Publicada

Ulisse tiene tres años. Es un gato negro, con mucho pelo y la cara redonda. Ronronea en los brazos de mi padre desde que lo rescatamos del abandono. Pasó los últimos años aquí, subiendo los árboles del jardín de casa, corriendo por los pasillos, rompiendo lámparas, sin echarse nunca una siesta.

Ahora, lleva más de dos semanas sin moverse. Y aunque todas las analíticas, resonancias y varias opiniones profesionales, nadie parece haber entendido todavía qué le pasa.

El 10 de agosto empezó a arrastrar una de las patas traseras. Once días después ya no podía mover ninguna de las dos. De repente, se vio obligado a dormir todo el día.

Come. Hace sus necesidades. Conserva la sensibilidad en las extremidades posteriores. Pero no puede caminar y, como tampoco puede llegar al arenero, se orina y defeca encima. Está visiblemente asustado, incómodo, muy lejos del gato activo que ha sido hasta ahora.

Mi padre lo recoge del suelo y se lo apoya en el pecho; es la única criatura que le ha llenado de un amor incondicional en toda su vida, dice, mientras intenta no llorar en frente de nosotros.

Él también lleva once días sin salir de casa, si no es para ir a trabajar. Él también no se mueve, se tumba en el suelo a su altura y allí se queda todo el día. Le da de comer, le ayuda a vaciar la vesícula y le limpia el pelo. De allí no se mueve.

Ulisse hoy. Archivo redacción

Hay enfermedades felinas sobre las que todavía sabemos demasiado poco, especialmente cuando son poco frecuentes, difíciles de diagnosticar o afectan a un gato individual; y esa falta de conocimiento se convierte en un problema muy concreto y en un grito de ayuda.

Un diagnóstico inexistente

La resonancia magnética ha permitido localizar el problema: hay material probablemente situado en el espacio epidural, alrededor de la médula espinal, compatible con un proceso inflamatorio. Pero la imagen no dice todavía por qué está ahí.

Puede tratarse de una steatitis estéril —una inflamación del propio tejido graso—, de una infección oculta (bacteriana, por hongos o micobacterias) o, aunque se considere menos probable, de un linfoma epidural.

Las pruebas de sangre y laboratorio nos han ido cerrando puertas a ciegas: el valor de la proteína AGP dio 125.70 µg/mL (completamente normal) y la relación entre albúmina y globulinas está en 1.40, alejando la sombra de una Peritonitis Infecciosa Felina (PIF) neurológica.

La primera citología epidural solo pudo extraer grasa y sangre, resultando inoperante para dar un diagnóstico. Mientras tanto, la cortisona y los antibióticos no están haciendo efecto porque no sabemos exactamente a qué enemigo nos enfrentamos.

Dos semanas después, nuestra pregunta, por ahora, sigue siendo la misma: ¿qué tiene Ulisse?

Y esa pregunta es también el punto de partida de una cuestión mucho más grande: ¿qué ocurre cuando una enfermedad felina es tan poco frecuente, tan difícil de identificar o tan insuficientemente estudiada que el diagnóstico se convierte en un proceso de descarte, incertidumbre y búsqueda de respuestas?

Porque para una enfermedad rara puede haber pocos casos. Pero para cada uno de esos casos hay un animal concreto y una familia que necesita saber qué está pasando.

Buscamos ayuda

Por eso, ahora buscamos ayuda. No sabemos exactamente qué buscamos. Quizá un veterinario que haya visto antes una lesión como la de Ulisse.

Quizá un investigador que pueda reconocer en su resonancia algo que a nosotros todavía se nos escapa. Quizá la familia de otro gato que haya pasado por un cuadro parecido y pueda contarnos cómo empezó, cómo evolucionó, qué pruebas le hicieron, qué diagnóstico encontraron.

Ulisse, en casa. Archivo redacción

Buscamos una pista. Hemos aprendido en estas dos semanas que, cuando una enfermedad es poco frecuente, la información también puede estarlo.

Puede existir en un artículo científico al otro lado del mundo, en la experiencia de un especialista, en el historial de un animal tratado hace diez años o en la memoria de alguien que una vez vio algo parecido.

Por eso hemos decidido hacer pública la historia de Ulisse. No para sustituir el trabajo de los veterinarios que lo están tratando, ni para buscar un diagnóstico en internet, sino para intentar que su caso llegue un poco más lejos de lo que puede llegar por sí solo.

Si eres veterinario, neurólogo veterinario, investigador o trabajas con enfermedades infecciosas, inflamatorias o neurológicas felinas y reconoces algo en este caso, queremos escucharte. Si has vivido algo parecido con tu gato, también.

Quizá no exista todavía una respuesta clara para Ulisse. Quizá sí existe y simplemente todavía no hemos conseguido encontrarla. Pero mientras haya una puerta que abrir, seguiremos llamando. Si piensas que puedes ayudarme, escribe a: angelica.rimini@elespanol.com