La forma de entender el dolor en los animales de compañía ha cambiado profundamente durante las últimas décadas.
El dolor postquirúrgico o asociado a enfermedades crónicas dejó de considerarse una consecuencia inevitable para convertirse en un problema clínico que debe prevenirse, evaluarse y tratarse.
Según Labiana, el laboratorio experto en salud animal y humana, cuando no se controla adecuadamente, el dolor activa una respuesta de estrés que puede alterar la función inmunitaria, el metabolismo y la cicatrización de nuestras mascotas.
También reduce su movilidad y el apetito, favorece la pérdida de masa muscular y provoca cambios de comportamiento. En procedimientos ortopédicos o en animales con enfermedades, estas consecuencias pueden retrasar de forma significativa la recuperación.
Cuando el dolor se convierte en enfermedad
Un dolor mantenido puede provocar sensibilización central, un fenómeno por el que las neuronas de la médula espinal amplifican la señal dolorosa incluso después de que desaparezca la causa inicial.
Este proceso puede favorecer la cronificación del dolor y dificultar la respuesta a tratamientos posteriores. Por ello, una intervención precoz no solo mejora el bienestar del animal, sino que también ayuda a preservar el funcionamiento de sus mecanismos naturales de modulación del dolor.
La World Small Animal Veterinary Association (WSAVA) considera el reconocimiento y el tratamiento del dolor una prioridad clínica. Sus directrices recomiendan emplear escalas validadas, como la Glasgow Composite Measure Pain Scale, para evaluar la evolución de la mascota y ajustar el tratamiento de manera objetiva.
Anticiparse a la cascada inflamatoria
El control del dolor asociado a los procedimientos quirúrgicos es una de las indicaciones más habituales de los antiinflamatorios no esteroideos (AINEs) en pequeños animales.
Cuando el estado clínico del animal lo permite, la administración preoperatoria de AINEs busca frenar esta respuesta antes de que se establezca.
Esta estrategia, conocida como analgesia preventiva, puede reducir la intensidad del dolor postquirúrgico y las necesidades analgésicas posteriores, destacan desde los expertos de Labiana.
Su uso resulta especialmente relevante en cirugías ortopédicas, intervenciones abdominales, procedimientos sobre tejidos blandos y extracciones dentales complejas.
La decisión debe valorar siempre el estado general del paciente y el riesgo de hipotensión, deshidratación o alteraciones renales.
Actuar sobre la inflamación
Los AINEs inhiben la enzima ciclooxigenasa (COX), implicada en la producción de prostaglandinas y otros mediadores relacionados con la inflamación y el dolor.
Aunque los AINEs son eficaces para controlar el dolor y la inflamación, pueden producir efectos adversos que afectan principalmente al aparato gastrointestinal y los riñones y, con menor frecuencia, al hígado.
El riesgo aumenta en animales con enfermedad renal, deshidratación, hipotensión, hepatopatías o determinados tratamientos concomitantes. En tratamientos prolongados, las analíticas previas y los controles periódicos permiten detectar alteraciones antes de que se produzca un daño.
La frecuencia de la monitorización debe adaptarse a la edad, las enfermedades previas, el principio activo utilizado y la duración del tratamiento.
También es fundamental que el tutor conozca los signos de alerta, como vómitos, diarrea, pérdida de apetito, apatía, cambios en el consumo de agua o alteraciones en la micción. Además, de acuerdo a los datos de Labiana, las diferencias metabólicas entre especies son determinantes en el uso de los AINEs.
Por ejemplo, los gatos presentan particularidades metabólicas que pueden afectar a la eliminación de determinados principios activos, por lo que la selección del AINE, la dosis y la frecuencia de administración deben realizarse específicamente para esta especie.
En la práctica clínica, los AINEs pueden combinarse con opioides, anestésicos locales, gabapentinoides o ketamina, dependiendo del tipo y la intensidad del dolor.
El abordaje multimodal también incluye medidas no farmacológicas. La fisioterapia y la rehabilitación pueden mejorar la movilidad, la fuerza muscular y la calidad de vida de los animales con osteoartritis.
El control del peso reduce la carga sobre las articulaciones, mientras que el ejercicio adaptado y las modificaciones del entorno doméstico facilitan la movilidad y disminuyen las limitaciones asociadas al dolor crónico.
Y es que tratar el dolor de nuestros pequeños animales exige combinar eficacia, prevención y vigilancia, donde la monitorización no es un elemento adicional, sino una parte esencial del propio tratamiento.
