En Cataluña, la fotografía demográfica ofrece un contraste tan elocuente como inquietante: 114.744 animales de compañía registrados frente a 54.463 nacimientos humanos. Esa relación, en la que las nuevas altas de perros y gatos duplican a los bebés que llegan al mundo, dice mucho sobre cómo está cambiando la forma de vivir, de relacionarnos y de imaginar el futuro.
No es solo un dato llamativo para un titular, es un síntoma de fondo de una sociedad en la que la familia se redefine y en la que los animales ocupan un lugar cada vez más central en los hogares. Para entender este desequilibrio aparente hay que mirar a dos movimientos que avanzan en paralelo.
Por un lado, la natalidad cae: las parejas retrasan o renuncian a tener hijos, empujadas por la precariedad laboral, el precio de la vivienda o la dificultad de conciliar trabajo y crianza. Por otro, la adopción y compra de animales de compañía se mantiene alta o incluso crece, porque un perro o un gato llenan muchos de los vacíos afectivos de una vida urbana acelerada, sin la carga económica y vital de un hijo.
En ese contexto, no resulta extraño que las cifras de registros animales superen a las de nacimientos humanos: en muchas casas el "paso" no es tener un bebé, sino incorporar un animal a la familia.
Un cambio cultural
Los 114.744 animales registrados no son solo una cuestión de sensibilidad, también reflejan un cambio legal y cultural. La obligación de identificar a perros y, cada vez más, a gatos con microchip y registrarlos en bases de datos oficiales hace que afloren animales que antes vivían en la sombra estadística.
Detrás de cada número hay un propietario que firma su responsabilidad sobre vacunas, bienestar y conducta. A la vez, el dato obliga a la administración a dimensionar servicios: más animales registrados significan más demanda de veterinarios, espacios de esparcimiento, recursos de gestión de abandonos y estructuras de protección.
El contraste con los 54.463 nacimientos redimensiona las prioridades colectivas. Mientras la inversión emocional y económica en animales crece, la de la infancia se resiente: menos niños implican aulas más vacías, un envejecimiento acelerado de la población y la presión sobre sistemas de pensiones y cuidados futuros.
No se trata de enfrentar bebés contra mascotas, pero sí de asumir que la foto de 2023 muestra un modelo de sociedad en el que resulta que las personas tienen más ganas de comprometerse con un perro o un gato que con la crianza de un hijo.
En un mundo marcado por la inestabilidad económica, los salarios que no acompañan al coste de la vida, la dificultad para acceder a una vivienda digna y unas jornadas laborales que chocan frontalmente con la conciliación, apostar por la crianza de hijos se convierte para muchas personas en un proyecto casi inasumible.
Además, el vínculo con los animales crece y se profundiza. Lo que puede darte un perro o un gato no es lo mismo de lo que recibe de un niño, pero es igual de válido y ahora somos capaces de mirar a estas relaciones desde la misma perspectiva.
Una nueva idea de familia
Este fenómeno también redefine la idea de familia. Cada vez es más habitual escuchar a personas solas, parejas sin hijos o familias con hijos ya mayores decir que su perro o su gato "es uno más de la casa".
Por desgracia, la protección legal y el propio lenguaje todavía los colocan en un lugar intermedio entre el objeto de consumo y el miembro de pleno derecho. Que en un año se registren más animales de compañía que nacimientos humanos en Cataluña es, en cierto modo, la expresión estadística de esa transformación: el hogar del siglo XXI se llena de otras vidas posibles.
En ese escenario, que los animales de compañía ocupen cada vez más el lugar simbólico de la familia no es tanto una moda pasajera como la consecuencia lógica de un tiempo en el que el compromiso con la vida humana se ve rodeado de obstáculos que muchos ya no se sienten capaces de asumir.
La comparación entre los 114.744 animales registrados y los 54.463 nacimientos no ofrece respuestas cerradas, pero sí una certeza: entender este cruce de curvas será imprescindible para diseñar las políticas, las ciudades y las relaciones del futuro en Cataluña.
