El hospital Universitario Insular de Gran Canaria acaba de abrir sus puertas a los animales que quieren visitar a sus propios dueños. Una iniciativa pionera que cambia el rumbo de la manera de ver a nuestros animales de compañía.
Los pacientes ingresados en la Unidad de Cuidados Paliativos pueden volver a acariciar a sus mascotas sin tener que salir del hospital.
El objetivo principal no es solo humanizar la asistencia sanitaria, sino proporcionar confort emocional, reducir la ansiedad, el estrés y el dolor percibido en las fases terminales o avanzadas de una enfermedad.
Un último abrazo, una despedida pendiente y una mirada de complicidad logran lo que a menudo se vuelve una quimera en la fase terminal de una enfermedad: un día entero libre de dolor y lleno de serenidad.
Paliativos con Huella es un programa que ha cambiado las reglas del juego en la atención hospitalaria de Canarias al abrir formalmente las puertas del centro a las mascotas de los pacientes.
Más allá de la medicina
Tradicionalmente, un hospital ha sido un entorno aséptico, rígido y aislado del mundo exterior. Sin embargo, en los momentos más vulnerables del ser humano —como la fase final de la vida— la salud emocional y los afectos juegan un papel tan determinante como los cuidados médicos.
El equipo sanitario de la Unidad de Cuidados Paliativos del Hospital Insular detectó una necesidad dolorosa e invisible: muchos enfermos sufrían una honda angustia no solo por su estado físico, sino por la separación brusca de sus animales de compañía, a los que consideraban parte fundamental de su familia.
En muchos casos, la imposibilidad de despedirse o la preocupación por su bienestar se convertían en una pesada carga emocional. Con el respaldo del Plan de Humanización del Servicio Canario de la Salud, el personal del centro decidió buscar soluciones en lugar de excusas.
Ciencia, seguridad y afecto
Llevar a un animal a un recinto sanitario requiere derribar barreras burocráticas e higiénicas complejas. Para garantizar la seguridad de todos los pacientes y del personal, el hospital trabajó codo a codo con el Servicio de Medicina Preventiva y Salud Pública para elaborar un protocolo inflexible:
- Control veterinario riguroso: La mascota debe contar con microchip, vacunación y desparasitación al día, además de un informe veterinario reciente que garantice su salud y un carácter apacible.
- Higiene preingreso: Justo antes de cruzar el umbral del hospital, el animal debe ser cepillado y sus patas limpiadas con soluciones desinfectantes específicas.
- Circuitos controlados: El perro no vaga libremente por los pasillos; realiza su trayecto por rutas acotadas hasta la habitación individual del paciente o una zona exterior habilitada, siempre bajo horarios prefijados.
El resultado es un sistema seguro que permite a las familias gestionar el reencuentro sin poner en riesgo la asepsia del centro.
El impacto en el cuerpo y en la mente
Los beneficios de estos reencuentros van mucho más allá del consuelo moral. La literatura médica y la observación clínica avalan que el contacto con un animal querido desencadena sensaciones positivas.
Se liberan endorfinas y oxitocina, sustancias químicas naturales que reducen los niveles de cortisol (la hormona del estrés), aminoran la presión arterial y disminuyen la percepción del dolor físico.
Para los pacientes, el reencuentro supone una inyección de vitalidad y una vía para cerrar su etapa vital en paz. Para las familias contemplar la tranquilidad de un ser querido en sus últimos días se convierte en un refugio inolvidable durante el proceso de duelo.
Un faro para la sanidad pública
El programa Paliativos con Huella demuestra que la excelencia sanitaria no solo se mide por la tecnología de vanguardia o los tratamientos farmacológicos, sino por la capacidad de empatizar con la dignidad y los afectos del ser humano.
En Gran Canaria, un ladrido de bienvenida y un roce de hocico han demostrado ser, a veces, la mejor prescripción médica para sanar el alma cuando el cuerpo ya no puede más.
