A casi todos los que visitamos por primera vez la ciudad de Ceuta nos suele pasar lo mismo. Llegas con la idea preconcebida de una ciudad lejana y fronteriza, casi aislada al otro lado del mar, tan aparentemente lejana pero tan realmente cercana, y te encuentras de golpe con un lugar vibrante, lleno de vida, volcada al mar y asentada en un cruce de caminos entre continentes, bañada por dos mares el océano Atlántico al norte y el mar Mediterráneo al sur, lo cual la convierte en una rótula territorial de gran atractivo estratégico y desarrollo económico en sus posibilidades de futuro.
Eso me ocurrió hace un año, cuando crucé el Estrecho de la mano de Antonio Barranco, propietario de la compañía de helicópteros Helity que realiza el enlace aéreo entre Ceuta y Málaga y otras varias ciudades. Tuve la ocasión en aquel viaje de saludar al Presidente de la Comunidad Autónoma Juan Jesús Vivas y su equipo de gobierno, en un entrañable encuentro que además de los muchos recuerdos que nos unían acabó en una intensa tormenta de ideas sobre el futuro de Ceuta.
Aquella conversación no fue un típico repaso protocolario de palabras y posibilidades, sino un debate ilusionado sobre el futuro de Ceuta contagiado por aquel entusiasmo que hacían surgir las ideas. Y la conclusión a la que llegamos sigue hoy más viva que nunca: Ceuta no puede limitarse a lo que es en su aislamiento fronterizo, sino a lo que puede ser si es capaz de proyectarse más allá de sus límites geográficos.
Durante décadas nos hemos acostumbrado a mirar la frontera de Ceuta como si fuera un muro o un problema constante de impotencia para su desarrollo. Pero, si cambiamos el cristal con el que miramos esos límites, es precisamente su misma ubicación el mayor tesoro de la ciudad.
Ceuta no es el final de un territorio y ni siquiera el principio de otro; es el punto exacto donde se dan la mano Europa y África, el Atlántico y el Mediterráneo, como una rótula mágica en donde confluyen todas las inercias que requieren los desarrollos.
Para proyectar esa posición privilegiada no hacen falta fórmulas abstractas ni miradas de alcance corto, sino afianzar la identidad de Ceuta y desplegar una visión a largo plazo: aquella que reconozca su condición natural como excepcional confluencia de continentes y mares.
Quizá Ceuta no haya dado todavía ese salto a la modernidad que para muchas ciudades españolas significó hacerlo durante la transición democrática. Mientras otras ciudades aprovecharon aquel momento histórico para emprender grandes transformaciones urbanas, renovar sus infraestructuras, recuperar espacios obsoletos militares e industriales y proyectarse hacia nuevos territorios, Ceuta ha permanecido demasiado tiempo condicionada por su propia condición fronteriza.
Pero precisamente ahí puede encontrar ahora su oportunidad. La ciudad conserva los mimbres necesarios para emprender una reconfiguración profunda y articular un nuevo lugar en sus confluencias territoriales. No se trata de negar la frontera, sino de superar la patología del confín: dejar de entender la línea como cicatriz divisoria para convertirla en un espacio de conexión, intercambio y oportunidad.
No faltan ejemplos en el mundo que nos rodea: Basilea ha construido una verdadera aglomeración entre Suiza, Francia y Alemania a partir de la cooperación transfronteriza; Lille convirtió su posición estratégica en el corazón de Europa y el motor de una extraordinaria renovación urbana y económica; y Shenzhen transformó su condición de ciudad fronteriza frente a Hong Kong en el punto de partida de una de las mayores operaciones de crecimiento e innovación del mundo.
Son realidades incomparables en escala y contexto a las de Ceuta, pero comparten una misma lección: una frontera no tiene por qué ser el final y cierre de una ciudad, sino precisamente el lugar desde el que comienza su transformación sin dejar de ser una sólida y potente frontera.
El problema de Ceuta quizá no sea su condición de ciudad fronteriza, sino haber terminado pensando exclusivamente como frontera física. La diferencia es enorme. Una frontera puede ser un límite, pero también una puerta.
Ceuta tiene ahora la oportunidad de cambiar esa mirada: dejar de sentirse en el extremo para entenderse en el centro de algo mucho mayor, en el punto donde Europa y África se encuentran.
No se trata de borrar la frontera, sino de reinterpretarla sin renunciar a la condición y características que deberían definir su propia identidad. El verdadero reto es dejar de mirarla como un muro que aísla para empezar a entenderla como un espacio de encuentro, intercambio y oportunidad.
La frontera es una barrera cuando se vive desde el repliegue y la defensa, pero se convierte en puerta cuando se proyecta desde la conexión y la oportunidad hacia fuera. Y ahí radica la gran asignatura pendiente: transformar la vieja restricción geográfica en el gran argumento de su futuro.
Ceuta se encuentra en una de las autopistas marítimas más transitadas del planeta. Puede potenciar su posición estratégica cualificando adecuadamente su importante logística. Posee desde 1863 la condición de puerto franco y mantiene hoy un régimen económico, fiscal y aduanero singular dentro de España y de la Unión Europea.
Su exclusión del territorio aduanero comunitario, junto con la mejora de sus impuestos, configura un marco específico que nació históricamente para compensar su aislamiento y favorecer su actividad comercial. Hoy esa condición puede adquirir un nuevo significado de gran alcance.
Lo que durante décadas fue concebido fundamentalmente como una compensación por la distancia y el aislamiento puede convertirse en una ventaja estratégica: hacer de Ceuta una plataforma de intercambio, logística, servicios y actividad empresarial entre Europa y África como puerto franco, convirtiendo el régimen fiscal en una herramienta potentísima para atraer empresas on line, tecnología y ciberseguridad.
Conectarse como base importante del Málaga TechPark, es darle también un complemento que podría interesar a ambas ciudades. No necesita imitar a Silicon Valley, ni a los destinos turísticos masificados sino encontrar en su peculiar característica fronteriza su propia identidad.
La transformación profunda de Ceuta constituye, quizá, una de sus grandes decisiones. La ciudad podría comenzar a protagonizar su necesario proceso de modernización que experimentaron muchas otras ciudades españolas en la etapa de la transición.
La liberación de viejos cuarteles militares es la gran oportunidad de ganar terreno en la ciudad para crear nuevas y potentes centralidades de carácter empresarial y desarrollo urbano. Son suelos que permitirían importantes remodelaciones urbanísticas para dotar también a la ciudad de nuevos equipamientos docentes y sanitarios, de espacios colectivos y viviendas asequibles para esa población que pudiera atraer su capacidad de desarrollo económico y empresarial.
Precisamente son las acciones que pueden convertirse en nuevas oportunidades: hacer ahora la transformación que la ciudad no pudo emprender entonces, aprovechando los espacios disponibles, modernizando sus infraestructuras, mejorando su relación con el mar y con sus territorios construyendo una ciudad más abierta, conectada y preparada para asumir el papel estratégico que su posición fronteriza le ofrece.
Es evidente que para que todo esto funcione se necesitan tres pilares básicos: una fuerte estabilidad, buenas comunicaciones y una frontera segura. Proteger la frontera no significa cerrarle las puertas al progreso; al contrario, es la garantía indispensable de tranquilidad que necesitan los vecinos y las empresas para invertir y asentarse.
Ceuta no puede ser vista desde fuera como un mero titular de prensa sobre crisis o geopolítica ante la sociopatía de un Gobierno que de lejos observa los acontecimientos más como un problema de frontera que de progreso, y no como una enorme oportunidad geográfica que la propia ubicación de Ceuta ofrece y requiere.
La falta de sensibilidad o el desinterés de la política nacional no pueden condenar a la ciudad al estancamiento, ni convertir un desafío gestionable en una condena permanente de un problema de fronteras hasta parecer hacerlo irresoluble.
La transformación profunda de la urbanidad de Ceuta sigue siendo, quizá, su gran asignatura pendiente. La ciudad no llegó a realizar aquella renovación urbana de la transición española. Hoy, casi medio siglo después, esa tarea continúa abierta, y los acontecimientos recientes han demostrado, con una crudeza que nadie puede ignorar, que ya no es posible aplazarla.
La crisis fronteriza de este verano, con una sorprendente e interesada presión migratoria, ha puesto de manifiesto la vulnerabilidad de una ciudad cuya condición estratégica exige una más eficaz respuesta de Estado para dejar estos permanentes conflictos y pensar más allá de ellos para alcanzar un futuro estable.
Pero la respuesta no puede limitarse a reforzar la frontera cada vez que aparece una crisis. Una frontera verdaderamente fuerte necesita también una ciudad muy potente detrás de ella. Una estable seguridad, por supuesto, pero también una importante actividad económica, empleo cualificado, vivienda, infraestructuras, universidad, tecnología, puerto, conectividad y calidad urbana que la convierta en abierta rótula territorial y no en cerrada frontera que la debilita y la hace vulnerable.
Recuperar los grandes espacios hoy infrautilizados, modernizar sus equipamientos y construir una estructura urbana capaz de mirar hacia el futuro en lugar de permanecer condicionada por sus propias limitaciones, es una necesidad para alcanzar su pendiente modernidad.
Es cierto que a Ceuta no le han faltado planes como el Plan Integral aprobado en 2022 que planteaba una transformación estructural, y todavía actualmente se reconocen retrasos en algunas de sus previsiones. Durante los últimos años se han sucedido estrategias, programas integrales y compromisos de inversión del Estado, algunos de ellos ambiciosos y con recursos importantes.
Pero la experiencia nos demuestra que un plan, por sí solo, no transforma una ciudad sino son los proyectos cuando tienen localización, presupuesto y responsables que lo ponen en marcha, calendario y voluntad política para ejecutarlos.
Ceuta no necesita ahora otra declaración de intenciones, y menos aún otra nueva colección de iniciativas administrativas del Estado que se diluyan entre procedimientos y plazos. Elegir unas pocas actuaciones estratégicas, concretos y visibles proyectos —urbanas, portuarias, económicas, residenciales y de conectividad— y llevarlas a la realidad en tiempos prudenciales, tendría más efecto que muchos planes ineficaces para poder pasar de gestionar programas a construir la ciudad.
Y aquí la responsabilidad del Estado resulta determinante. Ceuta no puede afrontar en solitario una transformación que afecta directamente a los intereses estratégicos de España y de Europa.
La actual crisis ha demostrado hasta qué punto la seguridad, la economía y la estabilidad de la ciudad están inseparablemente relacionadas; los recientes paquetes de apoyo estatal, con cientos de millones movilizados, pueden ser una respuesta necesaria a la emergencia, pero deberían servir también para algo más ambicioso: convertir la respuesta coyuntural en el punto de partida de una transformación estructural de Ceuta.
Hace falta, por tanto, una decisión política firme y sostenida en el tiempo: que el Estado no se limite a financiar Ceuta simplemente por mantener la frontera, sino que se comprometa con su proyecto de ciudad abierta como rotula de dos continentes y dos mares. Que defina conjuntamente con la Ciudad Autónoma cuáles son las grandes operaciones que pueden cambiar realmente su futuro, las dote económicamente, simplifique su gestión y garantice su ejecución.
Porque una frontera europea fuerte no se construye únicamente con medios de seguridad; sino principalmente con una ciudad moderna, próspera, conectada y capaz de ofrecer oportunidades en su posición estratégica. La nueva Ceuta debe alzarse sobre esa fortaleza: consolidando una frontera exterior sólida y segura, mientras proyecta hacia el interior una ciudad dinámica, abierta e innovadora.
Ahí está el verdadero acierto que deberían tener ahora sus gobernantes: no permitir que la crisis vuelva a encerrar a Ceuta en el permanente relato de la frontera. Al contrario, debe ser el momento de utilizar la fortaleza del Estado, de Europa y de sus propias instituciones para dar el salto que quedó pendiente.
Una frontera segura no tiene por qué ser una frontera cerrada al futuro. Puede ser una frontera moderna, permeable al conocimiento, a la inversión, a la cultura y a las relaciones económicas, pero firme y fuerte frente a cualquier presión que pretenda utilizarla como instrumento de desestabilización.
Los momentos difíciles invitan a acobardarse, pero también a fortalecerse, porque la respuesta no puede ser resignarse solo a resistir indefinidamente las continuas instigaciones intencionadas para provocar su inestabilidad sin más objetivo que obtener su posesión. Ceuta no tiene aliados permanentes ni enemigos que puedan serlo para siempre.
Las circunstancias cambian, las fronteras políticas se tensan o se relajan y los intereses de unos y otros se transforman. Lo único que permanece es la realidad de Ceuta como ciudad española y europea, defenderla no significa vivir de espaldas a nadie, sino saber ocupar con inteligencia el lugar que la historia y la geografía le ha dado a Ceuta como rótula de dos grandes continentes. El planteamiento estratégico de la ciudad apunta ya en esa dirección: puerto, turismo, digitalización y economía del conocimiento.
Más allá del prisma reduccionista de la frontera, el verdadero potencial de la ciudad radica en articularse como puente entre Europa y África, transformando su posición geográfica en un activo estratégico, económico y cultural a escala intercontinental.
Investigación marina y biotecnología, energías renovables, industria náutica, producción audiovisual, servicios sanitarios y universidades especializadas, centros de investigación y nuevas empresas que encuentren aquí su plataforma europea de relación con África.
No requiere competir en tamaño con otras ciudades. Necesita mostrar su singularidad, conocimiento y calidad urbana. Hacer de su condición de frontera no una barrera, sino su principal activo como puerta. Porque quizá el verdadero futuro de Ceuta no esté en dejar de ser frontera, sino en convertirse en el mejor lugar de Europa para entender, conectar y trabajar con África como continente.
Ceuta no tiene que esperar a que el futuro llegue porque ya lo tiene, lo que está en juego es decidir cuándo quiere construirlo.