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"Los animales de compañía encuentran seguridad en cierta previsibilidad. Cuando sus horarios y el tiempo que comparten con su familia cambian de forma brusca, algunos pueden mostrar inquietud o dificultades para adaptarse", explica Ana Ramírez, directora técnica veterinaria de Kivet.

"No se trata de atribuirles emociones humanas, sino de entender que perciben las variaciones de su entorno y responden a ellas según sus propias necesidades y características".

El cambio de rutina les afecta también a ellos. Los animales que conviven con nosotros también perciben la reducción del tiempo compartido, el aumento de las horas en soledad y la modificación de sus momentos habituales de paseo, juego, alimentación o descanso.

El regreso al trabajo, al colegio y a unos horarios más estructurados transforma la dinámica de muchos hogares después de las vacaciones. Y, en muchos casos, esto implica volver de forma repentina a jornadas con menos compañía.

Sin embargo, esta respuesta no debe confundirse automáticamente con un problema de ansiedad por separación. Cada animal necesita un tiempo diferente para reajustarse y las experiencias previas o el entorno influyen en su manera de afrontar el cambio.

Las primeras señales de alerta

Las manifestaciones de malestar pueden variar de un animal a otro. Algunas son evidentes, como ladridos o maullidos continuados, arañazos en puertas, destrozos, intentos de escapar o necesidades fisiológicas fuera de los espacios habituales.

Otras pueden pasar más inadvertidas, como una menor actividad, falta de interés por el juego, cambios en el apetito o en el descanso, una mayor demanda de contacto o, por el contrario, aislamiento.

"El comportamiento es una forma de comunicación. Si un animal que normalmente permanece tranquilo comienza a vocalizar con frecuencia, deja de comer, se esconde o modifica sus pautas de descanso, es importante no etiquetarlo como desobediente ni recurrir al castigo", señala Ana Ramírez.

En el caso de los gatos, las señales suelen ser especialmente sutiles. Es posible que comiencen a esconderse con más frecuencia, cambien sus lugares habituales de descanso, reduzcan la interacción, alteren el uso del arenero o se acicalen de manera excesiva.

También pueden aparecer manifestaciones físicas, como molestias digestivas, jadeo, salivación excesiva o pérdida de apetito. Estos signos no son exclusivos del estrés y pueden estar relacionados con diferentes problemas de salud, por lo que no deben interpretarse de manera aislada.

"Primero debemos intentar comprender qué está expresando y valorar si necesita ayuda profesional". El primer paso debe ser descartar causas médicas, ya que el dolor, determinadas enfermedades o algunos cambios relacionados con la edad pueden provocar señales similares a las de un problema de comportamiento.

Una adaptación gradual

"La adaptación debe realizarse respetando los tiempos de cada animal. Las ausencias breves, los horarios estables y la continuidad de los momentos compartidos ayudan a que la transición resulte más llevadera", explica la veterinaria.

Siempre que sea posible, la adaptación debe comenzar antes de retomar por completo las obligaciones. Recuperar progresivamente los horarios de alimentación, descanso, paseo y juego reduce el contraste entre las vacaciones y el nuevo ritmo cotidiano.

Los juguetes interactivos, los comederos que promueven la búsqueda de alimento, los rascadores, las zonas elevadas para los gatos o los objetos seguros para morder pueden enriquecer el tiempo en solitario.

No obstante, estos recursos deben elegirse según las preferencias de cada animal. No se trata de llenar el hogar de estímulos ni de intentar agotarlo antes de salir, sino de ofrecer una actividad equilibrada que se combine con periodos adecuados de descanso.

También es recomendable disponer de un espacio tranquilo, confortable y asociado a experiencias positivas, en el que el animal pueda relajarse y alejarse del ruido cuando lo necesite.

En el caso de los gatos, los escondites, las zonas elevadas, los rascadores y la distribución de los recursos en distintos puntos del hogar favorecen su sensación de seguridad y control.

"El vínculo no depende únicamente del número de horas que pasamos juntos, sino también de cómo nos relacionamos durante ese tiempo", concluye la veterinaria.

Favorecer que el animal pueda permanecer tranquilo sin la presencia constante de su compañero humano y respetar sus momentos de descanso son aspectos esenciales de una relación equilibrada.