En casa no tenemos Netflix. Puede parecer una decisión rara, snob, contracorriente. Sin Netflix no puedes participar en muchas conversaciones, en el trabajo, con las amistades, porque casi todo el mundo está viendo una serie, las recomendaciones forman parte de la vida cotidiana de muchas personas, y que a alguien le guste la misma serie que a ti ya une más que la vecindad física, la proximidad ideológica o la comunión religiosa.

Así que no, no tenemos Netflix, pero sí que pagamos muy gustosos la suscripción a Filmin, una plataforma española que ofrece cine de calidad, películas de todo el mundo, y que estrena cada semana una serie de cierto éxito, casi siempre europea, británica o de los países escandinavos.

Casi todo se puede ver doblado al castellano o en versión original con subtítulos, y muchos domingos por la tarde, para evitar las tentaciones de la siesta y del descuadre horario, mi mujer y yo vemos una peli que suele gustarnos, porque hay mucho donde elegir, hay variedad y calidad.

Hace unos años veíamos cine familiar los cinco juntos, con los niños, y las propuestas de Filmin eran temidas porque no tenían nada que ver con el cine de Hollywood, no había buenos y malos, y los finales eran a menudo tan inesperados como amargos.

Lo bueno de aquellas noches de sofá y palomitas es que mis hijos aún recuerdan muchas de aquellas películas desacostumbradas, y que aprecian que la vida real se parece más a Filmin que a Hollywood y sus simplificaciones infantiles.

El caso es que en apenas un par de semanas mi querida Filmin ha estrenado dos pelis que en su momento propiciaron una gran experiencia en pantalla grande. Primero fue Ocurrió cerca de su casa, una historia belga que cuenta las vicisitudes de un asesino a sueldo que, como en los documentales, actúa grabado por un equipo de filmación.

Y el pasado viernes llegó Reservoir Dogs, el mítico debut de Quentin Tarantino, del que poco se puede añadir que no se sepa. Hace muchos años, demasiados, se programaron estas dos películas en Málaga, en el cine Victoria, puede que en la Semana Internacional de Cine Fantástico, que en aquellos tiempos tenía el apoyo de la Universidad de Málaga, y que dirigía con mucho entusiasmo y más precariedad el olvidado Ramón Reina, a quien tanto tenemos que agradecer en esta ciudad ingrata de nuevos ricos y grandes ambiciones.

Cuando vi el programa doble, llamé de inmediato a mi amigo Jaime Rico para sacarlo de su madriguera de opositor, en la que pasaba días y días sin apenas ver la luz del sol, acompañando también a su padre, una doble tarea tan exigente como poco valorada.

Y Jaime, del que me hice amigo en el pasillo del departamento de Matemáticas de la Facultad de Económicas, víctimas los dos de una revisión de examen que fue tan estéril como humillante, me hizo caso: Jaime sacó su fusil, aquella vespa naranja que algunos fines de semana nos transportaba al centro de la ciudad en busca de algunas copas y varias horas de conversación distendida.

En el cine Victoria, también desaparecido, el cine en el que vi Hair hace decenas de años, cuando abrió de nuevo sus puertas al público, con mis vecinos de mi casa de Don Juan de Austria, no cabía un alfiler. Jaime y yo nos hicimos amigos gracias a la larga espera previa a la revisión de aquel examen de infausto recuerdo, pero también porque los dos habíamos estudiado en los Maristas y porque los dos leíamos El País a diario.

Así que ya sabíamos de Tarantino, de su primera película, y aquellas expectativas habían creado un enorme ambiente en un programa doble que fue realmente extraordinario. Porque la película belga fue una verdadera sorpresa, y una obra telonera a la altura de Reservoir Dogs, que pudimos ver en versión original subtitulada, sin pestañear, para no perdernos ni un solo fotograma de la película del año.

Toda la sala se levantó, unánime, para aplaudir con euforia al final de la proyección. Nos mirábamos todos entre alucinados e incrédulos, conscientes de haber asistido a un momento mágico, que recordaríamos toda la vida, como así ha sido. Imagino que luego nos tomaríamos algo en algún garito del centro, como hacíamos otras noches, porque las casi cuatro horas de cine violento nos dieron hambre de comida y sed de conversación, y porque uno no se puede ir a casa como si no pasara nada después de haber vivido un acontecimiento único, en aquella Málaga de hace tantos años.

Pero volvamos a la vespa naranja. Jaime preparaba sus oposiciones mientras yo zascandileaba con mis ocupaciones varias, siempre bien pagadas, viviendo a salto de mata sin ganas de encontrar un empleo fijo que me permitiera ahorrar para la hipoteca y la boda de rigor.

Cuando su cabeza echaba humo y las conexiones neuronales comenzaban a flaquear, Jaime me llamaba al teléfono fijo de mi casa, porque no había móviles ni nada parecido, chavales, y me decía que necesitaba salir. Y yo, buen amigo, salía con él, porque lo pasábamos muy bien juntos.

Jaime, además, siempre aparecía con un milagroso billete de 5.000 pesetas que daba para toda la noche, y yo le llamaba El Señor Financiación, que era el protagonista de una campaña del Banco de Santander, y nos reíamos -sobre todo yo- con aquella asociación de ideas que tenía parte de broma y parte de sarcasmo.

La vespa naranja de Jaime nos llevaba, sin cascos ni medidas de seguridad más contemporáneas, primero al centro de Málaga. Muchas noches fuimos al Jack Daniels, mi garito de referencia, en el que bebí innumerables chupitos del mejor bourbon del mundo, escuchando los grandes éxitos del Brit Pop en su época dorada: Oasis, Blur, Pulp, Radiohead. Menudos festivales.

Años después, uno de los tres hermanos propietarios de aquel bar irrepetible me vio cruzar un paso de cebra y se bajó expresamente del coche para darme un abrazo. Imagínense cómo sería mi implicación etílica y económica con ellos.

Y ya al final de la noche, la vespa naranja, en equilibrio firme pero inestable, nos llevaba a Pedregalejo, al Bolivia 41, donde a las cinco de la mañana nos comíamos, estómagos agradecidos, una morcilla de arroz que merecería estar en el santoral de las morcillas arroceras de este país.

Con una última copa, rodeados de estudiantes Erasmus y clientes casi siempre extranjeros, en aquel patio al aire libre del Bolivia saboreábamos la vida antes de regresar a casa, a nuestros dormitorios, al refugio de la vida rutinaria y el combate contra el tiempo.

Filmin, dos películas extraordinarias, una amistad que permanece y unos recuerdos que tienen mucho más de celebración que de nostalgia. Confieso que he vivido, como decía el poeta. Y también que lo sigo haciendo, porque la vida puede ser maravillosa, tal y como narraba Andrés Montes en las retransmisiones del baloncesto de la NBA, y debemos intentar cada día que así sea, a pesar de todo y de todos. Seguro que todos tenemos algún tipo de vespa naranja en la memoria. Basta con pensarlo, y sonreír.