He tenido la oportunidad de participar en Greencities, en Málaga, en una mesa redonda sobre inteligencia artificial y transición verde. La invitación partía de BIC Euronova y del Next Sustainable Generation Committee (NSGC), presidido en la sesión por Álvaro Simón de Blas, en un encuentro al que asistieron también un número importante de empresas chinas y estudiantes de ESSCA.

La conversación sobre inteligencia artificial y sostenibilidad terminó llevándonos inevitablemente a un asunto más amplio: cuánto han cambiado las relaciones económicas entre Europa y China y qué significa hoy hablar de cooperación entre dos economías mucho más interdependientes que hace veinte años.

Las cifras ayudan a poner ese cambio en perspectiva. En 2005, la Unión Europea exportaba a China bienes por unos 51.700 millones de euros e importaba por 161.000 millones. China representaba entonces el 4,9% de las exportaciones extracomunitarias y el 13,6% de las importaciones.

Veinte años después, en 2025, las exportaciones alcanzaron los 199.600 millones y las importaciones los 559.400 millones. China concentra ya el 22,3% de todas las importaciones extracomunitarias de la UE y el 7,5% de sus exportaciones.

La relación con China ha dejado hace tiempo de poder explicarse únicamente mediante la imagen de una fábrica de productos de consumo baratos: hablamos también de electrónica, baterías, automoción, equipamiento industrial y tecnologías fundamentales para la transición energética.

En España la evolución ha sido igualmente significativa. Cuando viajé a China en 2007, los datos de 2005 mostraban unas exportaciones españolas de apenas 1.527 millones de euros, frente a 11.709 millones de importaciones. En 2025 exportamos casi 7.972 millones e importamos más de 50.249 millones. China es actualmente nuestro principal mercado asiático y el segundo proveedor de España.

Escuchar estas conversaciones en Greencities me hizo recordar precisamente aquel viaje a Tianjin en 2007, cuando tuve la oportunidad de participar, desde APTE y junto a Felipe Romera, Soledad Díaz y Pablo Udías, en la organización del II Foro de Cooperación Científico-Tecnológica Hispano-Chino. Casi un centenar de empresas españolas y cerca de doscientas empresas chinas participaron en aquel encuentro, en un momento en el que para muchas de nuestras compañías China seguía siendo una realidad empresarial bastante lejana.

Buena parte de las conversaciones giraban entonces alrededor de cómo entrar en aquel enorme mercado, encontrar socios y desarrollar proyectos tecnológicos conjuntos. También Málaga era muy distinta. En aquellos mismos años empezaban a tomar forma conexiones empresariales que hoy vemos con bastante más naturalidad, y en 2008 Huawei inauguraba en el entonces Parque Tecnológico de Andalucía su centro de asistencia técnica para los países de habla hispana.

Casi veinte años después, encontramos empresas malagueñas con una presencia consolidada en China. PREMO, cuya sede mundial está en Málaga TechPark, cuenta con una planta industrial en Wuhu y continúa desarrollando allí sus operaciones. Famadesa, desde un sector completamente diferente, mantiene desde hace años una importante actividad en Asia y sus operaciones comerciales con China alcanzaron en 2024 alrededor de 20,5 millones de euros.

La presencia china en Málaga se ha vuelto, además, mucho más cotidiana. Se percibe en nuestros polígonos empresariales, donde existe desde hace años una importante comunidad de empresarios de origen chino, y también en nuestros concesionarios. Marcas como BYD, Omoda o Jaecoo muestran hasta qué punto el automóvil chino ha pasado en muy poco tiempo de ser prácticamente desconocido para el consumidor español a competir directamente en vehículos eléctricos, híbridos, baterías, software y conectividad.

También aparecen proyectos de inversión industrial. En Humilladero, Hygreen Energy proyecta una instalación para producir electrolizadores destinados al hidrógeno verde y Sermatec una planta vinculada al almacenamiento energético mediante baterías. Son precisamente dos ámbitos (hidrógeno y almacenamiento) que muestran cómo la transición energética empieza también a formar parte de la relación económica entre China y Málaga.

Todo esto cambia bastante el tipo de conversación que podemos tener hoy. Hace veinte años hablábamos fundamentalmente de cómo acceder a China o fabricar barato desde allí; ahora debemos hablar también de inversión china en Europa, competencia tecnológica, cadenas de suministro, autonomía industrial y, al mismo tiempo, oportunidades concretas de cooperación.

En este proceso, las pymes tendrán un papel especialmente relevante, porque son quienes pueden convertir muchas de estas tecnologías en mejoras concretas de la actividad económica diaria: reducir consumos, anticipar averías, optimizar rutas, disminuir residuos o utilizar mejor los recursos. Ahí es donde la inteligencia artificial deja de ser una tendencia global y empieza a traducirse en productividad y sostenibilidad reales.

Ese fue uno de los aspectos que más me interesó de la conversación de Greencities. Los grandes desarrollos tecnológicos pueden proceder de grandes corporaciones y centros de investigación, pero su impacto dependerá en buena medida de que miles de empresas más pequeñas sean capaces de adaptarlos a sus propios procesos. Ahí tienen un papel relevante estructuras como incubadoras, universidades, centros tecnológicos y redes empresariales, precisamente porque pueden acercar conocimiento, financiación y talento a empresas que difícilmente podrían desarrollar todas esas capacidades por sí solas.

También por eso quise que estudiantes de ESSCA me acompañaran al encuentro. ESSCA, la escuela de negocios francesa que cuenta con un campus en Málaga, mantiene desde hace años vínculos académicos con China a través de su campus de Shanghái, sus universidades socias y espacios de cooperación como la Alliance of Chinese and European Business Schools, actualmente presidida por su director general, Jean Charroin.

En Málaga recibimos, entre otros, estudiantes procedentes de universidades de Hong Kong. Me parecía interesante que algunos de ellos pudieran participar no solo como espectadores, sino también en las conversaciones posteriores con empresarios e instituciones, porque dentro de unos años serán precisamente estas generaciones las que gestionarán una relación Europa-China bastante más compleja que la que conocimos en 2007.

Veinte años después de Tianjin, Europa y China están mucho más conectadas, pero esa mayor conexión no hace la relación más sencilla. Nos obliga a decidir con mayor precisión dónde queremos cooperar, dónde vamos a competir y qué capacidades queremos desarrollar y conservar en Europa.

Quizá esa sea una de las ideas que me llevo de Greencities: la innovación se vuelve realmente relevante cuando consigue pasar de las grandes tendencias económicas y tecnológicas a la actividad cotidiana de las empresas. Y en una relación entre Málaga y China cada vez más densa, tecnológica y diversa, todavía queda mucho espacio para aprender unos de otros, competir donde corresponda y cooperar cuando tenga sentido.