"Hoy quería enfatizar la tragedia de la venta de pájaros exóticos", afirma Cósima Ramírez en su nuevo vídeo para Mascotario. Esta semana decide abordar un tema sensible y poco visible, pero de gran importancia.
Loros, cotorras, jilgueros, pero también halcones, águilas y aves acuáticas. Más de 250 especies son introducidas inicialmente como mascotas o aves ornamentales y traficadas ilegalmente en España, Sudamérica y Centroamérica.
La compraventa de estos ejemplares, procedentes de cría en cautividad o de importación, es un negocio que esconde una tragedia: destruye poblaciones silvestres, causa un sufrimiento enorme y supone un riesgo para la salud pública.
Esta extracción masiva provoca extinciones locales y el declive de especies ya en riesgo. Se las trata como una mercancía, obligadas a vivir en jaulas diminutas, con alas rotas, plumas arrancadas y en condiciones de desnutrición.
Condiciones terroríficas
Cósima cuenta que estos animales son "violentamente capturados en sus hábitats naturales y transportados en condiciones terroríficas. Casi el 60,9% de ellos mueren antes de llegar a su comprador final".
En este mercado negro, muchas especies mueren en las trampas o durante los primeros días de cautiverio, porque los sistemas de captura y transporte son totalmente precarios. Cada ejemplar que llega vivo implica muchos otros que se han quedado por el camino.
Para Cósima, "el cautiverio es una prisión tanto literal como psicológica, privándoles del vuelo y de su entorno social indispensable". En la naturaleza, estas aves recorren grandes distancias, eligen dónde posarse, con quién relacionarse y cómo organizar sus jerarquías y vínculos.
Reducir toda esa vida a una jaula en un salón —por grande que sea— significa cortar de raíz la mayoría de sus comportamientos naturales. La herida no es solo física, sino también afectiva.
Una herida afectiva
Algunas de las especies más demandadas en el comercio ilegal, "como los guacamayos, las cacatúas y los loros grises africanos", son monógamas y establecen vínculos de pareja muy fuertes.
"Son separados de sus parejas", denuncia Cósima, "rupturas devastadoras tanto en sus ecosistemas como en las comunidades locales que sufren este colonialismo ecológico". En el entorno natural, la desaparición de uno de estos individuos altera grupos enteros.
Consciente de que detrás de cada compra hay una decisión individual, Cósima cierra con un llamamiento directo: "Hagamos algo para pararlo". Cuestionar la idea de que tenemos derecho a encerrar animales salvajes porque nos resultan fascinantes es un primer paso.
Su mensaje, firme y sencillo, deja flotando una pregunta para quien la escucha: ¿de verdad necesitamos que un pájaro exótico viva en nuestra casa para poder admirarlo?
