Blanco y negro, de esos "tuxedo" que parecen ir siempre con esmoquin, Palmerston fue un gran protagonista felino de la política británica, el "diplocat" del Foreign Office.
Nació como un gato callejero y acabó pasando por el refugio de Battersea Dogs & Cats Home, donde le dieron techo, comida y un nombre nuevo inspirado en Lord Palmerston, histórico ministro de Exteriores y primer ministro británico.
Allí, sin saberlo, estaba a la espera de su primer gran destino diplomático. En 2016, el Ministerio de Asuntos Exteriores británico decidió seguir la tradición de otros edificios oficiales y "fichó" a un gato cazador para mantener a raya a los roedores.
El elegido fue Palmerston, que se instaló en el imponente edificio de King Charles Street como "Chief Mouser del Foreign & Commonwealth Office". En teoría, su trabajo consistía en cazar ratones; en la práctica, también se convirtió en embajador de buen humor.
La rivalidad con Larry
Posaba en las escaleras de mármol, se dejaba fotografiar entre banderas y documentos, y conquistaba a funcionarios y visitantes con una mezcla perfecta de indiferencia felina y carisma.
Muy pronto empezó a forjarse una especie de "rivalidad" amistosa con Larry, el gato del 10 de Downing Street. Los medios hablaron de ellos como si fueran dos viejos vecinos con carácter, y alguna cámara llegó a captar escaramuzas frente a la famosa puerta negra del número 10.
Las redes sociales hicieron el resto: Palmerston tenía su propia cuenta, donde "comentaba" con humor la actualidad diplomática y sus paseos por el patio del Foreign Office, consolidando su imagen de ministro felino de Relaciones Exteriores.
No todo fue idílico. Con el tiempo, el ajetreo del edificio, las obras, la presencia constante de gente y la atención mediática empezaron a pasarle factura. Los cuidadores notaron signos de estrés, como el exceso de acicalamiento, y decidieron darle un respiro.
Palmerston Protocols
Tras esa pausa, se instauraron unas normas internas extraoficiales, los llamados "Palmerston Protocols": solo determinadas personas podían alimentarlo, se limitó su territorio y se pidió al personal que respetara sus espacios de descanso.
Todo, para que el pequeño diplomático pudiera seguir trabajando sin que la fama se le volviera en contra. En agosto de 2020, llegó un giro definitivo: se hizo pública una carta de "dimisión" firmada en su nombre y dirigida al alto funcionario del ministerio.
En ese texto, Palmerston anunciaba que dejaba su cargo para retirarse a una vida más tranquila en el campo, rodeado de naturaleza, pájaros que observar desde la ventana y sillones blandos en lugar de alfombras rojas.
Detrás de la broma había una realidad sencilla: había encontrado un hogar definitivo con el diplomático británico Andrew Murdoch que lo adoptó y se lo llevó consigo.
Las Bermudas
Esa "jubilación" no significó el final de su vida pública, sino más bien un cambio de escenario. Cuando su humano fue nombrado gobernador de Bermudas, Palmerston hizo las maletas y cruzó el océano para instalarse en la residencia oficial del archipiélago.
Allí fue presentado, en tono jocoso, como consultor felino de relaciones públicas, un asesor semijubilado que seguía teniendo olfato tanto para el protocolo como para detectar el mejor rincón donde dormir al sol. Entre palmeras, brisas cálidas y despacho colonial, el antiguo cazador de ratones de Whitehall disfrutó de una segunda vida mucho más relajada.
El pasado miércoles 11 de febrero de 2026, se anunció que Palmerston había muerto en Bermudas, ya convertido en un gato adulto mayor. Funcionarios, periodistas, el refugio que lo rescató y muchos seguidores anónimos le dedicaron mensajes de despedida.
Para muchos, Palmerston encarnaba algo muy simple pero poderoso: la idea de que un gato abandonado podía terminar representando, con sus bigotes y sus siestas estratégicas, una cara amable de la diplomacia británica.
