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Para Rafa Tarradas, la palabra amistad cobró un significado completamente nuevo el día en que una pequeña bola de pelo negro se cruzó en su camino. Lapsus no era un animal cualquiera; era un labrador aguerrido, nadador incansable y, por encima de todo, un pilar emocional en una época marcada por las transformaciones vitales.

"No era 'alguien', era 'el más'. El mejor amigo, el que mejor me comprendía y con el que más me gustaba estar", confiesa el escritor al recordar a su fiel compañero.

El vínculo entre ambos se forjó a través de anécdotas inolvidables y una libertad compartida a lomos de dos ruedas. A pesar de la distancia entre su vivienda en Barcelona y el litoral, nada impedía que disfrutaran de su gran pasión común: el agua.

"Le gustaba mucho la playa, pero en Barcelona yo vivía lejos del mar y en esa época solo tenía moto. Lo subía delante y nos recorríamos la ciudad entera para que se bañara", evoca. Su presencia impredecible no se limitaba a las olas. Durante sus años universitarios, el perro se convirtió en el protagonista indiscutible de las facultades.

"En la universidad, cuando me tocaba en las aulas que daban al jardín lo dejaba suelto y le veía sembrar el caos tirándose al estanque, robándole la bola a algún niño y jugando con todos. Suspendí siempre, por supuesto", rememora entre risas.

Entre iglesias y piscinas

El espíritu aventurero de Lapsus no conoció límites ni fronteras durante los veranos en la Costa Brava, donde sus escapadas se convirtieron en leyenda entre los vecinos de la zona.

"No había manera de que se quedara en casa y se escapaba constantemente a una ruta de piscinas que tenía diseñada. De piscina en piscina", relata. Aquellas incursiones veraniegas dejaban opiniones divididas a su paso: "La mitad de los vecinos le odiaban y la mitad lo amaba. Nos pasábamos el verano pidiendo disculpas".

Sin embargo, el episodio más insólito tuvo lugar en pleno espacio sagrado: "Una vez me llamaron desde la iglesia. Lapsus estaba en medio de misa paseándose".

El reflejo de la ternura sin juzgar

Más allá de sus travesuras, Lapsus poseía una capacidad única para conectar con la faceta más íntima del autor, derrumbando cualquier barrera de contención emocional.

"Soy muy poco cariñoso, pero a Lapsus no dejaba de achucharlo y decirle lo que le quería. Resulta que al final no era tan frío como pensaba. Una novia me dijo que ojalá le quisiera como a Lapsus… era difícil", admite abiertamente.

Esa empatía instintiva le convertía en un bálsamo emocional en los momentos de abatimiento. "Me quería sin juzgarme, como hacen los perros. Se apoyaba en mí cuando me notaba bajo y me hacía reír. Estar con él siempre alegraba mi día", añade.

Si tuviera que resumir la esencia de su compañero en una composición musical, la elección combina lealtad y energía a partes iguales: Hay un amigo en mí refleja su unión, mientras que para sus arranques de ímpetu juvenil encaja It’s the End of the World as We Know It de R.E.M.

Su memoria permanece intacta en un rincón especial del hogar, inmortalizada en un marco de fotos que celebra una existencia luminosa.

"Yo le recuerdo siempre y tengo un marco con una foto suya en casa. Él estará en el cielo y ojalá yo me lo gane tan bien como hizo él y volvamos a vernos. Lo único malo que hizo en toda su existencia fue morirse… pero es ley de vida, claro", reflexiona con nostalgia.

Para Rafa Tarradas, la llegada de aquel labrador de mirada profunda dejó un balance definitivo y rotundo: "Desde que llegó, yo fui aún más feliz".