Vivo en una urbanización con piscina y jardín en un buen barrio de Málaga. Mis vecinos son médicos, abogados y familias acomodadas. Y, sin embargo, a mi vecina le han embargado su casa.
No es una vecina cualquiera, la conocí antes de mudarme al vecindario, pues era mi compañera de gimnasio. Una lesión de espalda la obligó a focalizarse en su salud y nunca faltaba a la clase de body pump en un céntrico gimnasio del centro al que yo acudía al mediodía durante el descanso del almuerzo, cuando aún los despachos tenían jornada de mañana y tarde.
Me alegré al encontrarla un día sacando al perro y saber que íbamos a ser vecinas, pero rara vez coincidíamos en la piscina. Con el tiempo me enteré de que hacía años que no podía pagar la comunidad y no se sentía cómoda al utilizar las zonas comunes.
Me contó un día que compraron la casa cuando su hijo era un bebé, hace más de veinte años, y que pasó allí sus mejores años. Una casa grande en la que planificar un futuro lleno de sueños que se desmoronaron con el divorcio del padre de su hijo. Tras él, llegó la precariedad económica y los impagos de la hipoteca.
Hace unos años su casa salió a la venta y, a través de una amiga abogada, nos enteramos de que se estaba subastando a un precio irrisorio. Mi amiga, que es una profesional de éxito, tenía un interés legítimo en adquirir la vivienda para venderla y complementar su economía con ello. Mi amiga no es un fondo de inversión, es una madre de mediana edad con tres hijos y un marido desempleado que lo único que buscaba era optimizar sus ahorros.
Sin embargo, cuando nos ofreció participar en esta transacción, sentí el dilema moral que ello representaba. Mi amiga es una buena persona haciendo un negocio legítimo para mejorar la vida de su familia. Sin embargo, en ese momento sentí que nuestras acciones y elecciones definen quienes somos y que no era ahí donde quería poner mi energía y esfuerzo.
En estos días de confrontación y polarización, es fácil hacer juicios de valor simplistas, echar la culpa a los rentistas o a aquellos que incumplen con sus obligaciones, pero detrás de cada transacción hay una historia personal. Y también una responsabilidad. No todo vale al perseguir una rentabilidad y siempre hay opciones entre las que elegir.
Seguramente mi vecina también tuvo oportunidad de elegir mejor a lo largo de estos años, pero juzgar sin conocer su realidad es deshumanizar. No sabemos cuál era su realidad, el estado de su salud mental o sus miedos. Simplemente no sabemos qué ocurre tras las puertas de la mayoría de los hogares.