En las encuestas nacionales sobre convivencia con animales, hay un dato que se repite con fuerza: tres de cada cuatro tutores declaran tener perro y aproximadamente la mitad afirma convivir con al menos un gato. Ese simple porcentaje dibuja un país en el que los animales de compañía han pasado de ser una minoría anecdótica a convertirse en parte central de la vida cotidiana.
No se trata solo de "quién tiene mascota", sino de cómo se configuran los hogares, las rutinas y los vínculos afectivos en una sociedad cada vez más urbana, más individualizada y más exigente en lo emocional. El protagonismo del perro en estas encuestas no sorprende: es el animal que más se asocia a la idea de compañía constante, vida activa y presencia en el espacio público.
Un perro obliga a salir de casa, a establecer horarios de paseo, a interactuar con el vecindario y a negociar normas de convivencia en aceras, parques y transportes. Que tres de cada cuatro tutores digan que tienen perro habla de una preferencia clara por un vínculo que estructura el día a día y que, en muchos casos, funciona como antídoto contra la soledad.
Una vida más interior
La mitad de tutores que declara tener gato revela otra cara de esta transformación. El gato encaja en modos de vida más domésticos, con menos exposición al exterior y una relación distinta con el tiempo: más silenciosa, más íntima, menos visible para la ciudad pero igual de profunda a nivel emocional.
Que uno de cada dos tutores conviva con un gato indica que este animal ha dejado de ser un "secundario raro" para convertirse en una presencia normalizada en pisos pequeños, hogares unipersonales o parejas que buscan compañía sin renunciar del todo a la flexibilidad de sus horarios. El auge del gato es, en cierto modo, el reflejo silencioso de nuestras vidas de interior.
La combinación de ambos datos —perros tan mayoritarios y gatos tan extendidos— habla de hogares que se llenan de relaciones interespecie como nunca antes. Muchos tutores forman parte de ese grupo que no se identifica solo como "dueño", sino como familia multiespecie, en la que perro y gato ocupan lugares diferenciados pero complementarios.
En algunos casos, el perro actúa como puente con el exterior y el gato como refugio interior; en otros, la convivencia de ambos simboliza un proyecto vital en el que no ha habido hijos humanos o estos han llegado más tarde, menos, o incluso han sido sustituidos en la práctica por los animales.
Un nuevo espacio de cuidado
Todo esto sucede en un contexto de cambio demográfico profundo. La caída de la natalidad, la extensión de hogares unipersonales, las jornadas laborales largas y la precariedad hacen que el modelo tradicional de familia se tambalee.
En ese panorama, compartir la vida con un perro o un gato se percibe como una forma viable de construir comunidad afectiva sin asumir el mismo nivel de compromiso económico, temporal y psicológico que implica la crianza de hijos. No es que los animales sean "un reemplazo" directo, pero sí ocupan el espacio del cuidado, la rutina compartida y el proyecto común que antes se asociaba casi exclusivamente a la familia humana.
Mirando el conjunto, que tres de cada cuatro tutores tengan perro y que la mitad tenga gato no es solo una curiosidad estadística: es el retrato de una sociedad que reconfigura sus afectos y sus prioridades.
Las políticas públicas, las ciudades y los servicios tendrán que adaptarse a este paisaje en el que los animales ya no son una excepción, sino parte estructural de la vida social. Y, al mismo tiempo, la propia ciudadanía tendrá que seguir pensando qué significa ser tutor —no solo propietario— cuando la presencia de perros y gatos es tan masiva que empieza a definir quiénes somos y cómo vivimos.
