No voy a hablar de materias, de conceptos ni de géneros, pero casi. La gastronomía se ha instalado en la estupidez de los nombres esnobistas que, lejos de aclararle al cliente en qué cotarro se va a meter, te despista más que un senegalés haciendo zigzags en los Pirineos.
Casi nadie sabe ya qué significan los adjetivos, ni siquiera los verbos o lo subjetivo de una cocina que, poco a poco, pierde la esencia de su carta para aclamar con pomposa denominación qué tipo de fogones enciende, qué ofrece, qué te van a meter entre pecho y espalda y cuánto te va a costar la puñalada por la espalda que te atravesará el pecho sin que usted se entere del homicidio.
Ha ganado, o al menos eso parece, la grandiosidad de lo diminuto, la explicación de lo inexplicable, la teoría soberbia de lo banal, el menú de lo que ya no es un menú sino un tinglado sin pies ni cabeza.
Te sientas con cara bovina, te atiende alguien que cree que eres rematadamente imbécil, te cuela dos anglicismos, cuatro galicismos, tres españolidades que no existían hace un par de años y esperas 20 minutos sin saber qué puñetas te ha apuntado el camarero. ¿Pepe, qué has pedido que yo no me he enterao?
Ahí empieza la dispersión de lo que antes, hace relativamente poco, estaba concentrado en platos reconocibles y facturas transparentes, en lo mesonero, el tapeo recién hecho, el local de barrio o en el restaurante más pitiminí del municipio, que no era pijo sino bueno, algo más caro que el chino de la esquina, pero mejor hecho y mejor servido.
Restaurante conceptual, restaurante temático, restaurante gourmet, restaurante de proximidad, restaurante étnico, restaurante orgánico, restaurante foodie, restaurante familiar, restaurante rápido, restaurante bistro, restaurante multicultural, restaurante casero, restaurante de autor, restaurante canalla, restaurante de fusión, restaurante internacional, restaurante cárnico, restaurante informal o el peor de todos; restaurante gastronómico. Como si alguien no pidiera comida, sino un bote de anticongelante para desengrasar el píloro.
A mí me da lo mismo el nombrecito que cada cual quiera colocarle, lo único que me gustaría es que fuera tal y como lo han nombrado. No un modernismo bobo que incluya entre sus ofertas unas croquetas de algas coreanas o una ensaladilla rusa con esencia de callos a la madrileña. Eso simplemente es una porquería que no tiene ni nombre.