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Cada vez que la Luna se interpone entre la Tierra y el Sol, la atención humana se dirige masivamente hacia el cielo. Sin embargo, en la superficie, el reino animal protagoniza su propio espectáculo.

El impacto de este fenómeno astronómico en la fauna abarca desde respuestas totalmente previsibles hasta conductas desconcertantes que continúan desafiando a la comunidad científica.

Como explica el biólogo y zoólogo Alonso Santamaría, para desenmarañar este fenómeno conviene imaginar "una especie de pirámide en la que en la base van a estar los comportamientos más normales y más previsibles, los que no te sorprenden, y en la cúspide van a estar esos casos que siguen siendo un auténtico misterio para la ciencia".

Los relojes biológicos

En el primer nivel de esta estructura se sitúan las reacciones más comunes, estrechamente ligadas a las cadenas hormonales y a los relojes biológicos internos.

Aunque los animales no poseen cronómetros externos, la luz ambiental actúa como el gran sincronizador de su organismo. En los vertebrados, la glándula pineal regula los ciclos de descanso y actividad mediante la producción de melatonina.

Por ello, la reacción inmediata ante la penumbra no es casual: "Cuando esa señal cambia de forma tan brusca, muchos organismos reaccionan exactamente igual que lo harían al amanecer o al atardecer", señala Santamaría.

Este fenómeno resulta especialmente evidente en el comportamiento de las aves diurnas, las cuales suelen apagarse casi al instante cuando cae la luz. "Los pájaros diurnos, cuando se hace de noche, literalmente es que se quedan totalmente tiesos".

No obstante, el momento más singular ocurre al finalizar la totalidad. En diversas especies de aves cantoras se ha observado que comienzan a cantar en cuanto reaparece el Sol.

Este canto no es trivial; durante la mañana sirve para defender territorio y buscar pareja tras haber pasado la noche en ayunas. Según indica el experto, ponerse a cantar antes de dormir supondría un gasto de grasa peligroso antes del frío nocturno.

"Sin embargo, cuando ya has pasado la noche dices: "Ahora ya la he pasado, tengo todo el día para comer, ahora es cuando voy a cantar". Resulta que en numerosas ocasiones se ha observado que cuando acaba el eclipse, los pájaros cantores empiezan a cantar como si fuera por la mañana".

Las abejas y la oscuridad

Una dinámica de repliegue similar ocurre con los artrópodos. Las abejas suelen regresar con rapidez a la colmena cuando la oscuridad alcanza su punto máximo porque "para las abejas la oscuridad significa que el día de trabajo ha terminado".

Sin embargo, los investigadores han detectado un matiz muy curioso relacionado con sus prioridades: "Esto solo ocurre rápidamente si tienen unas reservas de alimento bastante grandes; las colmenas que tenían menos reservas de comida tardaban más en irse".

Por su parte, otros insectos como los grillos responden sin dudar al descenso de luz y "durante los eclipses empiezan a emitir los mismos sonidos que hacen durante la noche". En el extremo opuesto se encuentran los animales domésticos.

Los entornos artificiales

Perros y gatos apenas alteran su comportamiento durante estos fenómenos astronómicos, algo lógico si se tiene en cuenta que "viven en un entorno completamente artificial donde sus horarios dependen mucho más de las personas y de nuestros hábitos, de nuestras bombillas, que de la luz solar".

Santamaría añade que, en el caso de los cánidos, cualquier mínima alteración responde a otro motivo: "Parece que a los perros sí que les afecta, pero se cree que es más el dueño y el cambio en el dueño que el eclipse en sí; a los gatos sí que les da absolutamente igual todo".

En la fauna salvaje, cuando el fenómeno dura poco, la mayoría se limita a permanecer en reposo a la espera de que la iluminación vuelva a la normalidad. Al avanzar hacia el segundo nivel de la pirámide, donde la oscuridad se prolonga durante varios minutos, las conductas se vuelven más drásticas.

Los animales nocturnos —como lechuzas, búhos, murciélagos o pequeños carnívoros— salen a explorar o cazar creyendo que ha comenzado la jornada nocturna. Esto convierte al eclipse en una oportunidad única para la observación de fauna, pues coincide la actividad de especies diurnas y nocturnas al mismo tiempo.

Entre los comportamientos más extraños de esta fase intermedia destaca el de las arañas tejedoras de orbe, que durante la totalidad dejan de reparar sus estructuras o incluso llegan a desmontarlas.

La tela de araña no solo es una trampa, sino una importante reserva energética de proteínas que el arácnido digiere para reciclar nutrientes.

"Curiosamente, cuando hay un eclipse, no se sabe por qué, las arañas deciden deshacer esa tela de araña, recoger esas reservas, recoger esa despensa y reciclarla". Al terminar el evento, la araña simplemente reacciona sorprendida "y la vuelve a recomponer, arreglar, etcétera".

Reacciones sin explicaciones biológicas claras

El entorno de los zoológicos también ha permitido documentar reacciones desconcertantes. Durante el gran eclipse de 2017 en Estados Unidos, la observación masiva de especies dejó ver escenas dispares: jirafas que comenzaron a galopar por sus recintos, flamencos que se agruparon para dormir o gorilas que corrieron a refugiarse en sus cobijos.

Finalmente, en la cúspide de la pirámide se hallan los casos que siguen desconcertando a la ciencia. Durante ese mismo evento de 2017, en el zoológico de Riverbanks se registró que los galápagos gigantes "durante el eclipse empezaron a llevar a cabo comportamientos de cortejo y de apareamiento", una reacción sin explicación biológica clara.

Aún más impactante es la conducta registrada en primates superiores. En diversos eclipses se ha observado a chimpancés y bonobos abandonar el suelo para ascender a las zonas más altas de los árboles justo al comenzar la totalidad.

Lo sorprendente es que "muchos permanecían mirando hacia el cielo durante varios minutos; es decir, parece que subían para observar el eclipse y no parecían asustados, simplemente observaban cómo lo hacemos los humanos".

Este hecho plantea inevitables dudas sobre si poseían cierta conciencia del evento o si reaccionaban al bajón de temperatura y presión. Esta observación plantea además un dilema sobre su salud ocular.

Una retina más funcional

A diferencia de otros mamíferos que poseen tapetum lucidum —una capa reflectante tras la retina que mejora la visión nocturna—, los grandes simios y los humanos carecemos de esta estructura funcional.

Por ello, mirar directamente al Sol debería causarles daños irreparables en la retina. Aunque Santamaría admite que "en principio no hay documentado ningún daño en la retina de un animal con el eclipse", reconoce que quizás no se ha investigado lo suficiente en profundidad.

El medio marino también aporta sus propios enigmas. En delfines y ballenas se han registrado desplazamientos hacia la superficie y saltos repetidos durante la fase de máxima oscuridad.

La hipótesis más extendida entre los especialistas apunta a que "quizás se trate de algún tipo de comunicación entre ellos que nosotros no entendemos; al final son animales muy inteligentes, muy sociales, y probablemente vean que se apaga de repente la luz y lo comunican con otros".

La inmensa variedad de reacciones ante un eclipse demuestra que, mientras la atención humana se concentra en la alineación de los astros, el reino animal despliega un mosaico de respuestas tan diverso como fascinante, recordándonos lo mucho que todavía queda por comprender sobre la biología que nos rodea.