Salgo a la calle y veo a la gente gastar como si no hubiera mañana. Cada madrugada que me levanto a las 4:30 para ir al aeropuerto, las calles son un hervidero de jóvenes. La vivienda no baja; se vende y se alquila todo lo que se pone en el mercado. Los precios no paran de subir.
Hemos puesto gasolina en Baviera a 2.75 Euros el litro. Aquí subsidiamos en lugar de desincentivar el consumo, como hacen en Alemania. Así nos va, financiando gasolina por igual a los que podemos pagarla y a los que no, incluidos los miles de franco marroquíes que cruzan España sin pagar ni autopista y con gasolina subsidiada por los contribuyentes españoles.
En Francia pagas casi doscientos euros en autopistas por cruzarla, las ciudades exigen una viñeta de 0 emisiones. En República Checa, Eslovaquia, Hungría, tienes que pagar del orden de 30 euros por 10 días de viñeta. Aquí, atamos los perros con longanizas y no le cobramos nada a nadie. ¡Viva Óscar Puente y sus antecesores!
Hace tres años, en San Francisco pagamos el impuesto turístico más caro de mi vida y aquello estaba a tope. Cabezonerías de no ponerlo en España, y en Andalucía en particular, dedicando a contrarrestar la caída de viviendas por las pernoctaciones en apartamentos turísticos.
La capacidad de ahorro de los españoles ha caído hasta el 12%, 0.7 puntos. Los últimos datos del primer trimestre de 2026 muestran una bajada pronunciada hasta el 4,1%. Nos estamos fundiendo insensatamente los ahorros.
La inflación para arriba, el Euríbor también, el tipo de referencia del BCE también, el bono a 30 años de Estados Unidos por las nubes. Lo de que vamos como una moto, es cierto, pero contra un muro.
Y, sin embargo, los petardos de la información económica celebran que «la inflación se modera».
Cuidado con la trampa: que baje la inflación no significa que bajen los precios, significa que suben algo menos deprisa. Agosto les ha roto el relato a pesar de los descuentos. El nivel sigue arriba, y subiendo.
La inflación de verdad se mide mal, con un IPC amable, y se ve mucho mejor contra los activos con los que la gente se refugia: el oro y el ladrillo. Pregúntenle a cualquiera que ande buscando piso.
De momento, como no hay manera de conseguir hipotecas, hemos bajado el endeudamiento de las familias hasta el 42.5% del PIB desde el 64% del 2009. Los españoles (42.8% sobre PIB) menos endeudados que nuestros colegas de la eurozona, pero tranquilos, que si seguimos empeñados en librar una guerra proxy en Ucrania, provocar a los rusos a una guerra que nunca ganaremos, y en tener energía hipercara, y nos gastamos los ahorros, esto durará un silbido.
Nos están bajando la ley de la moneda, a saco. Cada vez que sucede, se produce una revolución, en el siglo XVIII le costó la cabeza a media aristocracia francesa incluyendo Luis XVI and family. Cada vez que ha habido un crash y una hiperinflación han rodado cabezas y unos pocos, siempre los mismos, se han forrado.
Recordad lo que para ganar dinero debe haber sangre en las calles.
En el año 301, Diocleciano promulgó su Edicto de Precios Máximos. Llevaba el Imperio más de un siglo degradando el denario: emperador tras emperador, la moneda de plata había ido perdiendo metal hasta quedarse en un disco de bronce apenas aplastado y plateado.
Los precios, claro, se disparaban. La ocurrencia del emperador fue fijar por decreto el precio máximo de más de mil productos y servicios, del trigo al jornal de un maestro, con pena de muerte para quien vendiera más caro.
¿Resultado? Los géneros desaparecieron de los mercados. Nadie vende a pérdida: se acaparó, se traficó en negro y el edicto quedó en papel mojado. ¿Les suena? Porque la inflación no estaba en las etiquetas, estaba en la moneda. Se puede decretar el precio; no se puede decretar el valor. ¿Les suena?
"El economista maestro debe poseer una rara combinación de dotes. Debe ser matemático, historiador, estadista y filósofo [...] Debe contemplar lo particular en términos de lo general, y tocar lo abstracto y lo concreto en un mismo vuelo del pensamiento. Debe estudiar el presente a la luz del pasado para los propósitos del futuro". (Alfred Marshall sobre su maestro John Maynard Keynes, 1924).
¿Por qué desprecian la historia algunos políticos populistas que hablan de topar los precios de ciertos bienes y servicios? ¿Son idiotas? No creo. Nos toman por ello.
Hoy no bajamos la ley del denario: imprimimos. Los manguerazos de liquidez, constantes, para que la cosa no se pare, son la versión moderna del recorte de metal.
Y, como en Roma, tapamos el síntoma y no la causa: proyectos insostenibles, inversiones que no se recuperarán, salidas a bolsa absurdas y una montaña de deuda que crece para que la fiesta siga. Es la patada hacia adelante hecha sistema. De momento funciona. Como funcionó el edicto de Diocleciano: un rato.
Schumpeter afirmó explícitamente que si tuviera que empezar de nuevo su carrera académica y elegir un solo campo de estudio, elegiría la historia económica. Yo también. La electrónica me ha dado de comer pero la Historia me ha dado sentido, y el hombre busca sentido.
Se ve bien en las materias primas. Una economía real fija el precio de venta sobre el coste de reposición del stock: lo que costará reponer lo que acabas de vender. Una economía financiarizada lo fija sobre expectativas y futuros.
Por eso, cuando estalló la guerra en la que Irán le está dando estopa a los EE.UU., el cobre, el aluminio —fue bombardeada con éxito una de las mayores plantas del mundo, en Baréin, allí tengo yo unos amiguitos que hace dos años celebraban con lujo asiático la Fórmula 1, este año habrá que ir con casco y chaleco antibalas, de McLaren, por supuesto—, la poliamida, el polipropileno, el amoniaco y el azufre se dispararon; y por eso, el día que se anunció la firma del memorando de entendimiento, se desplomaron todos a la vez, antes de que se moviera un solo barril o una sola tonelada de más. No reaccionaron a la oferta. Reaccionaron al relato.
Yo he fijado precios en una fábrica, y quien lo ha hecho distingue a la legua un precio de reposición de uno de casino. Están a cañonazo limpio de nuevo y la capacidad de China de regular la demanda y los recursos mundiales se agota.
Muchos economistas contemporáneos, como Thomas Piketty o Paul Krugman, denuncian que los planes de estudio actuales de las universidades han marginado asignaturas vitales como la Historia del Pensamiento Económico, creando profesionales brillantes resolviendo ecuaciones, pero desarmados para entender el origen de las grandes crisis financieras. Yo, más humildemente, denuncio la falta de conocimiento de la Historia a secas.
Y mientras tanto llenamos el depósito casi al precio de antes de la guerra, en plena tercera guerra del Golfo. Un espejismo caro: la reserva estratégica de Estados Unidos está en su nivel más bajo desde 1983, un 56 % vacía, tras sacar cerca de 99 millones de barriles desde que el estrecho de Ormuz se cerró el 28 de febrero.
Nuestros gobiernos, en lugar de asumir el problema, bajan los impuestos al carburante para que no se note. Subsidiar el consumo de un bien escaso no arregla el desabastecimiento: lo esconde, y lo paga el contribuyente dos veces. Ministro Cuerpo, Vd. sabe que esto no va bien. Oferta y demanda. El precio la regula.
Douglas North explicó que es imposible entender por qué unas naciones son ricas y otras pobres hoy en día sin estudiar su historia. Las instituciones (leyes, costumbres, derechos de propiedad) creadas hace siglos determinan las decisiones económicas del presente.
La punta del iceberg está en la nube. El pasado 21 de julio, una investigación de Nikkei cifró en 1,65 billones de dólares la deuda que cinco gigantes tecnológicos —Alphabet, Microsoft, Amazon, Meta y Oracle— mantienen fuera de balance para pagar la fiebre de la inteligencia artificial. Es más que los 1,35 billones que declaran abiertamente, y ocho veces el nivel de hace cuatro años.
Meta esconde así unos 420.000 millones, el triple de su deuda reconocida; Oracle, unos 273.000. Son estructuras primas hermanas de las que hundieron a Enron, solo que hoy son legales. Y el síntoma que lo corona: Alphabet, la máquina de generar caja más fiable de internet, presentó su trimestre más rentable y, a la vez, su primer flujo de caja libre negativo desde que salió a bolsa en 2004. Gasta más de lo que ingresa. Ha elevado su inversión de 2026 hasta los 205.000 millones y ha doblado su deuda a largo plazo.
Para hacerse una idea de en qué se gasta, conviene leer a Pep Martorell, que lo ha explicado con las imágenes a escala.
El nuevo centro de datos Hyperion, de Meta, en Luisiana, tendrá cinco gigavatios de potencia y costará más de 50.000 millones; ocupará cuatro veces el Central Park y necesitará diez centrales de gas construidas ex profeso, que por sí solas aumentan en un tercio la capacidad eléctrica de todo el estado.
Una sola empresa, para un solo proyecto, ampliando en un tercio la red de un estado entero.
El mayor experimento científico de la historia de la humanidad, el LHC del CERN, costó unos 5.000 millones. Hyperion costará diez veces eso. Dice bastante de dónde ponemos las fichas como especie. Ya lo escribí en «Modelos abiertos»: Occidente apuesta por una inteligencia artificial carísima que un puñado de gigantes se endeuda hasta el cuello para pagar; China, por que cientos de miles de empresas la adopten barata. Más por menos.
Friedrich Hayek compartía exactamente la misma preocupación sobre la hiperespecialización técnica. Para él, las herramientas que permiten el comercio (el dinero, la propiedad, los precios) no son diseños matemáticos puros, sino fruto de la evolución histórica.
"Nadie puede ser un gran economista si es solo un economista, e incluso me atrevo a añadir que un economista que es solo economista es probable que se convierta en una molestia, si no en un peligro real". Ministro Cuerpo. Lo siento. No vamos bien. La burbuja de la IA será peor que la del ladrillo y la de las puntocom. Y no estamos preparados porque no aprendemos de la historia.
¿Es todo humo, entonces? No, y aquí está el contraste que importa. Esta semana el mercado corrigió en las tecnológicas y en Tesla, que entregó más coches que nunca —480.126, un 25 % más— e ingresó un 26 % más, pero vio caer su beneficio operativo un 57 %.
Vende más y gana menos, y es lógico: la guerra de precios del coche eléctrico. Solo que esa guerra es una buena noticia, para el bolsillo del comprador y para el planeta. Las baterías son cada vez mejores, duran más y cuestan menos; y esa guerra, la de las baterías, la tiene ganada China.
Ahí, en lo tangible, sí se crea valor. El espejismo financiero infla; la industria real abarata. No es lo mismo.
Hemos confundido liquidez con riqueza, y una tasa de inflación a la baja con que vamos bien en lugar de menos mal, y financiamos el espejismo con deuda que ni siquiera contabilizamos.
El niño que señala al rey no necesita un modelo econométrico: le basta con mirar el precio de un piso, el de una onza de oro o los 1,65 billones que no figuran en ningún balance de las magníficas. No hay que profetizar la fecha del batacazo, que para eso están los agoreros. Basta con enseñar la contabilidad.
Los deberes no son difíciles. Primero, medir bien: una inflación honesta, contada también contra los activos reales, y unos balances honestos que saquen a la luz la deuda escondida, como ya reclaman Nikkei, Morgan Stanley y Moody's. Lo que no se mide, no se gobierna.
Segundo, no confundir liquidez con riqueza: dejar de subsidiar el consumo para tapar un problema de oferta y poner ese dinero en seguridad energética, almacenamiento, bombeos reversibles, y capacidad de reposición. Y tercero, colocar las fichas donde se crea valor de verdad.
Si vamos a gastar en un centro de datos diez veces el mayor experimento de la historia, que al menos sea rentable; pero lo que abarata la vida —las baterías, la energía y materias primas competitivas, la productividad real— es donde España y Europa deberían construir en lugar de pagar peaje.
El Edicto sobre Precios Máximos (301 d.C.) no fue la causa única de la caída del Imperio Romano, pero sí actuó como un potente catalizador. Agravó profundamente la crisis económica existente y forzó cambios estructurales que terminaron sentando las bases del feudalismo y la desintegración del Imperio de Occidente.
Intentó solucionar una hiperinflación desbocada —causada por décadas de devaluación de la moneda para pagar a un ejército cada vez mayor— fijando precios máximos por ley para miles de productos y salarios, bajo pena de muerte. ¿Les suena? Si no se repite, rima.
Nosotros creemos que la riqueza se fabrica con liquidez y que un piso a precio de oro es señal de bonanza. Aquí, en España, con la vivienda por las nubes y el llenar depósito subsidiado, deberíamos saberlo mejor que nadie: se puede decretar el precio, pero no el valor. El valor se fabrica. Y para fabricarlo hace falta, todavía, una fábrica.