favorece que las negociaciones incorporen experiencias y necesidades presentes en la sociedad que, de otro modo, pueden quedar fuera de la mesa.

Los números siguen siendo extraordinariamente bajos. En 2024, las mujeres representaron apenas el 7% de quienes negociaron en procesos formales de paz y el 14% de quienes ejercieron labores de mediación. Alcanzaron el 20% entre las personas firmantes de acuerdos, pero, al excluir el caso colombiano, el porcentaje cae al 7%.

La fotografía resulta reveladora. Las mujeres sufren las guerras, sostienen comunidades durante ellas y participan en la reconstrucción posterior, mientras continúan siendo minoría en las habitaciones donde se pacta cómo terminarlas.

En Yemen han negociado el acceso de la población civil al agua; en Costa de Marfil, redes locales de mediadoras contribuyeron a reducir conflictos intercomunitarios; en las fronteras de Malí y Níger, una mayor participación femenina ayudó a resolver más de un centenar de disputas vinculadas a recursos naturales.

Nada de esto permite concluir que una mujer vaya a dirigir mejor Naciones Unidas. Sí obliga a preguntarse cuánto conocimiento se pierde cuando una parte de la experiencia humana llega tarde, poco o nunca a los lugares de máxima decisión.

La ONU conoce bien ese razonamiento. Lo utiliza para defender la diversidad geográfica, la igualdad racial, la presencia femenina en la diplomacia, la mediación y las operaciones de paz. Ha transformado sus políticas de personal hasta alcanzar una paridad que hace apenas una década parecía remota.

Sin embargo, desde Trygve Lie hasta António Guterres, el rostro situado en la cúspide siempre ha sido masculino.

El próximo secretario general deberá reunir competencia, independencia, integridad, experiencia internacional y capacidad diplomática. Son los criterios que establece el proceso de selección y los únicos que pueden sostener un cargo de esa responsabilidad.

Pero los 80 años anteriores dejan un dato que ninguna resolución puede maquillar: la organización creada para representar a los pueblos del mundo ha conocido nueve maneras de ser dirigida por un hombre y ninguna de ser dirigida por una mujer.

Tal vez esa sea, a estas alturas, una de las últimas fronteras de diversidad que Naciones Unidas conserva intacta.