Cada vez me gusta más entablar una conversación con personas desconocidas. En la Feria de Málaga, en la caseta Larios 15, tan ambientada con su música en directo, llena de maduros interesantes, el jueves fui atendido en la barra por un chico joven profesional, simpático y divertido.
Cuando el trasiego de copas dio paso a las comandas de bocadillos de jamón o de lomo, pude por fin hablar con él, todo un descubrimiento. Y es que Iván Echeverría era navarro, se sorprendió de mi afición por Osasuna de Pamplona desde los tiempos sagrados y míticos del goleador Patxi Iriguíbel, trabaja en un puesto ejecutivo en el grupo hotelero Eurostars, y estaba allí porque era amigo de los hijos de uno de los socios de la caseta.
Intercambiamos móviles y perfiles de LinkedIn, y seguimos en contacto, porque a él también le encanta la mixología y el noble arte de los cócteles -fue profesional, de hecho- y cuando vaya a Barcelona tenemos una ruta pendiente. Un tipo estupendo.
Algo parecido me ocurrió en una exposición de fotografía a la que fui sin pretenderlo, acompañando a unos amigos. Me presentaron a un señor colombiano y en décimas de segundo le confesé mi amor empedernido por la literatura hispanoamericana en general, y la peruana y colombiana en particular.
Así que quedamos una mañana para conocernos mejor con la excusa del trabajo -él desempeña un alto cargo creativo en una solvente empresa malagueña del sector de la moda-, y de aquella conversación salió una visita a sus instalaciones, una charla en torno a la película colombiana Un poeta, y una agradable relación que retomar en cuanto finalice agosto y nuestras actividades laborales ya estén a pleno rendimiento.
Si cuento esto es porque no dejo de leer noticias sobre el fin de la socialización, el desinterés por hablar con desconocidos: impera la apatía hacia el diálogo y la sorpresa, y la posibilidad de conocer de repente a personas estimulantes.
Incluso la diversión de siempre sufre la persecución de los amantes del silencio y la tranquilidad forzada. En La Vanguardia, por ejemplo, Miguel Molina escribía el 22 de agosto una columna titulada “Peligro: gente sociable anda suelta”, en la que contaba desde las quejas vecinales hacia una instalación de juego de petanca para jubilados (sí, asombroso), hasta las denuncias contra la música en directo en fiestas de barrio que nunca habían suscitado protestas ni demandas imperiosas de extinción por vía judicial.
Que España es un país ruidoso lo sabemos. Quienes usamos el transporte público ferroviario, lo he dicho muchas veces, sufrimos la ausencia de auriculares y el mal gusto de los pódcast, videos virales de TikTok y todo tipo de contenidos que agreden nuestros oídos a horas tan tempranas como las 7 de la mañana.
Pero a veces me pregunto si preferiría viajar en un vagón de tren donde cada pasajero tuviese sus propios auriculares, todos ausentes, todos alejados de sus vecinos de asiento, cada cual encerrado en su propio mundo y su espacio mental.
Y una cosa es poner orden en los eventos demasiado ruidosos, o en los planes para convertir el Bernabéu en un escandaloso auditorio a cielo abierto en mitad de la Castellana, y otra muy diferente pretender que nadie haga ruido, ni siquiera jugando a la petanca o bailando en una verbena popular.
Desde los Estados Unidos, país que marca demasiadas tendencias, no llegan buenas noticias. The Atlantic, revista de referencia tan poco conocida y tan poco leída, publicó el año pasado un muy extenso reportaje firmado por Derek Thomson y titulado “El siglo anti-social”, un devastador paseo por la epidemia de soledad no deseada que azota los Estados Unidos y que está detrás de nuevos negocios como las amistades virtuales o la inteligencia artificial de acompañamiento.
La gente no sabe relacionarse, no quiere relacionarse, y esta desconfianza intolerante, esta carencia de una diplomacia mínima para convivir con quienes piensan de una manera diferente, está consiguiendo que se evite la fricción, que se huya del conflicto a cualquier precio, porque sólo se admite al clon, al que piensa lo mismo y nos da la razón en todo. Parafraseando a Obélix, están locos estos americanos.
Pero la epidemia de soledad, que va más allá de lo imaginable, no es sólo estadounidense. Sobre lo primero: otro texto de The Atlantic, esta vez de Rose Horowitch, desvelaba hace unos días que ya ni los universitarios salen de fiesta. Se refería a los campus americanos, claro, no a mis hijos ni sus amistades, cuyos deseos de socialización desafían todas estas noticias y presagios negativos.
Por lo visto, en los Estados Unidos, en 1994 el 32% de los universitarios pasaba al menos seis horas a la semana de fiesta, y ese porcentaje ha bajado al 21% en 2026. ¡Pero si yo mismo salgo más que esos chavales! Y en ese mismo artículo también podemos leer que sólo dos tercios del alumnado pasa más de seis horas a la semana hablando cara a cara con sus amigos. Menuda locura.
En China acaban de prohibir los chatbots románticos, porque tampoco allí la gente se atreve a hablar con otras personas, a relacionarse, a flirtear. Es más cómodo chatear horas y horas con una inteligencia artificial que se convierte en pocas semanas de interacción en tu amigo, tu confidente, tu alma gemela.
Hemos pasado del Bowling alone, del mítico diagnóstico de Robert Putnam de finales de los 90 sobre el declive de la idea de Comunidad (con mayúscula), al nuevo Chatting alone que propone Hong Shen, profesora de la Carnegie Mellon University, para llamar la atención sobre el desplazamiento de las relaciones humanas hacia las interacciones con máquinas entrenadas con inteligencia artificial.
Máquinas programadas para darnos la razón, halagarnos y hacernos sentir bien, lejos de la difícil (¿) convivencia con compañeros de clase y de trabajo, amistades o parejas.
No sé si será el Mediterráneo, el clima, la genética o mi cabeza, pero me veo tan lejos de todo lo que leo que de momento tan sólo me preocupa vagamente. Pero si la tendencia se impone, vamos hacia un mundo donde la idea de Comunidad estará mal vista y la socialización incomprendida.
Ni Orwell, ni Huxley: cada uno encerrado en su vida privada, ajeno a los problemas o alegrías de los demás, ensimismado en una pecera artificial de códigos, promptsy bienestar sintético. No dejen de hablar con los demás, por favor. Y no renuncien a ir a todas las fiestas, ferias y verbenas que puedan. Cualquier día van a desaparecer, porque la soledad es el nuevo negocio y el aislamiento individualista el nuevo modelo. Separa y vencerás, nada es casualidad.