Rafael Conde tiene cáncer de mama. Forma parte de ese 1% de los hombres que padece la enfermedad, que suele asociarse más a las mujeres por su incidencia. Se dio cuenta de que algo no iba bien al mirarse el pecho, pero no le ponía "un apellido".
Durante meses vio cómo uno de sus pezones se hundía hacia dentro, algo que le preocupaba. Cuenta este malagueño, informático jubilado de 67 años, que el suyo es “el síntoma más fácil para los hombres”, porque “cuando el pezón hace tonterías y no está en su sitio, está invertido, algo raro pasa”.
Al principio no le dio importancia. Tenía el pecho lleno de fibrosis por la radioterapia que recibió hace 30 años, cuando le diagnosticaron un linfoma en la zona, y pensó que el cambio venía de ahí. Pasaron los meses y el pezón seguía igual, así que decidió hacerse una ecografía.
En la misma prueba le hicieron una punción y llegó el diagnóstico. Tenía un carcinoma ductal infiltrante de grado 3, un tumor que nace en los conductos que van de la mama al pezón. Explica que “al hacerse ahí un tumor, tiraba y el pezón se escondía”. Era finales de octubre de 2025.
Un año después, en el mes de concienciación sobre el cáncer de mama, Rafael cuenta su historia a EL ESPAÑOL de Málaga junto a Jaime Mena, psicooncólogo de la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC) en Málaga. Su caso es muy poco frecuente; no conoce, aunque le gustaría, a ningún hombre con este mismo diagnóstico. Según la AECC, casi el 1% de los cánceres de mama se diagnostica en hombres, y la incidencia entre ellos va en aumento, igual que ocurre en las mujeres.
“De 10”
Recuerda Rafael que a partir del diagnóstico “todo fue muy rápido”. El tumor afectaba a la piel, al músculo pectoral y a varios conductos. No había llegado a los ganglios ni tenía metástasis. En noviembre lo operaron en el Hospital Materno Infantil de Málaga, extirpándole la zona afectada y dos ganglios, que dieron negativo en la enfermedad.
Perdió el pezón y no piensa reconstruirlo. Tiene claro que le da absolutamente igual. "Tengo esa suerte", reconoce. De la atención que recibió en el Materno habla maravillas. Asegura que tenía seguro privado y que no lo usó, porque allí “todo fue muy rápido: de 10”.
En diciembre empezó la quimioterapia, seis ciclos cada 21 días. Rafael admite que para "lo dura que fue", la pasó “bastante bien”, con un efecto secundario que no esperaba y de lo más curioso. El corticoide que le administraban le provocaba hipo. Cuenta que “un rato de hipo le da igual a la gente, pero estoy hablándote de 20 horas al día”.
Una imagen de Rafael.
Lo solucionó su médica de familia, que había pasado un cáncer de mama unos meses antes, con un jarabe. Rafael compró 4 botes por si acaso, ante la desesperación que le provocaba este efecto. "Ella me ha comprendido muy bien, era su paciente favorito, y dio con la tecla", sostiene.
Durante la quimioterapia también empezó a cojear. Tenía artrosis de cadera sin saberlo y esta avanzó tan rápido que acabó en el quirófano para que le colocaran una prótesis. Ahora camina con una sola muleta. "La cadera me ha fastidiado muchísimo, creo que incluso más que el cáncer".
Después llegó la radioterapia, con un riesgo añadido. Los médicos temían una necrosis de la piel por toda la radiación que había recibido tres décadas antes, pero no pasó nada y terminó las sesiones en julio.
“Todo encadenado”
En 1995 le diagnosticaron un linfoma. Le pusieron quimioterapia y lo radiaron "mucho", sin que quede constancia de cuánto ni cómo. Hace 10 años, sufrió un infarto. Tenía la arteria frontal obstruida al 99% “y no tenía ni una gota de colesterol”.
Cuenta que su oncóloga tiene claro que tanto el infarto como el cáncer de mama vienen de aquella radiación. "Parece que todo fue encadenado", dice. La AECC incluye la exposición a radiaciones entre los factores de riesgo del cáncer de mama masculino.
La asociación señala también causas hormonales, como el uso de estrógenos o su exceso en el organismo por obesidad, cirrosis o lesiones testiculares. El síndrome de Klinefelter, una enfermedad genética rara, multiplica el riesgo hasta por 50. La genética pesa mucho en este aspecto. En los portadores de mutaciones en el gen BRCA2, el riesgo de desarrollar la enfermedad a lo largo de la vida está entre el 5% y el 10%, frente al 0,1% de la población general.
El tumor de Rafael es hormonal, así que ahora toma tamoxifeno, el mismo fármaco que reciben muchas pacientes de cáncer de mama. Según le explicó su oncóloga, al haber tan pocos casos en hombres hay pocos estudios, y te tratan, entre comillas, como a una mujer, a la hora de recibir la medicación. Rafael encaja en el perfil más habitual. La AECC sitúa la media de edad en el diagnóstico en 68 años en los hombres, frente a 62 en las mujeres.
Después de un linfoma, un infarto y un cáncer de mama, Rafael asegura con un sentido del humor espectacular que “yo es que no sé morirme”. Con el linfoma sí tuvo miedo, porque su hija era pequeña. Hoy ella tiene casi 50 años y le ha dado 2 nietas de 19 y 16. Explica que ya ha vivido mucho y que el miedo a la muerte no va con él. Le va más disfrutar de los pequeñitos momentos del día a día.
Lo primero que hace cada vez que le diagnostican algo es poner en orden sus papeles, las contraseñas y las cuentas. Lo que sí le daba pánico es no dejarle "todo hecho" a los que quiere. Para Rafael, el cáncer es bueno en ese sentido, ya que te da “tiempo para despedirte de todo el mundo, en el peor de los casos”. Así, pese a que normalmente cree que se mira más lo negativo, insiste en que “hoy en día se cura a muchísima gente”.
Cuando les contó a sus nietas que tenía cáncer de mama, cada una reaccionó a su manera. Cuenta que la mayor le pidió el Tesla si se moría, heredando su gran sentido del humor. La pequeña le dijo que no dijera eso, que se ponía mala, que su abuelo no se iba a morir. "Cada uno afronta este diagnóstico como puede, no podemos obligar a que todo el mundo reaccione igual", sostiene, mientras Jaime, el psicólogo, asiente con la cabeza.
“Todo el mundo la miraba a ella”
Rafael conoció a su mujer cuando ella tenía 16 años y él 18. Está muy enamorado. Dentro de 3 meses cumplen 50 años de casados, casi nada. Ella lo acompaña a todas las citas, y en la sala de espera de la mamografía las miradas iban siempre hacia ella. Él sigue sin conocer a ningún otro hombre con cáncer de mama.
Rafael y su mujer.
Cuenta que, cuando lo llamaban en la sala de espera de la unidad mamaria como 'Rafael', él mismo preguntaba, muerto de risa, “¿Rafael Conde?”, “como si hubiera muchos otros”. Con el tiempo, las pacientes del Materno lo adoptaron. Dice que allí es “el niño”.
Reconoce que la enfermedad también la sufre su mujer, en cierta medida. Con la medicación, el carácter se le agria, y admite que de repente “explota”. Su mujer, dice, “lo ha pasado fatal”.
Tras la entrevista, acudió a recogerlo y confirmó este aspecto, resaltando que el cáncer es una enfermedad que, al final, afecta a toda la casa, y que la familia ha estado por y para Rafael en todo el proceso.
Si bien, reconoce que a veces se pone irascible con pequeños detalles como que algo no esté colocado en su sitio, cualquier tonteria. "Sin embargo, luego viene y dice que se ha pasado, se da cuenta de que él no es así, y eso creo que es muy importante", cuenta.
Una nube con lluvia
Jaime Mena escucha a diario estos comentarios en la asociación malagueña. Explica que la enfermedad “es una nube que cae sobre una persona, que es el paciente, pero la sombra, la lluvia, llega a toda la gente que está alrededor”. Hay cuidadores que se sienten impotentes, que esconden su propio miedo para no preocupar al enfermo y que se dicen que no pueden estar mal porque no son ellos los que están enfermos.
El psicooncólogo advierte además de un momento que suele olvidarse, el final del tratamiento. Durante la quimio o la radioterapia, el paciente está centrado en “píncheme aquí, tome esto”. Cuando termina, todo el mundo cree que ya está recuperado, y es justo entonces cuando suele llegar un bajón emocional, con el cuerpo cansado y el miedo a las revisiones.
Mena critica también “la tiranía del positivismo”, las frases de ánimo tipo Mr. Wonderful y los consejos constantes. Propone algo más sencillo, decir “no sé qué decirte” cuando no se sabe qué decir, y apuesta por “más escuchar y menos solución”. El buen humor ayuda, añade, cuando sale de forma natural, como en el caso de Rafael. Cree que forzarlo solo “tapa unas emociones que están ahí”.
Sobre los hombres, el psicooncólogo apunta que muchos tardan en ir al médico cuando notan algo raro, porque no asocian el cáncer de mama con ellos. Cree que hay que trabajar ese miedo y no esconderlo. Lo compara con el piloto del coche que avisa de una avería, y explica que “yo quiero que el miedo me avise de que hay un peligro y que me mueva, no que desaparezca del todo”.
Rafael pone el foco en la importancia de la ayuda psicológica. Él no la ha necesitado, pero piensa en quien sí. Si tuviera a algún responsable sanitario, Rafael le diría que refuerce esa parte de la sanidad. El cáncer hace que haya gente "sola en su casa, hundiéndose". "¿De dónde saca el psicólogo si no tiene cómo pagarlo?", lanza al aire. Cree que es un balón de oxígeno para muchos compañeros que viven lo mismo que él en el día a día.
El único hombre de la pasarela
El pasado 7 de octubre, la explanada junto al Cubo del Centre Pompidou Málaga acogió la tercera edición de la Pasarela Contra el Cáncer de Mama. La organizó la AECC en Málaga con Málaga de Moda, la marca de la Diputación, y Nueva Moda Producciones, dentro de la campaña “Nos lo tomamos a pecho”. Desfilaron 9 mujeres y 1 hombre, pacientes y supervivientes de cáncer de mama.
Ese hombre era Rafael. Llevaba tiempo rondándole la cabeza la idea de aportar algo a la asociación, pero no sabía cómo. Cuando la asociación le propuso participar, dijo que sí sin pensarlo. Tenía la cadera “hecha polvo” y una operación por delante, y se prometió que iría de cualquier manera. Desfiló con muletas pocas semanas después de que le pusieran la prótesis.
Rafael, en la alfombra.
Lo vistió la firma Mann, que lo trató con mucho cariño y lo vistió casi como a un novio, con un traje con chaleco. Recuerda que, cuando se jubiló, tiró los trajes y las corbatas que se ponía en el banco, y que desde entonces ha perdido 40 kilos. No se veía entrajeado desde hace bastante tiempo, pero la ropa no era solo lo que más ilusión le hacía.
Lo emocionante llegó en la pasarela. Delante de él desfiló Inma, que lloró desde el primer paso que dio por la pasarela. "Ya eso me hizo emocionarme a mí".
"Todo el mundo esperaba al hombre, por lo curioso", y cuando apareció, el público se puso en pie. Su familia lloraba al verle caminar con una sonrisa por esa alfombra rosa. "En realidad, estaba llorando la mitad de la grada”. Recuerda que pensó: “Dios mío, que no voy a llegar al final”.
Asegura que nunca se había emocionado tanto en su vida y que “si hubiera tenido que pagar por vivir la experiencia, hubiera pagado”. Dice que esa vorágine de emociones le hizo ver que hay gente "muy mala", pero también "muy buena", y que todos los que formaron parte del evento, lo eran.
De todo el proceso de la enfermedad, el peor momento fue el diagnóstico, cuando aún no sabía hasta dónde llegaba el tumor. Para cualquier hombre que lo reciba hoy tiene un consejo, “que se ponga en manos de los oncólogos, que son los que saben de esto, y que les haga caso al 99,9%. Y que se miren. Que si hay algo raro, vayan y pregunten”.
Esa prevención, dice, salva vidas. Rafael se encuentra en fase de revisión. El próximo 16 de noviembre tiene la primera. Y aunque lógicamente cada prueba da respeto, está convencido de que todo irá bien. Su mujer refuerza esa positividad innata y asegura que "2027 va a ser un año bonito, lo merecemos". De momento, ya anota posibles destinos de viaje para recuperar todo lo que la enfermedad haya podido robarles.
