El pasado domingo les conté que hay una Europa que no es la solución, que Ortega como último representante ilustrado de la quinta columna del Norte, representaba una carga de complejos y sesgos y que la papilla individualista, materialista, que pone el tener y el gastar antes que el ser y el vil metal en el centro, lleva doscientos años contándonos quiénes somos. El mismo día, me encontré con que The Economist le estaba haciendo “un traje” al hombre que ha convertido esa misma discusión en la econometría oficial de Occidente. Tres piezas en cinco días.

El 17 de agosto, un ensayo de siete minutos en Finance & economics titulado «El economista más influyente del mundo resulta extrañamente poco convincente», con un subtítulo que es una puñalada: «A Daron Acemoglu se le venera. ¿Por qué?». Cualquier economista que cuestione, de manera seria, el sistema, que yo llamo del Norte, pero que lleva siglos impulsado por los que fomentan y se benefician de la gran banca apátrida y de los ciclos de la deuda, la inflación, las crisis y los conflictos, es unas veces sutilmente y otras, no tanto, desmontado por la revista. El sistema no se puede cuestionar. Que la secularización ha eliminado criterios éticos en las decisiones tampoco. Solo importa el resultado.

El mismo día, en Culture, la reseña de su libro nuevo. Una crítica de la evolución del Liberalismo, si es que se le puede llamar ya evolución o liberalismo. Y el 21, la carta de respuesta del propio Acemoglu, publicada entera, firmada como Institute professor del MIT. Acusación, sentencia y derecho de réplica en el mismo periódico. Eso no pasa casi nunca. Dar espacio al criticado para que se defienda no es lo habitual.

El 20 de diciembre de 2019, El País publicaba un amplio reportaje de Patricia R. Blanco titulado «Las citas tergiversadas del superventas sobre la leyenda negra española», en el que se señalaban presuntas erratas, citas incorrectas y omisiones bibliográficas en el libro de Elvira Roca Barea. No tuvo la misma suerte para explicarse en el mismo medio que ha tenido Acemoglu.

En el propio texto del artículo se refleja que la periodista sí contactó previamente con la autora para consultarle sobre algunas de las inconsistencias señaladas. La pieza incluyó breves declaraciones y justificaciones de Roca Barea respecto a puntos específicos (como la omisión de fragmentos en citas o el cálculo de cifras históricas).

A pesar de ese contacto previo, el entorno de la autora, así como diversos medios y académicos críticos con el reportaje, sostuvieron que no se le concedió una defensa en igualdad de condiciones. Se cuestionó que el formato del reportaje consistía en una enmienda a la totalidad de su trabajo investigativo, donde sus alegaciones se reducían a breves matizaciones insertadas en la argumentación del propio periódico. Partidarios de la historiadora y artículos de opinión en otros medios señalaron que El País no dio un espacio equivalente o una tribuna de réplica completa para que contestara detalladamente a cada uno de los reproches metodológicos vertidos contra su obra. Debido a la imposibilidad de sostener una réplica extensa en las mismas páginas del diario, la respuesta defensiva de Roca Barea y sus defensores se canalizó mediante entrevistas y artículos en otros medios de comunicación, donde acusaron a El País de parcialidad ideológica y de formar parte de una corriente contraria a desmontar la Leyenda Negra.

A mi juicio, los lectores merecen conocer siempre las distintas versiones y poder formarse un criterio propio, no que le den la papilla del criterio ya preparada y lista para consumir y sesgar. En el debate habita la verdad.

Acemoglu, le sonará a poca gente. Compartió el Nobel de Economía de 2024 con Simon Johnson y James Robinson por explicar cómo las instituciones determinan la prosperidad de las naciones. Es coautor de Por qué fracasan los países. Compite con Andrei Shleifer por el primer puesto del ranking mundial de citas. Y su Nobel dicen que se apoya, sobre todo, en un solo artículo de 2001 con esos dos colegas, citado más de veintitrés mil veces.

La tesis es preciosa por lo sencilla: allí donde los colonos europeos se morían a espuertas, por la fiebre y el clima, montaron instituciones «extractivas», pensadas para sacar todo lo posible y salir corriendo; allí donde el clima era amable y sobrevivían, montaron instituciones «inclusivas», con carreteras, escuelas y médicos. Aquellas instituciones persistieron. Por eso hoy unos son ricos y otros pobres. Elegante, medible y con una variable instrumental de manual: la mortalidad de los colonos. Yo lamento que no distinguiera entre europeos del Norte y europeos del Sur, ni que reconociera que en el Caribe había el mismo clima y las mismas pestes y los españoles levantaron escuelas y universidades 3 siglos antes que los demás Santo Domingo, 1538, Santiago de la Paz, 1558. En Barbados un college de 1745 se convierte en universidad en 1875, cuando se afilia a Durham. Pequeños matices entre europeos. Pero adelante.

Importante desmontar el mensaje que deslizan contra el laureado economista porque su Nobel, como todos, se da por una carrera una contribución al conocimiento de la Economía, no por un artículo, si no, cada año, sacando las estadísticas de los artículos más citados de cada rama, sabríamos de antemano los ganadores. Nos toman por idiotas. Que el artículo haya pesado, sin duda, que se la hayan dado solo por eso… ya les vale.

En cualquier caso, las instituciones que montaron los españoles entre 1520 y la llegada de los Borbones, las que quedaron desde 1700 hasta las Cortes de Cádiz y el destrozo que montaron los libertadores y sus descendientes para pagar las deudas impagables que quebraron a Inglaterra y medio mundo en 1825, nada tienen que ver. Me cuesta comprar el argumento del autor que presupone que, por ejemplo, EEUU tenía instituciones inclusivas cuando ni estadounidenses negros, ni chinos pudieron ejercer derecho al voto hasta hace dos días.

En su monumental obra Imperios del mundo atlántico. España y Gran Bretaña en América (1492-1830) (2006), el célebre hispanista e historiador británico John H. Elliott ofrece un contrapunto directo a las visiones reduccionistas y esquemáticas de la historia colonial.

Elliott distingue las dos sociedades por cómo gestionaron la diferencia humana y racial.

El Imperio español fue "incluyente" (aunque altamente jerárquico): Incorporó a las poblaciones indígenas y sus élites dentro de la estructura jurídica, nobiliaria, cultural y económica del imperio (nobles, aristócratas, sacerdotes, frailes, como mano de obra, sujetos tributarios y fieles a la fe católica). Esto dio origen a una sociedad mestiza articulada institucionalmente desde muy temprano.

El Imperio británico fue "excluyente": Percibió a las poblaciones nativas como competidoras por la tierra y una amenaza, optando por el desplazamiento o el exterminio en lugar de la integración. No se promovió el mestizaje ni la conversión masiva de los nativos.

Yo mismo lo he citado aquí al Nobel. En «Los botes del Titanic», en marzo del año pasado, les traje un párrafo largo suyo del Financial Times en el que imaginaba el declive americano de los años treinta y avisaba de que la historia del fracaso no está escrita, que es solo una alternativa posible. Douglas North —Nobel de 1993— explicó que es imposible entender por qué unas naciones son ricas y otras pobres sin estudiar su historia, y que las instituciones creadas hace siglos determinan las decisiones económicas del presente.

La crítica, para minar la credibilidad del autor —esa mortalidad de los colonos— está mal medida según las fuentes de la revista. Lo admitió el propio comité del Nobel en su informe de 2024, donde reconoce que los datos son «a veces flojos». Y lo demostró con detalle David Albouy, de la Universidad de Illinois, en un comentario publicado en la American Economic Review en 2012: a treinta y seis de los sesenta y cuatro países de la muestra se les asignó la tasa de mortalidad de otro país, a menudo sobre evidencia equivocada o contradictoria, y se mezclaron en el mismo saco muertes de obreros, de obispos y de soldados en campaña, que no es lo mismo morirse cavando una mina que morirse asaltando una posición. Corrijan eso, dice Albouy, y la relación pierde robustez y los intervalos de confianza se van al infinito. Un trabajo reciente de Martin Buchner, del instituto RWI de Essen, encontró que los expertos consultados se inclinan algo más del lado de Albouy que del lado del paper original. ¿Y qué? Ni el Nobel es por el artículo ni, en lo fundamental, hay cambios relevantes.

Atentos porque siempre es igual, hay una idea potente, una declaración, una obra esclarecedora o que mina el establishment y entonces se diseña un ataque al autor, no se debate la idea en profundidad. La idea potente es la de la defensa de la prosperidad compartida. Eso es lo que se quieren cargar. Además la definición de instituciones extractivas ( diseñadas para concentrar el poder y la riqueza en manos de una pequeña élite, desposeyendo al resto de la población) empieza a quedarle muy bien a los propios Estados Unidos.

Aun así, Acemoglu, Johnson y Robinson contestaron en el mismo número de la misma revista. Dicen que para llegar ahí Albouy tira casi el sesenta por ciento de la muestra —incluidos Estados Unidos, Canadá y Australia— y que es esa amputación, combinada con ciertas decisiones estadísticas, la que introduce la inestabilidad. Acemoglu ha añadido, ahora, que hoy haría «varios cambios» en aquel artículo, aunque no en los datos de mortalidad. La discusión sigue viva. La defensa del Nobel me parece interesante: el veredicto central del artículo crítico de The Economist se apoya en economistas anónimos que sueltan su opinión verdadera «después de unas copas», y el único crítico citado con nombre y apellidos es un bloguero.

La réplica es buena: ¿publicarían Vds. una carta que dijera que, tras unas copas, la mayoría de la gente me cuenta que su periódico ya no merece la suscripción? Segundo: la cautela sobre su artículo de junio acerca de natalidad y crecimiento —que el periódico le echa en cara— está escrita por él mismo en las conclusiones de ese artículo, y al profesor Jesús Fernández-Villaverde —figura muy relevante en el debate sobre política económica e institucional, divulgador y columnista en diversos medios destacando su blog de economía Nada es Gratis y su tribuna en El Confidencial— no lo entrevistaron. Tercero: el momento es curioso, y coincide con la salida de su libro. Y remata con una frase: si esto es lo mejor que pueden hacer con una obra de treinta y tres años, entonces es su crítica la que resulta extrañamente poco convincente. Tiene razón en las tres.

Las naciones prosperan cuando las instituciones son buenas y se estancan cuando son malas. Cierto. ¿Qué es una institución? Reglas, normas, cumplimiento, cultura, la herencia, el clima moral: todo, en realidad. ¿Y de dónde vienen las instituciones? De «coyunturas críticas» y de «deriva institucional», es decir, de otras instituciones anteriores. Tyler Cowen lo despachó ya en 2011 con la imagen de tortugas hasta abajo, el mundo sostenido sobre una tortuga que se apoya en otra tortuga que se apoya en otra. Duncan Green, de la London School, ha dicho que el marco funciona sobre todo a toro pasado. Y Francis Fukuyama, en horas bajas desde descubrir que no había “Final de la Historia”, precisamente por la avaricia de las élites, que no se conformarían con su paz kantiana 2.0, lleva desde entonces señalando que el libro despacha a China —crecimiento espectacular durante cuarenta años con instituciones perfectamente extractivas— con un manotazo, aunque Acemoglu responde, y es verdad, que su libro nuevo le dedica dos capítulos a la primera potencia industrial del mundo.

Mi opinión es que evaluar la calidad de las instituciones sin la calidad de las élites que se sirven de ellas y a quién sirven es incompleto. Mientras las élites no estén comprometidas con sus países, el bien común y la prosperidad compartida, no hay institución que resista. Ahí tienen la fantástica democracia americana, que se ha revelado ser una monarquía absolutista de 8 años con dos reválidas y dos mid terms, sin capacidad para controlar el Deep State y con plena capacidad para arrancar guerras, incumplir acuerdos internacionales sancionados como los de la OMC o romper unilateralmente acuerdos de libre comercio, sin pasar por las cámaras, entre otras lindezas. ¿Quién financia esto? Es lo mismo que a quien conviene este desastre.

Pregúntense siempre lo de Jordi Pujol, “¿y esto quien lo paga?”. Quién financiaba a Napoleón, y antes a los revolucionarios, y luego el crash de Londres de 1825 tras haber financiado a los libertadores, y a Garibaldi, a Leopoldo II en Congo, a los independentistas de todo pelaje que parecen de repente en el imperio austro húngaro, y a los otomanos antes de casi quebrar y tener que ir a endeudarse a Berlín, y a los austriacos tras su crash de Viena de 1873, cherchez la femme, cherchez l’argent. Papilla para todos y caña a los que la denuncien.

En la clasificación del artículo de Acemoglu, la América española sería caso canónico de institución extractiva. Y en parte lo fue. Y entra por pura mecánica del modelo: porque la variable que decide es cuánta fiebre había, y en el trópico los colonos se morían como chinches. Lo que el modelo codifica como un cero es esto: las Leyes de Burgos de 1512; la cátedra de Francisco de Vitoria en Salamanca sosteniendo desde 1539 que los indios tenían dominio sobre sus tierras y que ni el Papa ni el Emperador eran señores del mundo; las Leyes Nuevas de 1542; y un emperador mandando parar las conquistas en 1550 —parar, literalmente, la expansión de un imperio en plena expansión— para que catorce teólogos y juristas discutieran en Valladolid si aquello era legítimo, con Las Casas frente a Sepúlveda.

Ya se lo conté en «Cuando Hind era el Indo»: aquello es el primer debate formal de derechos humanos de la historia moderna, y no salió de la nada, salió de Salamanca, que salió de Aquino, que salió de Aristóteles. Y al lado, la máquina institucional que ninguna otra potencia montó: la universidad de Santo Domingo por la bula In Apostolatus Culmine de octubre de 1538, San Marcos de Lima por real provisión de mayo de 1551 y la de México por real cédula de septiembre del mismo año.

Tres universidades en trece años, cuando en la América inglesa no había ninguna y no la habría hasta Harvard, casi un siglo después. Gramáticas del náhuatl y del quechua impresas por frailes. Hospitales. Acemoglu como Harari, cuando nos tiene que citar nos mete en el cajón de “los europeos”. Falta lupa de los economistas y los historiadores sobre el modelo desplegado desde 1520 a la expulsión de los jesuitas en la América española. Aquello no era una Utopía, pero estamos comparando con otros imperios y con la propia península.

Melissa Dell demostró en Econometrica, en 2010, con una discontinuidad de regresión muy limpia, que los distritos peruanos sometidos a la mita minera entre 1573 y 1812 tienen hoy un veinticinco por ciento menos de consumo por hogar y seis puntos más de retraso del crecimiento infantil que sus vecinos que quedaron justo al otro lado de la raya. Se le olvidó citar que antes de la llegada de los españoles, la mita ya existía en el Imperio Inca como un sistema de trabajo recíproco y obligatorio en beneficio del Suyu (el Estado inca), destinado a la construcción de caminos, terrazas agrícolas o puentes. La mita fue extractiva, fue una salvajada y sus efectos duran cuatro siglos después. Ya escribí en «Saturno en la nube» que el imperio sacó de Potosí la mayor veta de plata del mundo y que el valor se acumuló en Génova, en Amberes y en Londres, no en Castilla. Quien defienda que allí todo fueron hospitales, universidades, lenguas indígenas, reducciones y catecismo miente igual que el que dice que todo fueron minas.

En 2024, en «The Simple Macroeconomics of AI», Acemoglu calculó que la inteligencia artificial subiría la productividad total de los factores en Estados Unidos un 0,71 por ciento en diez años, y sugirió que incluso eso era generoso. Cuando el periódico le pone delante la crítica de Larry Summers —que ese cálculo deja fuera por completo la posibilidad de que haya progreso científico más rápido o mejores decisiones gracias a la IA—, Acemoglu contesta con una honradez que le honra y que no tiene el noventa y cinco por ciento de los que opinan de esto: «Es una crítica válida. No preví la IA agéntica y no estaba incorporada en mis predicciones».

Dieciocho meses. No cinco siglos: dieciocho meses. Y mientras tanto, el Nobel del año siguiente, el de 2025, ha ido a Joel Mokyr, Philippe Aghion y Peter Howitt por explicar el crecimiento impulsado por la innovación y por la destrucción creativa de Schumpeter; y Aghion, con Simon Bunel, en un trabajo de junio de 2024 para la Reserva Federal de San Francisco, calculó que la IA subiría el crecimiento de la productividad agregada entre 0,8 y 1,3 puntos porcentuales al año durante esa misma década.

Acemoglu dice 0,71 por ciento en diez años, es decir siete centésimas anuales, y Aghion dice entre ochenta y ciento treinta centésimas anuales. Diez o quince veces más. Con su método alternativo, más conservador, a Aghion todavía le sale una mediana de 0,68 puntos al año, que sigue siendo diez veces Acemoglu. Dos Nobel consecutivos, sobre el mismo fenómeno, con cifras que no se parecen en nada. Nadie sabe lo que va a pasar en el futuro por deducción o inferencia cuando sucede una disrupción, la concentración de disrupciones en nuestra época es tan alta que es imposible predecir nada sobre el futuro, ni bueno ni malo.

La IA cambia todo. Podría causar una crisis por explosión de su burbuja que a corto haga bajar y mucho el PIB del mundo, a largo plazo es otra cosa, pero no hay modelo que lo pueda predecir porque el salto es discontinuo y la función desconocida. Estuve en octubre de 2025 en el congreso MINND de nuestra UMA escuchando a los mejores de Europa hablar de estas cosas, innovación y progreso, y ya les conté en «Las preguntas difíciles» que me sentí privilegiado por escucharlos, abochornado porque no había cola de catedráticos ni de alumnos esperándoles con un libro en la mano. Al fin y al cabo, ¿a quién le importa hoy el pasado en serio? Lo que no comprendo es que no se ocupen del futuro, que es donde pasarán el resto de su vida. (Allen dixit)

Citando a Hayek: nadie puede ser un gran economista si es solo economista, y un economista que solo es economista tiene todas las papeletas para convertirse en una molestia, si no en un peligro. Como ahora Acemoglu. Y con él, Alfred Marshall diciendo de Keynes en 1924 que el economista maestro debe ser matemático, historiador, estadista y filósofo, y estudiar el presente a la luz del pasado para los propósitos del futuro. Piketty y Krugman llevan años denunciando que las facultades han marginado la Historia del Pensamiento Económico y nos están sacando profesionales brillantísimos resolviendo ecuaciones y desarmados para entender de dónde vienen las crisis. Schumpeter dijo que, si tuviera que empezar de nuevo su carrera y elegir un solo campo, elegiría la historia económica. Yo digo que han sacrificado directamente la Historia. Ninguno de estos era un rancio nostálgico del imperio.

Vimos en «Perseveremos» a cuenta de Friedrich List y de la patada a la escalera que revitalizó el coreano Ha-Joon Chang: el que llegó arriba con aranceles, subsidios y política industrial descubre después que lo correcto es el libre comercio, chachipiruli, y le retira la escalera al que viene detrás.

Cuando vean que The Economist le casca a un economista, léanlo. El nuestro, junto a Simon Johnson, publicó «Poder y progreso» (2023), que se enfocó en cómo el avance tecnológico no genera prosperidad compartida de forma automática, sino que requiere contrapesos sociales para no enriquecer solo a las élites. No conviene criticar estructurada y documentadamente bien a las élites. Si lo haces, te cascan.

En «What Happened to Liberal Democracy? Remaking a Politics of Shared Prosperity» (2026), el autor aborda la crisis institucional y el auge del populismo que enfrentan las democracias occidentales.

La democracia liberal no se está desmoronando por una falla inherente a la libertad o al pluralismo, sino porque rompió su promesa fundacional de generar una prosperidad compartida. Al abandonar a la clase trabajadora frente a la automatización, la desindustrialización y la concentración de poder económico, las instituciones democráticas perdieron su base de apoyo social y alimentaron la polarización y el populismo. En resumidas cuentas, a la gente le va peor.

Acemoglu sostiene que la democracia funciona como una máquina política que requiere un equilibrio social activo, no es un «contrato social» automático que camina solo. Para revitalizarla, la solución no es restringir las libertades ni recurrir a liderazgos autoritarios, sino construir un «liberalismo de clase trabajadora» que reoriente la tecnología, los impuestos y las normas laborales hacia el bienestar colectivo.

Léanlo, fórmense un criterio propio, o sigan con la papilla.