Hay noticias que desaparecen cuando termina el informativo. Otras empiezan precisamente ahí.
La mañana después del incendio de Los Gallardos estaba en el plató de Espejo Público. Llevábamos un tiempo contando una tragedia que seguía desarrollándose. Las llamas aún avanzaban, las familias esperaban noticias de sus seres queridos y nadie se atrevía a dar por cerrado un balance que cambiaba con el paso de las horas.
En medio de aquella cobertura intervino el ingeniero forestal Paco Castañares. No habló del viento, ni de los medios desplegados, ni buscó una frase efectista. Dijo algo mucho más sencillo: "Estos incendios no se pueden apagar; estos incendios se pueden evitar".
Aquellas palabras cambiaron el sentido de la conversación. Hasta ese momento hablábamos del fuego; desde ese instante empezamos a hablar del tiempo. Del tiempo que dedicamos a reaccionar y del tiempo que casi nunca concedemos a anticiparnos.
Comprendí entonces que la verdadera historia de aquel incendio quizá no comenzara con la primera llama, sino mucho antes.
12 personas han perdido la vida
Conviene detenerse en esa cifra antes de seguir leyendo. No porque los números expliquen una tragedia, sino porque corremos el riesgo de acostumbrarnos a ellos. Detrás de esos 12 nombres hay familias rotas, proyectos interrumpidos y una ausencia que seguirá existiendo cuando el incendio haya desaparecido de las portadas.
Hay, además, una idea que no consigo apartar de la cabeza. Aquellas personas no estaban haciendo nada extraordinario. No buscaban el peligro ni pretendían desafiar a la naturaleza. Intentaban ponerse a salvo. Buscaban una carretera, una salida, una posibilidad.
Es fácil pensar, desde la distancia, que nosotros habríamos reaccionado de otra manera. Es una ilusión comprensible, porque nos protege del miedo.
La realidad, sin embargo, suele ser mucho más humilde: nadie sabe cómo reaccionará cuando el miedo ocupa todo el espacio y el tiempo deja de medirse en minutos para empezar a medirse en segundos.
Por eso me resulta imposible mirar esta tragedia desde la comodidad de quien observa algo ajeno. Pienso en personas que hicieron lo que cualquiera de nosotros podría haber hecho en aquellas circunstancias.
Cuando uno acepta esa posibilidad, la conversación deja de tratar únicamente sobre un incendio para convertirse en una reflexión sobre la responsabilidad que tenemos con quienes todavía no saben que un día podrían encontrarse en una situación parecida.
Nací en Almería. No viví allí lo suficiente como para decir que conozco esa tierra en profundidad, pero sí para sentir que esa noticia nunca iba a ser una noticia cualquiera. Hay lugares que permanecen unidos a nosotros por el simple hecho de haber marcado el principio de nuestra vida.
Los Gallardos es también el lugar que muchas personas, nacidas allí o llegadas desde otros países, eligieron para construir un hogar. Un territorio donde echar raíces, abrir un negocio, levantar una familia o empezar de nuevo.
Cuando un incendio atraviesa un paisaje así, no solo quema monte. También rompe proyectos, altera biografías y deja un vacío que ninguna imagen aérea alcanza a explicar.
Mientras escuchaba a Paco Castañares comprendí que aquella conversación no pertenecía solo a Almería. Nos interpelaba a todos. Vivimos en una sociedad extraordinariamente eficaz para responder a las emergencias.
Cuando la tragedia llega, movilizamos recursos, admiramos a quienes arriesgan su vida para salvar la de los demás y somos capaces de desplegar una solidaridad admirable. Esa capacidad nos honra.
Prestamos, sin embargo, mucha menos atención al tiempo silencioso que precede a las tragedias. Es un tiempo sin cámaras, sin titulares y sin reconocimiento público. La prevención tiene esa paradoja: cuando funciona, nadie habla de ella.
No hay un informativo porque un bosque no llegó a arder. No hay fotografías de una familia que regresó tranquilamente a casa, porque el riesgo había sido reducido mucho antes. Su éxito consiste, precisamente, en pasar inadvertida.
No escribo estas líneas para señalar a nadie. Las investigaciones establecerán los hechos y las responsabilidades que correspondan. Mi reflexión es otra y nos incluye a todos.
¿Somos capaces de valorar aquello que no vemos? ¿Sabemos conceder importancia al trabajo paciente, a la planificación y al cuidado del territorio cuando todavía no existe una emergencia que los haga visibles?
Nos hemos acostumbrado a medir el éxito por la rapidez con la que reaccionamos. Tal vez una sociedad madura deba medirse también por su capacidad para anticiparse. No porque pueda evitar todas las tragedias, sino porque entiende que proteger la vida empieza mucho antes de que alguien tenga que ser rescatado.
Dentro de unos días llegarán otras noticias. Es el ritmo inevitable de la actualidad. Lo que no debería desaparecer con ellas es la pregunta que quedó suspendida en aquel plató de televisión: ¿cuánto vale una vida antes de estar en peligro?
Tal vez esa sea la medida más exigente de una sociedad. No la rapidez con la que responde cuando todo se ha roto, sino la inteligencia con la que protege aquello que todavía puede conservar.
Las 12 personas que han perdido la vida merecen nuestro duelo. Merecen también que su recuerdo no quede reducido a una tragedia más del verano.
Si este incendio nos deja alguna enseñanza, ojalá sea la de comprender que la prevención no es solo una cuestión técnica. Es, sobre todo, una manera de cuidar la vida antes de que el miedo llegue.
Porque la mejor respuesta a una tragedia no es la que llega cuando el daño ya está hecho. Es la que consigue que alguien vuelva a casa sin saber que, ese día, estuvo a punto de no hacerlo.
