El Circo Roncalli, fundado en 1976 por Bernhard Paul en Alemania, se ha convertido en un símbolo de cómo el circo puede reinventarse sin explotar animales. Durante décadas fue un circo tradicional, con números de acrobacia, payasos, música en directo y también animales; pero ya en los años noventa empezó a reducir su presencia hasta tomar una decisión radical: eliminar por completo a los animales vivos de la pista.
En 2018, Roncalli presentó por primera vez un show en el que tigres, elefantes y caballos aparecían solo como imágenes gigantes proyectadas en el centro de la carpa, visibles en 360 grados por todo el público.
Para lograrlo, el circo utiliza un sofisticado sistema con unos 11 proyectores láser de alta definición y grandes superficies translúcidas que funcionan como pantallas, creando figuras en movimiento que parecen flotar en el aire. Estos animales virtuales corren, saltan y “actúan” sin que ningún ser vivo sea transportado, entrenado o forzado a participar.
Una poesía visual
La elección de abrazar la tecnología no fue improvisada. Bernhard Paul ha explicado que Roncalli siempre se ha centrado en la poesía visual, los payasos y los artistas humanos, y que la presencia de animales cada vez encajaba menos con la sensibilidad actual del público.
Según ha contado en entrevistas, la inspiración definitiva llegó después de ver un espectáculo en el que se utilizaba un holograma en un gran evento musical, y se preguntó si el circo no podría hacer algo parecido con los animales. De ese modo, podían conservar el imaginario clásico del circo -elefantes majestuosos, caballos galopando, felinos enormes- sin someter a ningún animal real a viajes, encierros o entrenamientos.
El impacto de esta decisión va más allá de la estética. Organizaciones de defensa de los animales y medios internacionales han señalado a Roncalli como un ejemplo de cómo la tradición circense puede evolucionar sin renunciar al asombro.
No a los carnavales de animales
El circo demuestra que se puede llenar una carpa y emocionar al público con una mezcla de artes escénicas, tecnología y narrativa visual, sin jaulas, látigos ni caravanas de animales. Muchos artículos destacan que la apuesta de Roncalli responde a una realidad social: cada vez más países restringen o prohíben el uso de animales salvajes en los circos, y el público muestra una creciente incomodidad ante su explotación.
Hoy, el Circo Roncalli mantiene el encanto del circo "de antes" —luces cálidas, banda en directo, números de equilibrio y humor—, pero lo combina con proyecciones inmersivas que envuelven al espectador en un universo fantástico. En lugar de adaptarse a regañadientes a las críticas, ha decidido adelantarse y convertir el respeto por los animales en parte central de su identidad.
Su ejemplo abre una pregunta clave para el futuro del sector: si un circo histórico como Roncalli puede seguir emocionando con animales virtuales, ¿es realmente necesario seguir usando animales reales en la pista?
