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El momento en el que un perro muerde por primera vez suele marcar un antes y un después en la convivencia del hogar. Es habitual que aparezcan el miedo, la incertidumbre y una cascada de preguntas sobre el futuro del animal.

Sin embargo, para abordar este episodio de forma rigurosa y constructiva, conviene alejarse de los prejuicios y analizar el trasfondo de este comportamiento con el auxilio de la etología.

Un recurso defensivo en su memoria

Cuando un perro recurre a los dientes, no lo hace por malicia ni por un deseo espontáneo de dañar, sino como respuesta a un conflicto que no ha sabido gestionar de otro modo.

Ante el interrogante de si este hecho condiciona inevitablemente el resto de su vida, los especialistas invitan a contextualizar la reacción.

El profesional en comportamiento canino Juan Manuel Liquindoli aborda directamente esta inquietud planteando la gran pregunta que se hacen muchos propietarios: "Si el perro mordió alguna vez en su vida, ¿significa que va a morder siempre?".

La respuesta requiere comprender cómo aprende un animal a relacionarse con su entorno. La mordedura representa la cúspide de una serie de avisos corporales que el perro utiliza cuando se siente amenazado, acorralado o superado por el dolor y el estrés.

Si esa acción le sirvió para apartar la amenaza o detener la situación desagradable, la experiencia queda registrada como una solución eficaz.

La importancia de evitar etiquetas

Entender este mecanismo resulta vital para no prejuzgar al animal ni dar el caso por perdido.

Según aclara Juan Manuel Liquindoli, el hecho de que un can haya reaccionado de esta forma "significa que el perro ya sabe que cuenta con esa estrategia comportamental para resolver alguna situación".

No se trata de condenar al animal a una etiqueta permanente, sino de ser conscientes de la experiencia previa que ha acumulado.

El experto subraya que esta conducta pasa a formar parte de las alternativas a las que el animal puede acudir si se repiten los mismos desencadenantes.

"Entonces, si un perro mordió, no es que hay que estigmatizarlo, pero sí hay que saber que en alguna situación usó esa estrategia para resolver algo. Hay que tener cuidado y hay que asesorarse. Sí. Y en su repertorio de opciones comportamentales existe".

Reconocer este hecho permite a los dueños tomar precauciones informadas sin caer en el rechazo hacia su mascota.

La orientación profesional

Afrontar esta situación de forma autónoma o mediante castigos suele agravar el problema, incrementando los niveles de ansiedad en el animal.

La intervención temprana de un etólogo o educador capacitado resulta fundamental para identificar los detonantes exactos y trabajar en la modificación de la conducta mediante pautas de manejo seguras.

Al respecto, el especialista enfatiza que un episodio aislado no define el destino del animal ni imposibilita su rehabilitación.

"Entonces, si un perro mordió, es importante asesorarse con un profesional. No quiere decir que no pueda esto controlarse y mejorarse, pero sí asesorarse con un experto porque hay que tener, hay que conocer algunas cuestiones".

Con el acompañamiento adecuado y la supervisión de un profesional, es perfectamente posible reconducir la conducta, prevenir nuevos incidentes y devolver la tranquilidad a la convivencia diaria.