Después de seis meses de silencio absoluto tras dejar su cargo de canciller, hace unas semanas Angela Merkel habló. Lo hizo en público, en el teatro Berliner Ensemble, en la parte de la capital que antiguamente fue territorio de lo que se llamó la Alemania Democrática (RDA), a pocos metros del Reichstag, el centro neurálgico de la política alemana.

La presentación de su libro Was also ist mein Land? (Entonces, ¿qué es mi país?; Aufbau, 2021), el cual compila tres importantes discursos de la exmandataria, fue la excusa perfecta para romper con su silencio. Con el estallido de la guerra en Ucrania, políticos, medios y un buen número de personas, se habían preguntado por el mutismo hacia el actual conflicto bélico (y la posible ¿corresponsabilidad?) de quien fuera durante 16 años jefe de gobierno de Alemania.

Y allí estaba Angela Merkel, un día de inicios de verano en ese escenario a media luz, en azul, a veces echando mano a su famosa cara de póker, desplegando su ingenio y sapiencia, evidentemente relajada, pero -como de costumbre- en guardia frente al periodista con quien charlaría durante más de una hora.

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Saltando del pasado al presente, Vladimir Putin salió a colación varias veces en esa conversación. “Quiere destruir a la Unión Europea y al mundo occidental”, afirmó por enésima vez Merkel y reiteró –para que no cupiera lugar a dudas - que el ataque perpetrado a Ucrania es injustificado, reprochable, inhumano e inadmisible.

Putin fue uno de los tantos hombres con los que tuvo que lidiar la excanciller en su extensa gestión. No es de extrañar que en el humorismo del bestseller firmado por David Safier, Miss Merkel: Mord in der Uckermark (Miss Merkel: asesinato en Uckerman), la Angela Merkel de la ficción sea el ama de un pug que atiende al nombre de Putin.

Venganza pura y dura si se recuerdan dos hechos: las secuelas psicológicas que acarrea la Merkel real por un ataque canino, y el sádico episodio de 2007 cuando en una reunión con la exmandataria, el otrora agente de la KGB, Putin, dejó que su labrador (un perrote negro musculado) entrara en la sala y merodeara a sus anchas a los pies de la alemana.

Imagen de 'Angela Merkel -im Lauf der Zeit'.

En el escenario del Berliner Ensemble, la política en su nueva etapa de vida reposada en el retiro y enfocada en hacer sólo “lo que me produzca alegría y que de alguna manera pueda ser útil para mi país”, no quiso darle mayor importancia a la acción del mandatario -y agresor– ruso, que por supuesto salió a colación.

Pero ¿qué tanto sabemos de Angela Merkel? Odiada y amada, admirada y hasta temida. A pocos meses de haber abandonado su mandato, la excanciller ha pasado a la historia como una de las líderes más polémicas, pero sobre todo como una mujer que rompió con estructuras y límites impuestos en la política tanto alemana, como europea y mundial.

A pesar de que Angela Merkel estuvo tan presente durante casi dos décadas en nuestro día a día, da la sensación de que poco se le conoce, de que sigue siendo un enigma.

Dos películas logran un acercamiento a esta mujer, el biopic Merkel (de Stephan Wagner) y el documental Angela Merkel -im Lauf der Zeit (de Torsten Körner). Ambas dan fe de que el psicoterror del perrete quizás no tenga parangón con otras situaciones que le tocó enfrentar, como también dejan claro su temple y atino al desplegar estrategias de sobrevivencia, así como el perfeccionamiento de sus habilidades de líder en arenas donde ella fungió de gladiadora ante quienes esperaban que sucumbiera a las fauces y garras de inclementes leones. ¡Ilusos!

La chica que supo esperar

Sin duda, subestimaron a la hija de pastor luterano y profesora de latín, crecida en la dictadura de la RDA y que, siendo doctora en Química, entraría en la política tras la caída del Muro de Berlín en 1989, movida por su convicción de transformación política aunada a los valores que le inculcaron en casa.

Sus motivaciones y evolución se exponen en el documental Angela Merkel -im Lauf der Zeit (Angela Merkel, con el paso del tiempo), una suerte de radiografía, en la que toman la palabra tanto la considerada “una de las mujeres más influyente del mundo”, como un variopinto grupo de personas (famosas y no), homólogos y muy allegados.

Figuritas de personajes relevantes, incluida, Angela Merkel.

El menosprecio lo encontraría sobre todo en el seno de su partido, la Unión Demócrata Cristiana de Alemania (CDU) que forma coalición con la Unión Social Cristiana de Baviera (CSU). Sin embargo, tuvo un rápido y significativo ascenso político.

“Mi chica” (Mein Mädchen), como gustaba llamarla el excanciller Helmut Kohl -probablemente en primera instancia desde el paternalismo condescendiente, un apodo que con el tiempo sonó más a arma secreta–, en su gestión se convertiría en ministra para la Mujer y la Juventud, para luego asumir el Ministerio de Medio Ambiente.

Contra todo pronóstico, la cauta Merkel hasta llegaría a ser la jefa de la conservadora alianza política que siempre la miró por el rabillo del ojo y la ninguneó, y más tarde en la primera mujer jefa de gobierno de Alemania.

En el citado documental se recuerda cuando la llamaban graue Maus (ratón gris), debido a su bajo perfil, entre otras razones que le achacaron en especial los hombres que jugaban a hacer política, así como las voces masculinas que se dedican a analizar las gestiones gubernamentales y afines.

Eran tiempos en los que el sexismo se escurría tan descaradamente en el quehacer político que Ursula von der Leyen, la actual presidenta de la Comisión Europea y compañera de partido de Merkel, afirma tener muy presente en la memoria “la increíble crueldad y desprecio con que algunos hombres trataron a Angela en sus inicios”.

¿Pero en qué momento y cómo se dio cuenta Merkel de que para sobrevivir en esa república de machos tenía que desarrollar una estrategia propia, eso sí, sin muchos bombos y platillos, pero efectiva a largo plazo?

La fotógrafa Herlinde Koelbl, quien desde 1991 ha retratado a la lideresa, asegura que Merkel analizó y diseccionó cuidadosamente a los hombres de ese mundo masculino y extremadamente vanidoso, “en el que los varones despliegan sus plumas”.

La excanciller en 'Angela Merkel -im Lauf der Zeit'.

“Supo esperar”, comenta Koelbl, para asegurar sin tapujos que “si en aquel entonces Angela Merkel hubiera siquiera asomado sus ambiciones de poder, los hombres la hubiesen desactivado de inmediato”.

En cuestión de feminismo, la joven Angela tenía una concepción de la emancipación heredada de la educación y modo de vida en la RAD, pero la mujer que luego gestó su carrera política en la Alemania reunificada, entendió que existían desigualdades y que el objetivo tendría que ser la paridad.

Solo al final de sus días como jefa de gobierno, en su gira de despedida y en otro escenario, concretamente en el Theaterbühne en Düsseldorf, Merkel se atrevió a expresar abiertamente una frase que nunca antes había dicho con tanta claridad: “Sí, soy feminista y todos deberíamos serlo”. Corrigiendo así su intervención durante la conferencia Women20 en 2017 cuando evidentemente evadió declararse como tal.

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Merkel evolucionó pues como feminista, el documental también lo deja claro, aunque el hecho de ser mujer no lo puso en primer plano, o digamos que no se pudo dar el lujo de hacerlo. Sus logros políticos y sociales, así como el legado a las nuevas generaciones de mujeres en la política alemana, son aspectos dignos de ser profundizados.

Crisis: estado (casi) natural

Las batallas libradas en las entrañas de su partido se tornaron nimias con todos los vendavales que tuvo que afrontar a lo largo de sus cuatro mandatos.

Para hacerse una idea de cómo se desenvolvió en el detrás de bambalinas durante la crisis de los refugiados en septiembre de 2015, está la biopic Merkel (Filmin). Basada en el libro de no ficción Die Getriebenen: Merkel und die Flüchtlingspolitik (Robin Alexander, 2017), el director Stephan Wagner ficciona lo estrictamente necesario para contar lo más cercano a la verdad sobre la gestión de Merkel cuando llegaron a Alemania casi 900 mil refugiados provenientes en su mayoría de Siria, Afganistán e Irak.

La actriz Imogen Kogge, como Angela Merkel, no se limita a interpretar lo que se vio en los telediarios, tal como el discurso que contenía el legendario “Wir schaffen das” (lo lograremos), comparecencias ante la prensa o encuentros con otros mandatarios, sino que también se escenifican muchas de las discusiones y negociaciones con otros políticos que sucedieron a puerta cerrada, cuando Angela defendía su empeño de no cerrar las fronteras, así como en la intimidad de su casa o reflexionando en voz alta.

Tenemos pues la sensación de convertirnos en una mosquita voyeur. Merkel cumple con la fantasía de meternos en su despacho, de captarla en momentos decisivos, hasta en el salón de su casa en Berlín haciendo labores domésticas o en unas breves vacaciones en las montañas con su esposo Joachim Sauer.

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Antes hay que recordar que a raíz de la hecatombe financiera del 2009, con Grecia como protagonista, además de los coletazos a nivel europeo que pusieron al filo del abismo a la Unión Europea, Angela se había ganado enemigos y malquerencias. Apenas un mes antes de la llegada de los refugiados a suelo alemán, y a propósito de la crisis financiera, la revista Stern había publicado un número con Merkel en la portada, La reina de hielo titulaba (y no precisamente por Elsa, de Frozen) seguido de un abreboca contundente: “Cómo Angela Merkel se convirtió en la mujer más temida de Europa, y quién va a pagar ahora el precio del rescate del euro”.

En la Historia queda que, para bien o para mal, con la gestión de la crisis de los refugiados, Angela le daría un revolcón a su gobierno, a su imagen y a su país.

De repente, la ficción hace ver con otros ojos a esta mujer que estuvo muy lejos de ser una drama queen de la política. A través de la ficción de Merkel hay una posibilidad de imaginársela lanzando un taco, soltando el aire y enrollando los ojos por el hartazgo hacia quienes una vez más desestimaban sus propuestas y decisiones, mostrando más vulnerabilidad y sensibilidad.

En eso de dejar de lado el temple para asomar algo de corazón, la ex primera ministra Theresa May da en el clavo con su apreciación expuesta en Angela Merkel -im Lauf der Zeit: “Un gran reto para las mujeres en la política es que la prensa y la opinión pública quieren que muestres más emociones, pero cuando lo haces es catalogado como una señal de debilidad”.

Pero ¿acaso llevaban razón quienes le reprocharon tanta dureza, tanta “insensibilidad”? El tiempo y otra gran crisis como ha sido la de la Covid mostrarían lo contrario. Después de 16 años como canciller, a principios del 2020, cuando ni siquiera sospechábamos que el mundo se iba a detener, Merkel rechazó postularse para un quinto mandato en el 2021.

Bastaron pocos meses para que su imagen volviera a sufrir otra metamorfosis. De apestada, fría y mandona, pasó a ser toda una heroína y gran gestora en época de pandemia y sí, por primera vez se dio el lujo de mostrar algo de sus emociones, a sabiendas de que era el momento justo para que no la catalogaran de debilucha, todo lo contrario.

Aquel día en el Berliner Ensemble, al concluir la charla, Angela Merkel posó unos instantes para los fotógrafos. Curiosamente no formó el rombo con sus dedos, ese gesto que le proporcionaba “estabilidad”, ya que surgió de la incomodidad de no saber qué hacer al estar de pie. Que valga como metáfora la suposición de que la Angela actual, después de todo lo vivido, finalmente ya sabe qué hacer con sus manos.