En 1735, dos jóvenes oficiales de la Armada española, Jorge Juan y Antonio de Ulloa, formados en la Academia de Guardias Marinas de Cádiz, se embarcaron rumbo al virreinato del Perú para pasar allí casi una década midiendo montañas con cuerdas, teodolitos y estrellas. No iban a conquistar nada. Iban a comprobar si la Tierra era una esfera perfecta o un balón achatado en los polos, como había predicho medio siglo antes Isaac Newton en sus Principia sin poder demostrarlo él mismo con datos de campo. Newton, en su primera edición de su libro, citaba a un profesor de la Real Escuela de Guardiamarinas. Inglaterra espiaba y copiaba a España para poder ganarle. Francis Bacon abordó la rivalidad geopolítica entre Inglaterra y España en varias de sus obras políticas y militares, principalmente en "Considerations Touching a War with Spain" (Consideraciones sobre una guerra con España, escrito en 1624). Les costó aún un par de siglos hasta Trafalgar. Las ondas sísmicas y las réplicas se suceden y la desintegración balcanizante continua. Jua y Ulloa volvieron con la respuesta, que dio la razón a Newton, que para entonces ya llevaba ocho años muerto. Trescientos años después, dos matemáticos madrileños han pasado casi tres décadas diseñando cómo se rompe el agua, el flujo turbulento, y una máquina en California ha confirmado en ochenta y ocho horas lo que ellos llevaban prediciendo con estrategias innovadoras, pero sin la máquina adecuada. El que hace el trabajo de campo casi nunca es el que sale en la portada.

La semana pasada, en el programa de RNE «A hombros de gigantes», Diego Córdoba, del ICMAT-CSIC, y Luis Martínez-Zoroa, de CUNEF Universidad, contaban entre risas que llevaban «días turbulentos» y que «no están entrenados para esto». Tienen motivos. El mundo ha titulado estos días que OpenAI ha resuelto, con ayuda de inteligencia artificial y en menos de ochenta y ocho horas, uno de los siete Problemas del Milenio: si las ecuaciones de Navier-Stokes, que describen desde hace dos siglos el movimiento de los fluidos, pueden desarrollar una singularidad —un punto en el que el propio modelo matemático se rompe— cuando se formulan en tres dimensiones, es decir, en el mundo real. La empresa ha renunciado, en nombre de la máquina, al millón de dólares que ofrece el Instituto Clay. Pero la estrategia matemática que ha hecho posible esa resolución no salió de ningún centro de datos. Salió de Madrid.

Córdoba lleva más de treinta años trabajando en las ecuaciones de Euler y Navier-Stokes. Martínez-Zoroa fue su doctorando y hoy es su colaborador. Juntos diseñaron una estrategia que en el programa llaman «cascada de capas»: en vez de buscar, como se había intentado hasta ahora, una singularidad autosimilar de una sola pieza —el camino que abrió en 2019 el matemático Tarek Elgindi, de la Universidad de Duke—, construyeron un mecanismo por escalas, como un engranaje. Una capa grande, por sí sola inofensiva, deforma a una capa más pequeña; esa capa, también inofensiva por separado, hace crecer a otra aún más pequeña; y así, sumando un número infinito de capas, la vorticidad del fluido se concentra en un único punto hasta romper el modelo. La estrategia estaba clara. Lo que faltaba era «cocinar el escenario» —ajustar, capa a capa, los parámetros exactos que hacen que el mecanismo funcione de verdad— y eso, dice Córdoba textualmente, «nos podía llevar un año como poco» por cada singularidad. El grupo de Tristan Buckmaster, con un colaborador de Anthropic, descubrió que ese ajuste, con inteligencia artificial, se podía hacer en horas. Ese trabajo, construido enteramente sobre la estrategia española, es el que finalmente usaron los modelos de OpenAI para cerrar la demostración. La máquina no inventó el mapa. Rellenó, muy deprisa, el último tramo que el mapa ya señalaba.

Ni siquiera está tan cerrado como se ha contado. El propio Instituto Clay, según cuenta Córdoba en la radio, da el problema por resuelto solo «tentativamente»: existe ya un certificado lógico —un programa que comprueba que cada paso de la demostración es formalmente correcto—, pero la certificación definitiva todavía no se ha producido. Y hay un detalle que merece más atención de la que ha tenido, porque lo cuenta el propio protagonista con una franqueza poco habitual: la Medalla Fields, el máximo reconocimiento de las matemáticas, solo se concede a menores de cuarenta años. Martínez-Zoroa cumple el requisito. Córdoba, que lleva treinta años en el problema y dirigió la tesis de su colaborador, se queda fuera solo por la edad. «Si el premio solo lo recibe el discípulo», dice él mismo, sin amargura ni disimulo, «es como si lo recibiera el maestro». Es la frase que mejor resume todo el artículo. Muy grande el maestro.

Hay algo más profundo detrás de esta historia que el simple reparto de méritos, y veinticinco medallistas Fields lo han puesto ya por escrito en un comunicado conjunto: el riesgo de que las empresas de inteligencia artificial conviertan la resolución de problemas matemáticos en un ejercicio de marketing competitivo entre ellas. El primer borrador que presentó OpenAI, según se cuenta en el programa, ni siquiera citaba a buena parte de los expertos del área, porque, en palabras de los propios invitados, «la filosofía para ellos es que no les importa cómo se ha llegado ahí, solo que se resuelva el problema». Uno de los firmantes del comunicado lo compara con una expedición en busca de una catarata: hasta ahora, el matemático joven dibujaba su propio mapa según avanzaba, se perdía, encontraba cosas que ni buscaba y aprendía el oficio en el camino. La inteligencia artificial es un helicóptero que te deja directamente en la catarata y te trae de vuelta a casa sin que hayas aprendido nada de cómo se llega hasta allí. Y hay una preocupación más prosaica, dicha también sin rodeos por Córdoba: si la investigación de frontera exige simulaciones que solo las grandes empresas de inteligencia artificial pueden pagar, «los mejores matemáticos van a ser los que puedan pagar» el acceso a esas herramientas, no necesariamente los que tengan las mejores ideas. Si todo es dinero, pasa eso. Menos mal que China tiene otro sistema y no solo es dinero, sus científicos, industrias y progreso comunitario están por encima del capital

España lleva haciendo esto mismo desde hace siglos: poner el trabajo fundacional y ver cómo el mundo aplaude a quien llega después con el helicóptero. Isaac Peral inventó en 1888 el primer submarino militarmente eficaz de la historia, y su legado quedó enterrado bajo los submarinos que otras banderas presentaron después como propios. Francis Mojica, microbiólogo de la Universidad de Alicante, descubrió y bautizó en los años noventa las secuencias CRISPR, la base de toda la edición genética moderna —de las vacunas a las terapias contra enfermedades hereditarias—; el Nobel de Química de 2020 fue para Jennifer Doudna y Emmanuelle Charpentier, y Mojica sigue siendo, para la mayoría, un desconocido. Fidel Pagés, cirujano militar español, describió en 1921 la anestesia epidural lumbar tal y como se usa hoy en cualquier parto del mundo; la técnica se popularizó después de la mano del italiano Dogliotti, y su nombre apenas aparece ya en los libros. Navier-Stokes es el mismo patrón con otro traje: España dibuja el mapa, y el titular internacional se lo lleva quien pone el vehículo que recorre el último tramo más rápido.

Lo que hace falta, y no es una lista de agravios sino tres cosas concretas, es primero que las instituciones españolas —el CSIC, la Real Sociedad Matemática Española, el propio Gobierno— hagan explícita ante el Instituto Clay y ante el comité de la Fields cuál ha sido exactamente la autoría de la estrategia que ha resuelto el problema, en vez de dejar que la narrativa la escriba quien tiene el departamento de comunicación más grande.

Segundo, que la financiación de la matemática pura se proteja de la exigencia de aplicación inmediata que hoy asfixia buena parte de la investigación básica: nadie podía predecir en 1920 las aplicaciones futuras de la mecánica cuántica, y la ciencia que hoy parece más inútil es, con frecuencia, la que dentro de treinta años sostiene media industria. Y tercero, que exista un catálogo público, con vocación educativa, de los Mojica de la ciencia española —Peral, Pagés, Mojica, y ahora Córdoba— para que este patrón deje de repetirse por pura falta de memoria colectiva y no por falta de mérito, que nunca ha sido el problema.

«Los matemáticos más importantes del mundo están mirando ahora a España», decía Diego Córdoba en la radio, «y esto no había pasado nunca». Escribo esto desde A Coruña viendo un anuncio que dice “Galicia orgullosa de su Industria”. No se lo creerán, pero ver esa foto de un operario de astillero me ha emocionado. Porque la industria se defiende así, poniéndola en el centro de la opinión ciudadana, haciendo que se sientan parte y orgullosos de ella, poniendo de manifiesto su importancia, dando protagonismo a los que la hacen posible. No lo he visto en Euskadi ni en Cataluña, lo he visto aquí en esta Galicia milagro y es alentador. Qué bueno sería ver un día fotos de estos matemáticos o de nuestros oncólogos, o de nuestros científicos o tecnólogos o de Francis Mojica en Barajas o el Prat al llegar al aeropuerto para que todos los vean, con el mensaje “España orgullosa de sus científicos”.

Fuentes: transcripción del programa «A hombros de gigantes» (RNE, Radio 5), emisión del 19-20 de septiembre de 2026, con Diego Córdoba (ICMAT-CSIC) y Luis Martínez-Zoroa (CUNEF Universidad); comunicado de veinticinco medallistas de la Medalla Fields sobre el uso de la inteligencia artificial en la resolución de problemas matemáticos; Instituto Clay, sobre el estatus de certificación del problema de Navier-Stokes; Tarek Elgindi (Universidad de Duke), trabajo de 2019 sobre singularidades autosimilares.