Cuando en abril de 2025 se puso la primera piedra de las obras para levantar el nuevo circuito de F1 en el entorno del recinto ferial de Madrid, muchos pensaron que no estaría a tiempo para la carrera, programada tan solo 16 meses después.

A pesar de los agoreros —muchos de ellos en el propio gobierno de la nación, que cruzaban los dedos para que el proyecto de la Comunidad de Madrid se estrellara—, el resultado final ha sorprendido a la mayoría.

Y lo ha hecho positivamente, porque el esfuerzo político, financiero y de ingeniería ha sido monumental —como el nombre de una de sus curvas, por cierto—, demostrando una vez más que somos capaces de competir al más alto nivel en cualquier escenario.

Las instalaciones del Madring han albergado el paddock más colosal en la historia de una carrera de F1, aprovechando los propios pabellones de IFEMA para la ocasión. Todo ha estado dimensionado a lo grande, sin estrecheces ni problemas de espacio para acoger los desmesurados camiones hospitality de las escuderías y de la propia organización del campeonato.

El éxito de público ha sido incontestable: cerca de 350.000 personas han abarrotado las gradas a lo largo de los tres días, sumando los entrenamientos libres del viernes, la clasificación del sábado y la carrera del domingo, hasta llenar el último rincón disponible.

La llegada al recinto se ha podido realizar mayoritariamente en transporte público —uno de los grandes aciertos de esta ubicación—, esquivando los interminables atascos que sofocan a otros trazados del mundo.

Los comisarios de pista —esos héroes anónimos que velan por la integridad de los pilotos agitando banderas al compás de la competición— han sido en su mayoría españoles, haciendo gala de un impecable nivel de profesionalidad. Y, como marco social, la pasarela de celebridades ha sido constante, aderezando el evento con un brillo mediático adicional.

Hablemos ahora de cifras. El impacto económico directo en la capital se ha estimado en 460 millones de euros en tan solo un fin de semana. Los casi 9.000 empleos generados, entre directos e indirectos, dejarán en las arcas públicas cerca de 82 millones de euros entre impuestos y cotizaciones sociales.

Por su parte, el coste de ejecución del circuito ha ascendido a 84 millones de euros, a los que hay que sumar el canon anual de 50 millones que la F1 cobra por recalar en Madrid.

Aunque parezcan números mareantes, lo cierto es que los ingresos superan con creces a los gastos, lo que da buena cuenta de la colosal operación de marketing en la que se han embarcado la Comunidad y el Ayuntamiento para la próxima década, sin computar los millones de impresiones que el evento ha cosechado en el universo digital.

Sin embargo, desde mi perspectiva como periodista del motor y como expiloto, mi lectura es sensiblemente menos benévola.

Toda esa apabullante contabilidad nos conduce sin remisión a una certeza triste para los auténticos devotos del motor: la F1 ya no es un deporte; es un show deportivo que persigue la rentabilidad por encargo, por encima incluso del sentir de los propios pilotos quienes, dicho sea de paso, alzan poco la voz cuando sus sueldos millonarios se nutren de este carrusel circense.

Solo con este dato se me encoge mi corazón de piloto: durante toda la carrera únicamente se registraron cuatro adelantamientos. ¡Solo cuatro! Menos aún de los que suelen verse en las estrechas calles de Montecarlo, históricamente el escenario más difícil para adelantar. Un triste récord que jamás me habría gustado que ostentara nuestro Gran Premio de España.

Desembolsar entre 350 y 400 euros por la entrada más modesta —sin asiento asignado y, literalmente, sobre la tierra— da una idea de hasta qué punto se ha desbordado este negocio.

El acceso a la curva peraltada La Monumental oscilaba entre los 570 y los 780 euros, una curva donde los monoplazas cruzaban el campo de visión del espectador durante escasos 2,5 segundos, dejando a más de uno con tortícolis para varios días.

Por un asiento en la recta de meta, los aficionados han tenido que pagar entre 1.000 y 1.500 euros, en función de la fila. Ante semejantes tarifas, cabe preguntarse: ¿le merece la pena a un verdadero apasionado pagar ese dineral por presenciar en directo algo que se saborea muchísimo mejor desde el salón de casa a través de la televisión?

Y ya que citamos la televisión, confieso que guardo de la retransmisión un recuerdo difuso, entre cabezada y cabezada. Estos trazados urbanos encajonados entre muros de hormigón, donde la línea blanca de la pista es la propia valla y el horizonte queda anulado por una masa gris impenetrable, adolecen de cualquier referencia situacional.

Todas las curvas parecen el mismo túnel repetitivo, porque los planos fijos de cámara apenas duran dos segundos en las zonas viradas antes de que el coche aparezca y desaparezca como una exhalación. Incluso las tomas de a bordo resultan monocordes, lo que, unido a la nula emoción por la imposibilidad de adelantar, convierte la carrera en un aletargamiento constante que me lleva irremediablemente al sopor.

Pero hay algo aún más inquietante en este formato de circuitos que tanto encandila a los políticos y a los magnates de Liberty, la empresa propietaria de los derechos de la F1: es solo cuestión de tiempo que ocurra un percance grave por la drástica ausencia de escapatorias laterales.

Ojalá me equivoque, pero el día en que un monoplaza quede cruzado en medio de la trazada tras un impacto, el piloto que venga por detrás no tendrá ni el espacio ni el tiempo necesarios para esquivarlo, desencadenando una tragedia.

Es una sombra que ya ha planeado demasiado cerca en trazados similares como Marina Bay en Singapur, Jeddah en Arabia Saudí, Miami en Estados Unidos o Albert Park en Australia.

Qué lejos queda aquella primera cita mía en una pista de carreras en 1979, en el mítico circuito del Jarama, a apenas 40 kilómetros de este Madring.

Tenía entonces 15 años y tuve que convencer a mi madre de que pasaría el fin de semana recluido en casa de una tía que teníamos en el barrio de Aluche. Qué ilusa. Atravesé la península de noche en un lentísimo tren expreso que tardó diez interminables horas en llegar a Madrid desde Málaga.

Desde Aluche me embarqué en un transbordo de metros desde casa de mi tía de hora y media de duración hasta Plaza de Castilla, para luego coger allí un autobús que, tras cuarenta minutos de traqueteo, me dejó a un kilómetro a pie de la entrada del circuito del Jarama.

Estaba solo, sin más equipaje que la ilusión, a punto de cruzar el umbral de algo desconocido, pero febrilmente perseguido desde que era un niño de diez años. Aquella era una F1 de barro, gasolina, ruido ensordecedor, olor a ricino y peligro real a ras de suelo. Un duelo agónico entre el piloto y su coche. No había redes sociales, ni cámaras de fotos, solo recuerdos imperecederos.

Son imágenes grabadas a fuego que me recuerdan, con melancolía, cuánto ha cambiado el alma de la Fórmula 1.