Que tiene encanto y que derrocha magia. Esas son las palabras que pronuncia todo el mundo la primera vez que visita la pequeña bodega de Pepe Verdugo. Se encuentra en un bonito callejón del pueblo malagueño de Benalauría, de apenas 300 habitantes.
"Se quedan boquiabiertos los turistas, pero también los profesionales que vienen a hacer cualquier día una inspección. '¿Esto es todo? ¿Aquí haces vino?', me dicen", cuenta con orgullo el creador de la marca vinícola 28 metros cuadrados. Los mismos que tiene su bodega.
Su responsable, Pepe, sostiene que se trata de una de las bodegas más pequeñas del mundo. "No digo que es la más pequeña de todas porque Dios sabrá lo que hay por cada rincón del planeta", dice con una sonrisa el empresario gaditano, que llegó al pueblo en el año 2000 buscando "un sitio tranquilo, con paz" al que le unen raíces familiares.
Tras su llegada a la comarca de Ronda, trabajó primero en La Molienda, una fábrica de castañas, y después en el mesón La Molienda, un restaurante que fue referente gastronómico en toda la comarca. En 2013, lo dejó para tener más tiempo con sus hijos y empezó a darle vueltas a la cabeza para embarcarse en un proyecto propio.
Una imagen de Pepe en su pueblo.
Una casa vieja de su suegra y un grupo de amigos dieron forma a la idea que brotaba en su cabeza. "En los pueblos pequeños siempre hay un gen emprendedor bonito", dice. Pepe siempre ha tenido muy buen ojo con el vino y siempre ha defendido que "hay que hacerlo en sitios pequeños". "Siempre se ha dicho que si tú sabes hacer algo en tu pueblo, lánzate, que seguro que va a salir bien", asevera.
Bajo esa premisa, abrió la bodega en 2018. Pepe explica que nacieron con la idea de "hacer vino en poca producción". La pandemia frenó aquellos primeros pasos, "los inicios fueron difíciles", pero el año pasado embotellaron 2.200 botellas y este año calcula que, con suerte y afinando los procesos, podrían llegar a una horquilla de entre 4.500 y 5.000. "Estoy muy contento", reconoce.
Pepe no tiene viña propia. Compra la uva mediante un acuerdo con un viticultor por el que este pone el fruto y la bodega pone el resto. Las uvas blancas proceden del Guadiaro y las tintas, del Valle del Genal. Vendimian juntos, elaboran el vino y reparten después el resultado.
Una imagen del Callejón.
El espacio manda. Pepe define el trabajo en 28 metros cuadrados como un "auténtico tetris" y reconoce que se ven obligados a "jugar con los espacios exteriores". Acaban de terminar las vendimias y un enólogo de Ronda le ayuda en la dirección de los procesos.
La marca cuenta desde el año pasado con tres vinos diferentes. Hay un tinto tempranillo con 6 meses de barrica, un blanco chardonnay de una cepa francesa plantada en el Guadiaro y un rosado de garnacha. Pepe los vende sobre todo en la propia bodega, pero también tiene puntos de venta a lo largo y ancho de la provincia de Málaga, como la venta Valdivia.
"Ir con una producción tan reducida tiene sus límites. Cuando un vino se acaba, se acaba", dice. Pepe reconoce que la botella cuesta 15 euros y defiende ese precio ante las voces que puedan decir que "es caro". "Yo no vendo solamente vino, yo vendo la historia, te cuento qué hay tras él", añade.
Las botellas.
Es de los que prefiere poca cantidad y mejor calidad antes que tener una gran producción donde no pueda controlar bien cada paso del proceso. Aclara que, cuando habla de calidad, no se refiere solo al sabor o al olor del vino, también a "un montón de historias" que rodean cada botella.
De hecho, anima a todos los lectores a visitar Benalauría y su bodega porque "seguramente les gustará más el vino" cuando se conoce su bonito y especial origen. "Con la experiencia que hacemos, yo vendo mi vino, pero también el pan del de enfrente", antecede.
Una de las noches de verano.
Y es que esa conciencia de territorio que Pepe tiene, conecta la bodega con su segundo proyecto, una pequeña empresa de turismo rural que ha bautizado como Benalauguía. Pepe recibe a grupos muy reducidos de estadounidenses, canadienses y australianos y los guía por el pueblo entre el molino de aceite, el horno de pan y la propia bodega, tres puntos fundamentales del pueblo.
Ha reunido estas estaciones en una misma ruta bajo el nombre de 'Trilogía Mediterránea', por los tres productos, aceite, pan y vino, que "dieron forma al Mediterráneo y su gastronomía tal y como se conoce".
Amante del turismo "cuidado" y "a medida", recuerda que en Benalauría viven 300 personas y sostiene que la capacidad de carga "no puede ser tres autobuses al día, porque es inviable". Reivindica que allí "la vida es real, no es un postizo" y que "el pueblo es lo que es". Las rutas que organiza terminan siempre comiendo en "el callejón", con productos locales y con él mismo como chef. "Dicen que se me da bien", bromea.
De cara al futuro, Pepe quiere llevar esa fórmula a una finca de olivar familiar y sacar su propia producción de aceite, un producto que describe como "muy pasional, muy nuestro, muy auténtico". También le gustaría elaborar vinos con variedades locales, concretamente, las que quedaron ligadas a la agricultura doméstica tras la filoxera.
Su lema es que en esos 28 metros cuadrados de bodega, él solo quiere hacer a la gente feliz. "Todo el mundo cabe en ellos". "La idea es mantener los 28 y no ganar 28.000, no me interesa", dice. Se queda con lo auténtico, con el alma y la espontaneidad de un proyecto tan bonito como el suyo, "sin prisas", en un mundo que parece que cada vez gira más deprisa y en el que cada vez todo es más artificial y programado.
