Los vencejos son, sin exagerar, una de las obras maestras de la evolución aérea. Pasan la mayor parte de su vida volando; son capaces de permanecer hasta diez meses seguidos en el aire sin posarse ni una sola vez.
Comen insectos al vuelo, beben planeando a ras del agua para recoger las gotas y duermen en el cielo. Para esto último, suben a unos 2.000 o 3.000 metros de altura, reducen el aleteo y entran en un estado de sueño en el que un hemisferio de su cerebro descansa mientras el otro controla el vuelo.
Por eso, cuando me encontré a un vencejo posado en el tendedero de la casa de mi vecina, entendí inmediatamente que algo iba mal. Le toqué a la puerta y le pedí permiso para entrar a su casa, explicándole la situación.
El lenguaje no verbal
Ella me confesó que le tenía miedo a los pájaros, por lo que me dejó pasar de inmediato. Me encerré en el cuarto de baño y abrí la ventana. El pobre ave tenía las alas desplegadas y no se movía. No lograba entender si estaba atrapado con los hilos de una camiseta o si le pasaba algo más.
Primero pensé que lo importante era intentar transmitirle calma. Y, al no ser un ser humano, la tarea es más compleja. Sin embargo, sí creo que hay algo que nos une a todos: el lenguaje no verbal.
Con movimientos lentos le acaricié el cuerpo y posé una mano debajo de la camiseta sobre la cual se sustentaba. Esperé unos minutos para que entendiera que era un lugar seguro y que no le iba a hacer daño; luego, siempre muy lentamente, lo llevé hacia adentro del baño.
Rescatando a un vencejo
Me sorprendió su estado tan tranquilo y pensé que seguramente se debía a que estaba atrapado en la camiseta. Ya en el baño, le cerré las alas con cuidado y lo examiné para liberarle las patas.
Pero me equivocaba: sus patas estaban firmemente agarradas a la prenda, no estaba atrapado. En ese momento, empezó a moverse y, rápidamente, reemprendió el vuelo y se lanzó hacia la ventana. Lo vi intentar volar en el patio interior, pero con mucha dificultad. Se fue al otro lado y entró directamente por la ventana opuesta: la de mi propio baño.
Sin pies
Me disculpé con la señora y salí corriendo para volver a mi casa. Cuando entré, me lo encontré quieto encima de mi almohada, con las alas nuevamente abiertas. Estuve unos minutos observándolo para ver qué pasaba, pero nada; su posición no cambiaba. Abrí la ventana, lo cogí en la mano y lo acerqué al mundo exterior, pero seguía sin moverse.
Entonces empecé a preocuparme. Leí en internet que si te encuentras con un vencejo que no está volando, es porque necesita una superficie vertical para coger impulso. Su nombre científico (Apus apus) significa "sin pies".
Obviamente sí tienen patas, pero son extremadamente cortas y débiles, diseñadas únicamente para agarrarse a paredes verticales, grietas o acantilados. Son tan pequeñas que no les permiten impulsarse para despegar desde el suelo por sí solas. Sin embargo, aunque inclinaba mi mano en vertical, él seguía inmóvil.
Lo miraba preocupada sin saber qué hacer. Fui a buscar una caja de cartón bastante amplia, cubrí el fondo con un pañuelo y papel de cocina y lo coloqué allí dentro. Me llevé la caja al salón, a mi lado, mientras intentaba buscar ayuda.
Llamé a varios refugios de animales silvestres, les envié fotos y les expliqué la situación. El ave no parecía grave ni herida, pero no se movía; estaba exhausta. Sus ojos se cerraban como si necesitase dormir, tal vez solo quería descansar.
Remontar el vuelo
Desde las protectoras me explicaron que un vencejo nunca se posa en el suelo voluntariamente, y que si cae, la longitud de sus alas y la cortedad de sus patas hacen que le resulte casi imposible remontar el vuelo, quedando totalmente indefenso.
Me dijeron que podía intentar darle agua, pero que si no la quería era mejor no forzarlo, ya que el líquido puede entrar por la glotis (su sistema respiratorio) y causarle un ahogamiento en segundos. También me avisaron de que no le acariciara demasiado la cabeza, porque su instinto le diría que soy un depredador que lo está preparando para comerlo.
Pasaron las horas y el pequeño vencejo seguía inmóvil en la caja. Pensé en llevarlo al Retiro y ayudarle a emprender el vuelo, pero no sé manejar aves y en estos casos se necesitan manos expertas. Además, los veterinarios me advirtieron de que nunca lo lanzara al aire, ya que si el animal estaba deshidratado o herido, solo conseguiría que se estrellara contra el suelo desde más altura.
Así que, después de varias consultas, decidí llevarlo a un refugio especializado en aves silvestres en los alrededores de Madrid. Lo trasladé en una caja más grande, le hice agujeros en la tapa para que entrara aire y, por su bienestar, lo entregué a los expertos.
En cuanto llegamos, me dijeron que lo iban a supervisar para confirmar que no tuviera heridas internas y que esa misma tarde lo soltarían en el cielo. Un vencejo es un animal muy difícil de sacar adelante en casa porque requiere comer insectos específicos cada pocas horas, así que lo mejor que se puede hacer es llamar a un centro de recuperación de fauna de tu comunidad autónoma y seguir sus instrucciones.
Me fui a casa feliz de saber que pronto estaría de vuelta donde pertenece: el cielo.
