Cuando tenía prácticamente terminada la primera versión de este texto, se publicó en esta misma sección un muy buen artículo sobre Irlanda por parte de Miriem Diouri. La descripción que hace del caso de un español en Dublín comparándolo con el concepto de "parálisis" definido por Joyce me ha parecido el reflejo perfecto de mi experiencia en Irlanda y el retrato de la actual Europa.
Dublineses es una colección de quince cuentos de James Joyce que retratan la parálisis social y moral de los habitantes de Dublín a principios del siglo XX, condicionados por el dominio británico de la que era una ciudad periférica, el peso de la Iglesia católica y un nacionalismo irlandés que buscaba afirmar una identidad propia. Pero la «parálisis» que Joyce diagnosticó no es una enfermedad irlandesa, sino una condición humana.
Joyce no tiene una lectura fácil ─confieso que no he sido capaz de terminar el Ulises─, y estos cuentos tampoco son precisamente ligeros. Pero al menos el denominado Los muertos merece una relectura, puesto que ha sido caracterizado frecuentemente como uno de los mejores cuentos en lengua inglesa de todas las épocas.
Sé que puede parecer atrevido por mi parte hacer un análisis —y publicarlo— sobre algo tan complejo como la realidad social y económica de un país tras una estancia. Mucho más, sobre un país sometido a unas tensiones históricas, culturales y religiosas, que condicionan su realidad.
Irlanda es un país precioso que hace honor a su tradicional sobrenombre de Isla Esmeralda. Recibe algo menos de 10 millones de turistas al año, de los cuales unos 6,6 millones corresponden a pernoctaciones en Dublín. Pero la capital no lo es tanto, a pesar de tener buenos mimbres. Dublín tiene poco más de 600.000 habitantes, con un área metropolitana de alrededor de 1,4 millones de habitantes; un tamaño similar a Málaga.
Hay zonas muy turísticas como Temple Bar o Grafton Street; parques y jardines espectaculares como St. Stephen’s Green o Phoenix Park; lugares tan emblemáticos como la Guinness Storehouse, a medio camino entre la restauración y la arquitectura industrial; y, naturalmente, el Trinity College con su famosa biblioteca que alberga el Libro de Kells.
Tiene avenidas magníficas como O’Connell Street o los viales y paseos junto al río Liffey que llegan hasta los Docklands, nueva zona de expansión donde se concentran gran parte de las sedes de empresas de tecnología —atraídas por los bajos impuestos que pagan— y de las viviendas de los directivos de estas.
Cuando uno pasea por muchas de estas zonas, va encontrando una cantidad importante de personas sin hogar, muchos de ellos toxicómanos que no dudan en pincharse en plena calle. Según me contaban, una parte importante pertenece a una generación duramente golpeada por la crisis financiera que afectó a Irlanda en torno a 2010 y hoy frisa los sesenta años.
Pero también hay otros muchos, incluso familias jóvenes con niños, viviendo en tiendas de campaña, en las traseras de calles principales. Las causas son seguramente diversas. La prolongada crisis de acceso a la vivienda constituye una de ellas; y empieza a aparecer también, al menos en las conversaciones con algunos residentes, el temor a que la automatización y la inteligencia artificial agraven la exclusión de determinados trabajadores.
Todas las tardes tres asociaciones caritativas locales montan puestos de distribución de alimentos calientes y otros suministros para personas necesitadas, en la fachada de la Oficina General de Correos en O’Connell St., edificio reconocido como bien de interés histórico dado que fue donde se declaró la independencia de Irlanda del Reino Unido en 1916.
Para mí fue un choque la visión de enormes colas para recibir estos suministros, junto con los flujos de personas locales y turistas que van de compras o de paseo en la misma zona. Colas del hambre frente a colas de consumo: una de esas contradicciones que inevitablemente devuelven al concepto de parálisis de Joyce.
Me contaban que muchas sedes tienen plantas enteras vacías porque con la IA ya no son necesarios tantos trabajadores. Al mismo tiempo, tanto Anthropic, creadora de Claude, como OpenAI, creadora de ChatGPT, anuncian la constitución de sociedades y la apertura de oficinas en varios países europeos, entre ellos España.
En Irlanda, principalmente Dublín y Cork, trabajan unos 20.000 españoles, principalmente en servicios —apoyo al hogar, hostelería y restauración— y en empresas tecnológicas, del total aproximado de 700.000 trabajadores extranjeros censados, que representan más de una cuarta parte del empleo total.
Otro flujo laboral significativo son los más de 10.000 residentes de Irlanda del Norte que se desplazan habitualmente a trabajar a la República de Irlanda.
Cuando se dividió la isla, los católicos eran un 93% en el sur, la actual república, pero eran apenas un tercio de la población en la actual Irlanda del Norte. En 2021 el censo del Norte dio un vuelco: los católicos, atendiendo a la religión profesada o en la que habían sido educados, superaban por primera vez a los protestantes y demás cristianos: 45,7% frente al 43,5%.
Cuando visitas Belfast, es evidente que la separación entre católicos republicanos y protestantes unionistas sigue vigente. Los denominados «muros de la paz», con una extensión superior a los 30 kilómetros, levantados a finales de los sesenta del siglo XX, siguen en pie y muchas puertas se siguen cerrando todas las noches por motivos de seguridad. El más simbólico es el situado en Cupar Way, que divide la católica Falls Road de la protestante Shankill Road, donde dejamos, como tantos otros visitantes, un mensaje de futuro en el muro. Es muy deprimente, pero la realidad es esa y la tensión se masca en el ambiente.
La constatación de que puertas levantadas hace medio siglo continúen cerrándose por la noche y de que una sociedad extraordinariamente transformada en lo económico conserve literalmente muros de su pasado constituye otro símbolo de la parálisis de Joyce.
El Brexit volvió a dar relevancia política, económica y jurídica a una frontera cuya progresiva desaparición había sido uno de los grandes logros de los acuerdos de paz de 1998. No ha reaparecido una frontera física entre ambas Irlandas —la Common Travel Area sigue permitiendo la libre circulación de ciudadanos británicos e irlandeses—, pero Irlanda del Norte ha quedado situada en una posición singular entre el Reino Unido y el mercado europeo.
Y ahí aparece una de las grandes paradojas del Brexit. Impulsado con especial entusiasmo por los sectores unionistas más radicales, puede haber terminado debilitando algunos de los vínculos que pretendía reforzar y haciendo económicamente más atractiva para una parte de la sociedad norirlandesa la perspectiva de una isla reunificada dentro de la Unión Europea.
Coincidió mi estancia en Dublín con la inauguración del semestre de presidencia de la UE por Irlanda. La Presidencia irlandesa llega en un momento decisivo para el futuro del proyecto europeo. La Unión debe afrontar simultáneamente importantes desafíos económicos, tecnológicos, geopolíticos y sociales.
En este contexto, Irlanda ha situado tres grandes prioridades en el centro de su programa: competitividad, valores y seguridad. No son una mala síntesis de los problemas que afronta Europa. Recuperar competitividad frente a Estados Unidos y Asia, defender un orden democrático cada vez más cuestionado y garantizar nuestra propia seguridad —militar, energética, tecnológica y fronteriza— constituyen, en realidad, distintas caras del mismo desafío.
El Pacto Europeo sobre Migración y Asilo constituye el nuevo marco común de la Unión para gestionar las llegadas, los procedimientos de asilo, la solidaridad entre Estados miembros y los retornos. El Pacto entró en vigor en junio de 2024 y sus principales normas comenzaron a aplicarse el 12 de junio de 2026.
El objetivo debe ser que este nuevo marco europeo no se quede en una arquitectura normativa sobre el papel, sino que se traduzca en una gestión efectiva de las fronteras exteriores, procedimientos más rápidos y eficaces y una política de retornos que funcione. La propia Presidencia irlandesa ha situado la plena aplicación del Pacto entre sus prioridades.
El reciente episodio vivido en Ceuta ha vuelto a poner de manifiesto la dimensión europea de la protección de nuestras fronteras. Cuando se vulnera la frontera exterior de un Estado miembro, se vulnera también la frontera de la Unión Europea. España debe defender en Bruselas que Ceuta y Melilla son fronteras españolas, pero también fronteras europeas.
El debate migratorio demuestra que existe una preocupación ampliamente compartida entre los Estados miembros. La iniciativa promovida por Italia y Dinamarca para reclamar una respuesta europea más firme ante la inmigración irregular y una mayor eficacia de los retornos contó con el respaldo de otros gobiernos europeos. Esta coincidencia entre ejecutivos de distinta orientación política demuestra que la gestión de las fronteras exteriores se ha convertido en una cuestión central para el conjunto de la Unión.
Desde la Declaración Schuman, la integración europea ha pretendido garantizar la paz, la libertad y la prosperidad de un continente marcado por décadas de enfrentamientos. Defender hoy los valores europeos significa, en consecuencia, defender la propia razón de ser de la integración.
Una Europa más segura debe ser también una Europa con mayor autonomía estratégica y capacidad para proteger sus intereses y a sus ciudadanos. Por ello, competitividad, valores y seguridad no son prioridades independientes. Una Europa competitiva necesita seguridad; una Europa segura necesita una economía sólida y tecnológicamente avanzada; y ambas necesitan sustentarse en valores comunes que mantengan la confianza de los ciudadanos.
Europa se encuentra ante una encrucijada. En un mundo caracterizado por la competencia geopolítica, la transformación tecnológica, la presión migratoria y la incertidumbre, la Unión Europea no puede permitirse la división ni la pérdida de ambición.
Irlanda tiene ahora la responsabilidad de contribuir a que Europa afronte este escenario con confianza, unidad y determinación. La defensa de nuestras fronteras, la protección de nuestros ciudadanos, la competitividad de nuestra economía y la defensa del Estado de derecho no son objetivos contradictorios, sino elementos de un mismo proyecto europeo.
Porque, como demuestra la propia historia de la integración europea, cuando los Estados miembros son capaces de trabajar juntos, Europa no solo preserva lo conseguido: también puede construir un futuro común más fuerte.
Joyce escribió sobre una Irlanda paralizada, incapaz de escapar de unas circunstancias que parecían condenarla a permanecer siempre en el mismo lugar.
Más de un siglo después, aquel país pobre, dividido y emigrante se ha convertido en una de las sociedades más prósperas y abiertas de Europa, aunque siga arrastrando contradicciones y viejas heridas.
Quizá por eso Irlanda sea un buen país para presidir la Unión en este momento. Europa también corre el riesgo de contemplar sus problemas durante demasiado tiempo sin atreverse a afrontarlos. Los irlandeses demostraron que de la parálisis se puede salir. Confiemos en que durante estos seis meses sean capaces de transmitir a Europa parte de aquel impulso.