En España, la extensión de la cobertura de los seguros para perros se ha convertido en una cuestión clave para miles de familias que conviven con mascotas.
Una de las dudas más habituales es si estos seguros llegan a cubrir los problemas de comportamiento, como la agresividad, el miedo extremo o la ansiedad por separación.
La respuesta, en la mayoría de los casos, es clara: no cubren directamente los trastornos de conducta, pero sí suelen hacerse cargo de los daños que esos comportamientos ocasionan a terceros a través de la garantía de responsabilidad civil.
El verdadero paraguas
En los últimos años, muchas pólizas para mascotas han reforzado la cobertura de responsabilidad civil. Esta cobertura entra en juego cuando el animal causa daños a personas, otros animales o bienes materiales.
Mordeduras, empujones que terminan en caídas, rotura de gafas, teléfonos móviles o incluso daños a vehículos son algunos de los supuestos más habituales que pueden quedar amparados por el seguro.
La póliza fija un capital máximo de indemnización que, en el mercado actual, suele situarse con frecuencia entre los 150.000 y los 300.000 euros.
En la práctica, esto significa que si un perro, por miedo o por un impulso agresivo, muerde a una persona o provoca un accidente, el seguro no tratará el origen del problema de conducta, pero sí responderá por las consecuencias económicas del daño causado.
En muchos casos, además, la póliza incorpora defensa jurídica y fianzas, una ayuda fundamental cuando el incidente deriva en reclamaciones o procedimientos legales.
Salud sí, conducta casi nunca
La mayoría de pólizas excluyen de forma explícita los trastornos de conducta, como la agresividad, ciertos miedos, la ansiedad o los comportamientos destructivos, salvo que estén directamente vinculados a una enfermedad orgánica diagnosticada por un veterinario. Por ejemplo, un problema neurológico o una patología hormonal que explique un cambio brusco en la conducta.
Además, muchas aseguradoras limitan o excluyen tratamientos que consideran experimentales o no suficientemente avalados, una categoría en la que pueden entrar algunos abordajes avanzados de modificación de conducta.
Esto deja fuera, en la práctica, buena parte del trabajo de etólogos clínicos y educadores caninos, salvo en los pocos productos del mercado que lo mencionan de forma específica en las condiciones.
Si bien las compañías no se comprometen a pagar la terapia del perro, sí asumen el papel de contención económica de los daños que esos comportamientos descontrolados pueden llegar a causar.
Resolver el problema
Veterinarios, etólogos y educadores coinciden en un punto: el seguro, por sí solo, no resuelve los problemas de comportamiento, ni está diseñado para hacerlo. La gestión de la conducta canina requiere intervención profesional, tiempo, constancia y, en muchos casos, inversión económica por parte de la familia.
Aunque las pólizas actuales rara vez cubren estas intervenciones, el trabajo sobre el origen del problema es la única vía real para reducir el riesgo de futuros incidentes y mejorar la calidad de vida del animal y su entorno.
En paralelo, contar con un buen seguro de responsabilidad civil sigue siendo una pieza clave del puzle: no corrige la conducta, pero protege al propietario frente al impacto económico de un posible incidente.
En un contexto donde los perros son parte de la familia y a la vez sujetos de responsabilidad legal, la frontera entre lo que el seguro cubre y lo que no obliga a los dueños a mirar más allá de la póliza y apostar también por la educación, la prevención y la atención profesional temprana.
