Esta semana hemos conocido el resultado del informe PISA, una pena grande. Nos han confirmado lo que esperábamos y no por ello es menos triste. Nuestros niños de quince años cada vez leen peor, entienden menos lo que leen y calculan peor. Le han intentado echar la culpa a la IA y a las pantallas.

En el informe anterior, en el que los catalanes salían con un empeoramiento enorme, intentaron echársela a la alta tasa de inmigrantes que había en la muestra. Este año directamente se han quitado alumnos de encima: Cataluña excluyó al 23,2% de los suyos —venía del 5,6%— y la OCDE le ha invalidado los resultados, que han quedado fuera del informe internacional. Murcia pasó del 4,1% al 12,7% y la OCDE avisa de que sus datos deben tomarse con precaución.

El conjunto de España se plantó en el 7,89% de exclusión, por encima del 5% que fija el propio estándar de PISA, y la OCDE advierte de que tanta exclusión sesga los resultados al alza. Para salir bien en la foto se quita a los peores, y se hace en todas las comunidades con mayor o menor intensidad. ¡Qué pena de dirigentes políticos de la educación! Y qué triste futuro si no giramos de inmediato, si no apostamos por la calidad, el esfuerzo y el mérito. Finlandia va también cuesta abajo por culpa de los inventos pedagógicos: ha perdido setenta puntos en siete ciclos desde 2006. Inglaterra, en cambio, mejora, y es uno de los solo diecinueve países que suben respecto a 2022. La foto es más importante que la realidad para poder saber, medir y corregir. La estupidez del culto al relato y a la papilla.

Hace un tiempo ya que el doble doctor ingeniero de Telecomunicaciones Jorge Blasco, creador de varias empresas, emprendedor, inversor e impulsor nato de proyectos, me sugirió una columna de estas mías defendiendo la cultura del esfuerzo. Era evidente. Dos doctorados, uno de ellos a los cincuenta, centenares de empleos creados, lucha por mejorar, por competir, por innovar, por aprender, por crear, por trascender innovando, ayudando a otros a crear, a pensar, a discernir, a crecer.

¿Cómo explicar que necesitamos muchos Jorges y un entorno —sistema educativo, profesores e instituciones— que los identifique y los empodere? Cuando ves las muchas más horas que en China, Singapur, Corea del Sur o Japón pasan los niños en la escuela, más compromiso de los maestros, mejores incentivos a los docentes orientados al resultado, las familias volcadas en la educación. De padres inteligentes, esforzados y bien formados salen niños buenos, en general.

Esta decadencia comparativa y absoluta nos condena a tener peor desempeño, peores empleos y más paro durante décadas. La brecha con China ya no es solo industrial, tecnológica, demográfica, científica. Cada vez hay muchísimos más jóvenes chinos mucho mejor preparados que los europeos, que los norteamericanos y que los pobres españolitos, a los que estamos preparando para ser tropa acrítica, incapaz de discernir, de entender y de aprender.

No es la IA, no se equivoquen. Miren el uso que hacen de las pantallas, de los teléfonos y de la IA los estonios, los singapurenses y los chinos. Esto es un problemón enorme. En la era del poder por la tecnología, nosotros hundimos la materia prima: el talento. Necesitamos muchísimos jóvenes extraordinariamente bien formados, a nivel local, estatal y europeo, si queremos competir con Rusia, con China y con Asia en los mercados, en la geopolítica y en la defensa.

Esto no es el resultado de un examen: es la foto de la capacidad de una generación para comprender, aprender, innovar y crear. Ya hace tiempo que producimos muchos menos ingenieros por cada mil habitantes que Rusia, Vietnam, Corea del Sur o China. Se han dedicado unos minutillos en los medios y en las tertulias a esta debacle y a seguir con el barro. Deberían caer cabezas, pero ya no están las «ilustres» ministras de Educación de la última década, y la balcanización fragmentada de la responsabilidad por comunidades produce el mismo efecto.

En Castilla y León son los mejores, pero también van a peor; y en Madrid, pese a una menor inversión y más privatización, están arriba de la tabla. ¿No será que la concentración de padres bien preparados, muchos de ellos funcionarios del Estado, acostumbrados a la competencia que suponen las oposiciones y los concursos de méritos, tiene algo que ver? ¿No será que la concentración de rentas más altas viene de que hay padres más preparados, mejor remunerados y más comprometidos? Aun así, van a peor en términos comparativos.

Llevo veinticinco años subiendo a Santander la última semana de agosto y este ha sido el primero en que no me he sentado en el Paraninfo. Mi organización estaba bien representada, que conste, y uno ya no tiene la obligación de ocupar butaca. Fui a ver a los amigos de la industria, que es un patrimonio que no aparece en ningún barómetro. Cenamos un bonito de temporada magnífico en la taberna del puerto, nos reímos mucho, discrepamos sobre geopolítica como siempre, y me volví a Bilbao. No tenía ninguna gana de tragarme la papilla comercial, tres días de que le expliquen a uno que la inteligencia artificial es el presente y el futuro y que lo mejor que puede hacer es dejar que se la hagan ellos. Ya me pasó con las redes de fibra, con las comunicaciones móviles, con el 3G, con el 5G, y ahora la IA hasta en la sopa.

Digo esto con la autoridad moral escasa del que ha estado dentro. Estuve en el comité ejecutivo del 2007 al 2012 y volví en 2016, con un presidente que nos hacía trabajar cada martes. De modo que lo que viene no es la queja del de fuera, sino el disgusto del de casa.

Porque conviene recordar qué se debatía en ese mismo salón hace tres veranos. En el 37.º Encuentro, la mañana de la segunda jornada fue del espacio y de los chips. La entonces secretaria general de Innovación empezó su intervención celebrando que le tocaba hablar «entre el espacio y los chips», y la frase describía el orden del día mejor que cualquier crónica. Antes había estado el director de la Agencia Espacial Española con las aplicaciones satelitales.

Después, la mesa de microelectrónica: el comisionado especial del PERTE, avisando de que aquello «va más allá de poner una fábrica», y Mateo Valero, director del Barcelona Supercomputing Center, definiendo el silicio como «el tema geopolítico más importante» después de la guerra de Ucrania, señalando RISC-V como la puerta por la que España podía colarse y rematando con seis palabras que deberían estar grabadas en la fachada de La Magdalena: sin universidades no hay chips. ¿Para qué necesitan un grupo de reflexión que piense más allá del corto plazo y del interés comercial legítimo de las empresas? La destrucción creativa.

Estos errores han engordado a AESEMI, han mejorado la posición de otras patronales en Digital Europe y han terminado de empujar fuera de casa a la gente que pensaba. Porque esta historia hay que contarla entera. En abril de 2019 fue la propia AMETIC la que invitó a un puñado de independientes —empresarios, profesionales y académicos— a constituir su Grupo de Reflexión, que durante años publicó una píldora mensual en Cinco Días hasta llegar a cincuenta. Aquel grupo es hoy Nausika, «Tecnología para el Bien Común»: una asociación con vida propia, presidida por quien fue presidente de AMETIC hasta 2024 y con quien fue director general del CDTI de vicepresidente. La reflexión no se perdió. Se mudó, se dio de alta y siguió publicando por su cuenta.

Y no era solo que se hablara. Es que la casa trabajaba. AMETIC redactó la Propuesta de Estrategia de Formación para el PERTE de Microelectrónica y Semiconductores, fechada el 7 de junio de 2023, que es el andamio sobre el que se levantaron las cátedras Chip. AMETIC coordinó e impulsó los proyectos que España presentó al IPCEI de microelectrónica y que la Comisión Europea acabó aprobando. Lo dicen sus propias notas de prensa, que ahí siguen. Eso es una patronal proponiendo política industrial, que es exactamente para lo que un puñado de empresarios fundó ANIEL en Barcelona en 1973. De aquella primera junta salieron, además de una asociación, el CDTI —su fundador estaba sentado en ella— y AENOR. Ideaban y proponían instituciones, no paneles.

Miren ahora el programa de este año. Cuarenta ediciones, más de ciento setenta ponentes, tres días. Las mañanas fueron para Microsoft, Salesforce, Samsung, Inetum, SAP y TikTok explicando la competitividad, para la digitalización de la Justicia, para los espacios de datos y para la Estrategia Deep Tech. El silicio aparece una sola vez en todo el encuentro, por la tarde, en una de las seis sesiones paralelas de los llamados Ecosistemas conectados, compartiendo mesa con la computación cuántica y los centros de datos. Las tecnologías duales y la defensa, otra tarde. El espacio se salvó porque lo llevó la ministra de Ciencia, Innovación y Universidades en plenario el último día, y menos mal.

Y ahora díganme quién sí tuvo escenario. Shein fue patrocinador Gold del Encuentro de la Economía Digital y las Telecomunicaciones. Alibaba y Xiaomi, Silver. La directora de marca de Shein para Europa, Oriente Medio y África subió a reclamar que Europa armonice la regulación del comercio electrónico porque la fragmentación dificulta la expansión internacional de las pymes. Pues vale. La compañía que ha convertido el paquete de bajo valor en una máquina de aspirar cuota europea viene a Santander a explicarnos cómo debería regularse Europa, y lo hace desde el patrocinio de oro. Pero lo que de verdad retrata la casa está más abajo en esa misma lista. Vayan a la web del encuentro y léanla entera. En platino, Google, Samsung y Microsoft. En oro, junto a Shein, TikTok. En plata, Alibaba, Huawei y Xiaomi.

Eugenio Mallol, que conoce esta casa mejor que casi nadie porque ha escrito sus primeros 50 años de historia, lo publicó el 7 de septiembre sin anestesia: en la cuadragésima edición «se ha consumado la expulsión de la industria» de los Encuentros. Ni rastro de ponentes industriales, escribe. Solo Indra figuraba en el programa. Y remata con una pregunta que escuece: ¿qué es Indra hoy?

Que nadie me diga que han borrado nada, porque no es verdad y sería el argumento más fácil de desmontar. La Comisión de Industria Electrónica existe y funciona: se reunió en junio con la SETT para analizar las oportunidades del Chips Act 2.0 y la propia AMETIC lo publicó con este titular, «AMETIC analiza el futuro de los semiconductores y la microelectrónica en España». Ahí está la cosa. Un grupo de trabajo que en junio se sienta con la Secretaría de Estado a hablar de Chips Act y en septiembre no consigue media hora de mañana en Santander no ha sido suprimido: ha sido desactivado. La prueba no es un acta, es un programa. Y al presidente de AMETIC, preguntado en junio por una estrategia europea de semiconductores que tiene toda la pinta de no salir, no se le ocurrió más que decir que es «un proyecto muy ambicioso». En 2023 la patronal escribía la estrategia. En 2026 escribe la excusa.

Pero lo más elocuente de aquella declaración del 30 de junio es lo que no dice. Para explicar cómo una casa pasa de redactar la estrategia a redactar la disculpa no hace falta buscar conspiraciones: basta con mirar quién queda. De los que estuvimos en aquello, de los directivos y los ejecutivos que empujaron la microelectrónica y el PERTE Chip desde dentro de AMETIC, no queda ninguno. Ni en el comité ejecutivo, ni en la junta directiva, ni en la casa.

El anterior presidente terminó su mandato en octubre de 2024 después de casi ocho años; la dirección general es nueva desde finales de 2025; el comité ejecutivo se ha ido renovando pieza a pieza. Unos se fueron por relevo natural y otros sencillamente se cansaron, pero con ellos se fue la agenda. Las organizaciones no pierden sus prioridades en una votación: las pierden cuando se marcha la gente que las defendía cada martes.

Tenemos uno de los mejores ministros de Industria de las últimas dos décadas justo cuando la profundidad estratégica de la propuesta de la industria española se desvanece. Dios le da pan al que no tiene dientes. ¿Dónde están las críticas constructivas que siempre hicimos? ¿Dónde las propuestas de instrumentos, de medidas y de pactos? ¿No necesitamos ya un pacto de Estado por la educación? Es clave para el sector en España. Pero no se preocupen ustedes: los demás lo tienen resuelto en sus países, donde invierten e innovan más que nosotros para luego vendernos todo sin posibilidad de competir, porque ni siquiera queda oferta.

Pero hay algo peor que lo que se dijo, y es lo que no se pidió. Esta casa fue la que propuso crear una vicepresidencia digital, o un comisionado que dependiera directamente del presidente del Gobierno, y se salió con la suya: en enero de 2020 se creó, y AMETIC lo celebró como lo que era, un triunfo propio.

Esta casa fue la que propuso los macroproyectos tractores para digitalizar sectores enteros —salud, territorios turísticos, movilidad integrada, red agroalimentaria—, que acabaron incorporados al Plan España Digital 2025 con 2.200 millones asignados y que son el embrión de eso que después llamamos PERTE. Y todavía en septiembre de 2024, en su último Santander al frente de la casa, su entonces presidente volvía a reclamar una vicepresidencia para la digitalización, la innovación y la industria.

Este año no hubo nada de eso. Ni pacto de Estado por la educación, ni por la reindustrialización, ni por la innovación. Ni un reproche, ni una queja, ni una sola petición ambiciosa. Lo que la patronal llevó a sus cuarenta velas de encuentro en Santander fue una agenda de 218 medidas repartidas entre 21 comisiones y un horizonte que se ha corrido de 2030 a 2032 para que encaje con el calendario del próximo fondo europeo de competitividad. Y por si alguien albergaba dudas sobre el cambio de altura, el titular del 30 de junio decía así: AMETIC admite que el PERTE Chip fue demasiado ambicioso y pide aprovechar los nuevos fondos europeos de 2028.

De proponer el instrumento a pedir sitio en la ventanilla del siguiente. Y todo esto, con la Ley de Industria —anunciada después de que media pyme española se pusiera a fabricar respiradores en la pandemia— aparcada y sin aprobar en esta legislatura, porque hay cosas más importantes en que pensar.

Antonio Garamendi sí dijo lo que había que decir, y lo dijo en Santander: que la hiperregulación es «el gran drama» del sector, que tenemos un «bosque legislativo que constituye un freno brutal a la inversión y a la innovación», y aquello de «no queremos limosnas, sino que nos dejen trabajar y gestionar, que lo sabemos hacer muy bien». Enfrente, el ministro para la Transformación Digital y de la Función Pública sacando pecho con un atlas de la inteligencia artificial —un documento resumen de medidas propias y heredadas— y dando por ganada la gigafactoría europea con un «estoy absolutamente convencido de que la candidatura española va a ser una de las primeras de Europa» pronunciado cuando todavía no se habían presentado las candidaturas.

Lo tangible son 719 millones vía SETT, 300 millones de aportación voluntaria a EuroHPC y 180 millones repartidos entre 372 proyectos de Red IA. De la fábrica de chips que prometió el presidente del Gobierno en 2022 ya no habla nadie: se cayó Broadcom, se admite entre dientes que «no salió por falta de interés privado» y el relato se ha mudado a los chips fotónicos, a Sparc Foundry y al IMEC de Málaga, que me parecen estupendos los dos y que no son una fábrica de lógica avanzada ni lo pretenden. Estos logros son legado de iniciativas de hace cuatro y ocho años. Lo que no hacemos y no sembramos ahora no lo recogeremos dentro de ocho. Ya no vemos reflexiones profundas como los debates de Antón Costas con Piqué o con Ana Palacio. Negocio y corto plazo. El futuro lo escriben otros.

Lo más elocuente lo publicó la propia casa. El Barómetro de la Economía Digital de este año cifra la facturación del sector en 146.660 millones, un 6,4% más, el 27% del PIB contando efecto directo e inducido, y 842.596 empleos. Magnífico. Ahora la letra pequeña: las importaciones TIC subieron a 35.864 millones y el déficit comercial tecnológico se fue a 7.312 millones, un 1,7% más, con el propio semáforo de AMETIC en rojo en importaciones y en saldo comercial. Traducido: vendemos servicios y compramos todo lo que lleva transistores dentro. Se puede facturar un récord histórico y seguir siendo un país que consume tecnología ajena. De hecho, es lo que estamos haciendo.

Y todo esto ocurría, atención a las fechas, la semana en que el mundo decía exactamente lo contrario. El 31 de agosto, primer día del encuentro, la china CXMT anunciaba producción en serie de memoria LPDDR6, estreno comercial en un teléfono de Xiaomi, después de pasar de actor marginal a cuarto fabricante mundial en menos de dos años y de entrar en beneficios. YMTC dice que será el mayor fabricante de NAND del planeta a finales de 2027, por delante de Samsung y de SK Hynix. El 1 de septiembre, segundo día, Apple —la empresa más valiosa del mundo— colocaba al frente a John Ternus, veinticinco años en la casa, ingeniero mecánico, que venía de dirigir Hardware Engineering. El jefe de hardware. Mientras tanto, el único campeón europeo de modelos frontera, Mistral, se endeudaba en cerca de 830 millones para comprar chips a Nvidia, que controla en torno al 90% del mercado mundial de GPU para inteligencia artificial. En la era del hardware, nosotros mandamos el hardware a la sesión de tarde. Bravo.

Hay un contraejemplo. El 7 de agosto, Hispasat, participada en un 89,68% por Indra, fue designada contratista principal del segmento terreno del programa europeo IRIS², más de mil seiscientos millones de euros, el sistema más grande y complejo que ha desarrollado Europa para un programa espacial, y es la primera vez que una empresa española asume la primera línea de mando de algo así. Esto debería abrir portadas y telediarios.

¿Se habían enterado ustedes? A PLD Space le adjudicó la ESA 158,9 millones para uno de los nuevos lanzadores del continente. Dos jóvenes, «los Raúles», con corazón, pasión y coco, como los de mi amigo Blasco. El sector espacial español crece por encima del 15% anual y facturó 1.500 millones en 2025; aportamos 455 millones al año a la Agencia Espacial Europea y somos su cuarta potencia. Y ya que hablamos de mil seiscientos, permítanme la rima: hace dieciocho años Elon Musk estaba a pocos días de la quiebra y lo que le salvó fue un contrato de mil seiscientos millones de dólares de la NASA para abastecer la Estación Espacial Internacional. Compra pública innovadora, no subvención.

Hoy tiene la llave de la conectividad satelital del planeta y la mitad de los dieciséis mil satélites que orbitan sobre nuestras cabezas son suyos, como recordó la propia ministra en el salón. Eso es exactamente lo que pedía el presidente de AMETIC cuando hablaba de la Administración como cliente estratégico y tractor. Nada de eso ha salido de un PERTE de cuatro años. Ha salido de que alguien decidió, hace cuarenta, que España debía tener industria espacial, y de que se sostuvo esa decisión a través de gobiernos, crisis y modas hasta que llegaron Xoople, Open Cosmos, GMV, DHV, GTD, Sener, Hispasat e Indra y muchas más. La política industrial se mide en décadas o no es política industrial: es una convocatoria.

Lo dijo en este mismo salón, y entre estas mismas paredes, el entonces presidente de la patronal: hacen falta tres pactos de Estado «que vayan más allá de los programas de Gobierno», por la educación y la formación, por la reindustrialización y por la innovación. Tres años después, el pacto de Estado que se anuncia en Santander es sobre inteligencia artificial y lo anuncia el vicepresidente primero y ministro de Economía en el acto de clausura. Los otros tres van primero señor ministro.

El 8 de septiembre, seis días después de que apagaran las luces de La Magdalena, se publicaron los resultados de PISA: 451 en lectura, 457 en matemáticas, 477 en ciencias, los peores de España desde que la OCDE nos mide. Cuarenta y cinco puntos perdidos en lectura en diez años. Y el gasto en I+D, con récord histórico y todo, sigue en el 1,50% del PIB, frente al 2,2% de media europea y al 3,17% alemán.

Mi propuesta, agnosticismo tecnológico, muchas inteligencias artificiales y no una: quien se casa con un único proveedor está firmando su dependencia. Segundo, el control en casa. Para las tareas de alta intensidad, control de procesos y robótica industrial, incorporen modelos de pesos abiertos, incluidos los chinos, que salen muy por debajo del precio de los cerrados y que en cuestión de meses han pasado de ser residuales a mover una parte enorme del tráfico mundial de tokens.

Ya sé lo que van a decirme. Pero pregúntense qué es más soberano: unos pesos que usted se descarga, audita y ejecuta aislado en su propio equipo, o alquilar inferencia por una interfaz que está en Virginia, que le cambian el modelo cuando quieren y por la que sus datos de planta salen de la fábrica. La soberanía no es dónde se entrenó el modelo. Es dónde se ejecuta y quién guarda los pesos y los datos.

En nuestra casa lo tenemos montado así: una máquina aislada, nuestra, con un Qwen dentro, haciendo inspección automática. Sin cordón umbilical a ninguna nube. Y párense un segundo a pensar qué es lo que viaja cuando uno externaliza eso: las imágenes de una inspección son su proceso, su tolerancia, su defecto recurrente y, en definitiva, treinta años de saber hacer. Mandarlas fuera para que se las clasifique un tercero es pagar una cuota mensual por exportar lo único que de verdad es suyo. Alibaba fue patrocinador Silver del Encuentro, es decir, pagó por subirse al escenario a vendernos algo, mientras sus pesos, que son abiertos y no cuestan un euro, llevan tiempo trabajando en nuestras instalaciones.

Una cosa es consumir tecnología y otra muy distinta es usarla. La patronal fue este año a lo primero. Tenemos gente muy buena, pero son pocos. Necesitamos muchos muy buenos y muy bien formados. De eso va el futuro. De tecnología y de conocimiento. De saber y de discernir. De ser más humanos y más libres antes que tropa con sopa boba.

Un autómata no puede esperar un viaje de ida y vuelta al Atlántico para decidir si para la línea. Necesita inferencia local, y la inferencia local necesita silicio, memoria y aceleradores aquí, en tu rack, no en un centro de datos a seis mil kilómetros. O sea que el futuro industrial de la inteligencia artificial es, otra vez, un problema de hardware.