Durante décadas, la muerte de un tutor abría un abismo insalvable para las mascotas del hogar. De la noche a la mañana, el animal veía desaparecer a su referente humano sin comprender qué había sucedido, enfrentándose a un duelo silencioso plagado de incertidumbre y ansiedad por abandono.
Una barrera infranqueable impuesta por las normativas higiénicas de los espacios funerarios que prohibía taxativamente el acceso de animales a tanatorios y cementerios en España.
Esta realidad ha comenzado a cambiar gracias al conocido como Protocolo Haru, una iniciativa pionera impulsada en recintos como el Cementerio Mancomunado Bahía de Cádiz que permite a los perros y gatos acudir a las salas de velatorio para dar el último adiós a sus tutores.
Una medida que toma su nombre en homenaje a la lealtad canina y que busca humanizar el proceso de pérdida tanto para los familiares como para las propias mascotas.
La importancia de oler la pérdida
Lejos de responder a un mero capricho sentimental, la iniciativa cuenta con un sólido respaldo por parte de veterinarios y expertos en conducta animal.
La etología señala que los animales de compañía procesan la muerte principalmente a través del sentido del olfato.
Permitiendo que un perro o un gato se acerque al espacio de velación o huela la ropa del fallecido, la mascota registra de forma inmediata e inequívoca el fallecimiento de su cuidador.
Cuando este ritual no se produce y el tutor simplemente "desaparece" de casa, el animal suele desarrollar cuadros severos de depresión, conductas de búsqueda compulsiva frente a la puerta o trastornos del comportamiento derivados del duelo no asimilado.
La despedida formal evita esa desorientación y facilita que el animal pueda comenzar su proceso de adaptación a un nuevo hogar de forma más equilibrada.
Un acceso controlado y respetuoso
Para garantizar que el último adiós no suponga una experiencia estresante para el animal ni interfiera con el descanso de otros usuarios, el Protocolo Haru establece una serie de condiciones muy concretas durante la estancia en el recinto funerario.
El acceso de la mascota se realiza en todo momento en un ambiente íntimo y controlado, dentro de las salas de velatorio privadas y bajo la supervisión de un familiar de confianza capaz de interpretar las señales del animal.
Si el perro o el gato muestra síntomas de sobresalto, incomodidad o angustia por el entorno, la visita se interrumpe de inmediato para priorizar su bienestar emocional.
Un precedente para el sector funerario
La implantación de este tipo de protocolos marca un hito en la forma en que la sociedad española entiende el duelo y la integración de las mascotas en el núcleo familiar.
Al permitir que los animales formen parte de los ritos de despedida, el sector funerario da un paso hacia la adaptación de la Ley de Bienestar Animal, reconociendo el vínculo afectivo entre tutores y mascotas hasta el último momento.
