El malagueño Antonio Millán, CEO de la marca malagueña Banbroken, no se da cuenta de todo lo que consigue a diario hasta que se pone a hacer limpieza en el móvil.
Va pasando imágenes para dejar espacio en el carrete y aparecen recuerdos de cada uno de sus logros, de su pasado.
El otro día se topó con una imagen donde aparece muy joven, con el mono de trabajo y llenito de grasa. "Me encontré la foto de un chavalilllo con cara de niño y me dije: este era yo hace no tanto".
Reconoce que va "tan acelerado en el día a día" que no se para a mirar lo que va logrando. El chaval de la foto es el mismo que pasó 12 años en el área de mantenimiento del AVE.
En 2020, cansado de su estilo de vida y de "apretar tornillos", impulsado por su visión soñadora, lo dejó todo para dedicarse en cuerpo y alma a Banbroken, la marca deportiva que empezó un tiempo antes planchando camisetas en una habitación de su casa y que ahora mira a Europa y Latinoamérica como referente del sector.
En mayo de 2024, cuando EL ESPAÑOL de Málaga contó su historia por primera vez, Millán confesó un sueño que entonces le parecía inalcanzable. "Con lo malaguita que soy, ver mi tienda en mi tierra sería un sueño", decía. Con sus recursos, lo veía "muy lejano" y, como mucho, se imaginaba una pop-up, un espacio temporal con algunos productos seleccionados.
Dos años después, se abruma echando la vista atrás: tiene tienda, almacén y box en un mismo espacio de nada más y nada menos que 800 metros cuadrados. El espacio está ubicado en la calle Perete del Polígono El Viso, junto a la Universidad de Málaga. "Fíjate lo fuerte que soñé", comenta entre risas. Lo ha bautizado como La cápsula.
La universidad de fallar
Millán no tiene un manual que explique lo que ha hecho estos años para consolidar Banbroken como un referente deportivo. Asegura que su único método ha sido "partirse la cabeza" día tras día. "No tengo ninguna universidad más que la de fallar muchas veces", resume.
Antes de trabajar en el AVE estudió para ser mecánico de aviones y de trenes. Insiste en que Banbroken no nació de ningún plan maestro. "Eso queda muy bonito contado diez años después, pero sería mentira", asegura.
Una imagen de Antonio trabajando antes.
Cuenta que todo empezó con un joven mecánico que, sin tener idea de moda, de zapatillas ni de comercio, sacó un lote de camisetas. Lo que vino después fueron "proveedores que fallaban, retrasos, pedidos que salían mal, dinero parado durante meses y hasta estafas".
"Creo que emprender consiste bastante en ir pagando tus propias cagadas constantemente", reflexiona entre risas. Para él, la clave está en conseguirlo antes de rendirse o de quedarse sin dinero.
Una de ellas le salió especialmente cara. Millán tenía ahorrado el dinero, aproximadamente, para la entrada de un piso entonces y decidió invertirlo en un viaje a China para visitar las fábricas de proveedores. Allí pidió a una de ellas que llenara un contenedor de rodilleras "hasta arriba", sin palés y sin saber todavía cómo iba a venderlas.
"A día de hoy eso es una imprudencia", admite. Lo salvó Amazon, que le resolvió la papeleta para despacharlas. Describe aquella época como una mezcla de "no tener ni idea, ser un poco inconsciente y buscar la suerte cuando no queda otro remedio". Decisiones que han acabado llevándole, no sabe si por el camino más largo, hasta el imperio que lidera hoy.
También recuerda cómo incorporó un chip NFC en la lengüeta de sus primeros lotes de zapatillas que, finalmente, fue toda una "limitación técnica". "La gestión de unos datos acabaron tumbándome el proyecto. Es un ejemplo de perder fácil 15.000 euros. Yo invento, invento, invento, y hay cosas que salen y otras que no", reconoce.
En sus inicios no existía la inteligencia artificial como todos los empresarios conocen como herramienta básica hoy. Millán aplicó para arrancar su negocio lo único que sabía hacer, que era la lógica que aplicaba en el taller del AVE. "Hay un problema, ¿qué le pasa? ¿Cómo lo solucionamos? Así ha sido siempre mi forma de trabajar", explica.
La Cápsula, un ecosistema de 800 metros
La idea de reunir todo en un mismo sitio nació de una necesidad que había tenido desde siempre imaginando su modelo de negocio. Buscaba hacer algo integral, y el precio de los alquileres en Málaga le dio el empujón definitivo. "Como el alquiler estaba tan imposible, la solución fue unificarlo todo en uno", cuenta.
En el espacio conviven el almacén, la tienda, una zona de lectura con títulos relacionados con el mundo del deporte y La Cápsula, el box donde entrenan los socios del club. Allí trabajan 3 disciplinas: el entrenamiento funcional, el CrossFit y la que está más de moda: el Hyrox. Su intención es que cualquiera que entre viva Banbroken "de una forma diferente".
Millán quiere romper con la idea de que estos centros son solo para gente fuerte o en forma. Lo compara con su propia trayectoria. "Igual que yo he hecho con mi empresa, quiero que cualquier persona pueda hacer cualquier cosa, que se vean capaces de ello", defiende.
"Yo te doy la herramienta y todo lo demás. Lo único que tienes que hacer es poner un pie dentro de La Cápsula", añade.
El box le sirve también de laboratorio. Todos los prototipos de la marca pasan por quienes entrenan allí, que le dan su opinión antes de lanzar cualquier producto. "Son mis conejillos de Indias, aunque suene un poquillo raro. Es mi mini prueba de mercado", bromea.
En el día a día trabajan 4 personas en el espacio, y muchas tareas se externalizan. "A día de hoy tener a una persona en plantilla no es fácil", reconoce.
Unas zapatillas que se agotaron en 2 semanas
Banbroken empezó con ropa, después llegaron las zapatillas y cuentan con multitud de accesorios deportivos en su catálogo. Sin embargo, ahora el desarrollo de producto propio se lleva cada vez más recursos; Antonio quiere mejorarlos todo lo que pueda. Uno de sus mayores éxitos fue el que menos esperaba, la Hispano Málaga Limited Edition, dedicadas a la ciudad que le vio nacer.
La diseñó dentro de Málaga de Moda, el programa de la Diputación de Málaga al que está adherido. Millán agradece especialmente a la diputada de Desarrollo Económico y Sostenible de la Diputación de Málaga, Esperanza González, que según él "se vuelca con cada uno" de los diseñadores. Las zapatillas se agotaron en apenas dos semanas.
Como era una edición limitada, en principio no pensaba repetir el lanzamiento de un nuevo drop. "Si algo tengo es palabra", asegura. Tras unos años de insistencia por parte de sus clientes le ha hecho cambiar de opinión y ahora ha vuelto a lanzar 500 unidades, ya en preventa.
Las Hispano inspiradas en Málaga.
En esta nueva tirada ha cambiado la parte superior de la zapatilla para que sirva a cualquiera y no solo se vean como unas zapatillas especializadas para los amantes del CrossFit. Cuenta que personas no deportistas las usan y que dicen que "son las más cómodas que han tenido nunca".
En el diseño aparecen La Manquita, el Cenachero, las biznagas y la plaza de la Merced, junto a otros guiños más pequeños que hay que ir descubriendo. "Quería que al coger la zapatilla, se descubriera lo que es Málaga. El nativo se enorgullece y el foráneo admira", resume. Según su propia investigación, son las únicas zapatillas del mundo dedicadas a la ciudad.
Con la primera edición descubrió que la gente no compraba solo calzado. "Las compraban por el motivo, porque se sentían representados", explica. Por eso no quiso hacer una reedición sin más, y pidió que el producto estuviera "a la altura de lo que representa".
Moldes en vez de influencers
Millán sabe que compite en un mercado dominado por gigantes como Nike, Adidas o Reebok. "No compito contra Nike intentando ser Nike. Eso sería pretencioso y estúpido", afirma.
Su ventaja, dice, es la cercanía. Un cliente puede escribirle hoy con una sugerencia y esa conversación puede acabar influyendo en el siguiente modelo. "Hay muy poca distancia entre nuestro cliente y la persona que toma la decisión", señala.
Asegura que lee todas las críticas y sugerencias, sobre todo las negativas. "Ahí tienes información gratis para mejorar el siguiente producto", explica.
Su apuesta ha sido la investigación y el desarrollo, no el marketing. "No he invertido en influencers, pero sí en I+D. Ese ha sido el hack", confiesa, a la par que aporta un dato que ayuda a entender su inversión. Cada molde de zapatilla cuesta unos 3.000 dólares por número, y él encargó uno por cada medio número.
"Haz las cuentas. Es una burrada", subraya. El resultado, según cuenta, es que muchos clientes le escriben para decirle que nunca se habían probado una zapatilla igual.
Una maratón con sus propias zapatillas
Millán no quiere quedarse encerrado en un nicho. Además de la línea Hispano, la marca tiene las Levito, pensadas para el deporte híbrido. Quiso hacer las zapatillas más ligeras del mundo para esta disciplina, cuando el Hyrox apenas empezaba a sonar.
Su siguiente proyecto mezcla lo profesional con lo personal. Con la llegada de los 40 hizo una lista de retos, y en ella apuntó correr una maratón. Lo hará en marzo del año que viene.
"Lo más heavy es que, a la par, voy a ir diseñando las mejores zapatillas para correr una maratón", cuenta. En base al prueba y error, y escuchando a otros maratonianos, irá eligiendo las piezas adecuadas y correrá con el resultado, con el objetivo de que sea la mejor opción y pronto tenerlas a la venta.
Lo que se trajo del AVE
De aquel chaval que arreglaba trenes conserva, sobre todo, el amor por lo bien hecho, más que el perfeccionismo. En el AVE, cada tren pasaba por un checklist con doble repaso, y ese método lo aplica hoy a cada problema de la empresa.
"Aprendí a ser muy meticuloso con todo lo que hago", explica. Ser su propio jefe le ha dado libertad, pero a un precio. "Ahora no trabajo fuera de casa por las noches, como me pasaba, pero sí creo que soy más esclavo que antes", admite.
Valora poder llevar a su hija al colegio por la mañana y organizarse el día, y recuerda lo que no se ve detrás de un negocio que acaba rozando el éxito. "Hay muchos fines de semana, muchas 04.00 de la mañana y muchos días de jornadas de 14 horas que no ve nadie, y que no van ni en mi nómina ni en horas extras", explica.
Momentos de bajón ha tenido, reconoce, y nunca ha pensado en tirar la toalla. "Mi forma de pensar es, vale, esto ha salido mal, ¿qué es lo siguiente?", explica. Le da coraje la imagen del comercio electrónico que se vende en redes, con empresarios posando con coches de lujo. "Hay mucho humo detrás y no se corresponde con la realidad", lamenta, a la par que recuerda que es fundamental "trabajar muchísimo"
De Málaga al mundo
Banbroken ya vende en Europa, y Millán quiere dar el salto a Estados Unidos y Latinoamérica. También baraja abrir más tiendas propias. "Ojalá, cuando me vuelvas a entrevistar, estemos ya en toda Sudamérica", desea.
Tiene claro que la expansión no le hará olvidar su origen. "Quiero que Banbroken salga de Málaga. No quiero que Málaga salga de Banbroken", resume.
Si pudiera hablar con el Antonio que empezó, con toda la cara llena de churretes de grasa, no le contaría demasiado. "Si le cuentas todas las hostias que vienen, igual sale corriendo. Pero al final le merecerán la pena", bromea.
