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Por décadas, el derecho civil en la mayor parte del mundo ha arrastrado una herencia del derecho romano que resulta anacrónica a los ojos de la ciencia moderna: clasificar a los animales como "cosas", "bienes muebles" u objetos propiedad de alguien.

Sin embargo, México se encuentra en la antesala de un paso histórico que promete redefinir por completo su relación con la fauna: el reconocimiento legal de los animales como seres sintientes.

Este cambio de paradigma no es un mero formalismo lingüístico; es la llave maestra para transformar la estructura jurídica del país y elevar los estándares de bienestar animal a niveles nunca antes vistos en el territorio nacional.

La capacidad de sentir y sufrir

El reconocimiento de la sintiencia animal abandona el romanticismo para asentarse firmemente en la evidencia científica.

Avalado por consensos globales —como la histórica Declaración de Cambridge sobre la Consciencia—, la ciencia ha demostrado de manera inequívoca que los animales no humanos poseen sustratos neuroanatómicos complejos.

Esto significa que el marco legal mexicano comenzará a asumir que los animales:

  • Experimentan dolor físico y sufrimiento de forma consciente.
  • Tienen la capacidad de sentir emociones complejas como el miedo, la ansiedad, el estrés, el apego y el bienestar.
  • Poseen necesidades biológicas y conductuales específicas de su especie que van mucho más allá de la simple supervivencia física.

Al integrarse este concepto en las leyes, la justicia deja de proteger a un perro o a un caballo bajo el argumento de que "alguien es su dueño y dañarlo afecta un patrimonio", y pasa a protegerlo por su valor intrínseco y su derecho a no sufrir.

De las leyes locales al impulso internacional

El camino hacia este logro histórico se ha ido pavimentando desde distintos frentes. A nivel local, entidades como la Ciudad de México y Baja California abrieron la brecha al incluir explícitamente la sintiencia animal en sus Constituciones y Códigos Civiles, sentando un precedente fundamental.

A nivel macro, el impulso definitivo ha venido dictado por la geopolítica y los compromisos internacionales. El Acuerdo Global Modernizado entre México y la Unión Europea incluyó de forma vinculante cláusulas de bienestar animal y el reconocimiento de su sintiencia.

Dado que los tratados internacionales tienen rango constitucional en México (según el artículo 133 de la Carta Magna), el Estado mexicano adquirió la obligación legal de armonizar todas sus leyes bajo este principio rector.

Actualmente, el foco del activismo y del debate legislativo se encuentra en la reforma al Artículo 4° de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, con el fin de plasmar el trato digno y la prohibición del maltrato animal de forma explícita en la ley máxima del país.

La Ley General de Protección Animal

Reconocer la sintiencia es el cimiento, pero la estructura real que ejecutará este cambio es la propuesta de una Ley General de Protección Animal, impulsada con fuerza por la sociedad civil y diversas organizaciones ambientalistas.

Actualmente, México padece un vacío de criterios; lo que en un estado se castiga con cárcel (maltrato severo), en el estado vecino puede ser considerado una simple falta administrativa.

Una Ley General unificará las reglas del juego, los delitos y las sanciones en los 32 estados de la república. Esta propuesta introduce una herramienta judicial revolucionaria.

Ante cualquier duda, ambigüedad o vacío legal en un caso, las autoridades judiciales estarán obligadas a interpretar la norma siempre a favor del bienestar del animal. Históricamente, las leyes han protegido con mayor simpatía a perros y gatos.

La Ley General busca expandir el brazo de la justicia hacia los animales de granja y consumo, laboratorios de experimentación científica y animales de trabajo, regulando de manera estricta los rastros, la movilización y el alojamiento.

Un futuro con mayor empatía

El camino no está exento de resistencias, especialmente por parte de sectores económicos y tradiciones arraigadas que aún ven al animal como un recurso de explotación ilimitada. Sin embargo, la inercia jurídica, científica y social es irreversible.

México se encamina a construir un marco legal más justo, coherente y compasivo. Modificar las leyes para aceptar que los animales sienten y sufren es el primer paso para saldar una deuda histórica de empatía, asegurando que el bienestar animal deje de ser una opción y se convierta, por fin, en una obligación nacional.