Este verano el objetivo ha sido huir del calor. Soy acérrima defensora de la calidad de vida en Málaga, pero cuando llega agosto los argumentos empiezan a debilitarse, más bien se derriten. Cada año hace más calor y más humedad y ni las noches dan tregua a la canícula.

Por ese motivo, los dos viajes principales de este año han sido a Irlanda y Asturias. El primero de ellos organizado por Chat GPT y el segundo por mi cuñado. Vamos a analizar las diferencias.

Le pedí a Chat GPT un sueño esmeralda: disfrutar de lo más auténtico de Irlanda, estar en el campo y en sitios tradicionales, vivir una especie de Downton Abbey a la irlandesa. También le pedí que los trayectos entre unos sitios y otros no fueran largos, de no más de tres horas

Sobre el papel, todo encajaba. Lugares de ensueño, hoteles con buenas puntuaciones en Google, castillos para dormir bajo las estrellas y ninguno a una distancia de más de 200 kilómetros.

Cuando llegamos, la realidad fue muy diferente.

Las idílicas y sinuosas carreteras irlandesas son lentas de transitar. Muy lentas. Nos dimos cuenta de que recorrer 30 kilómetros podía suponer casi una hora y que algunos trayectos entre hoteles se acercaban peligrosamente a las cinco horas.

La IA había calculado la distancia y el tiempo sobre el mapa, pero no había tenido en cuenta algo tan sencillo como la duración real del recorrido. No había entendido que, en determinadas carreteras, 100 kilómetros pueden ser una eternidad.

Niñas y marido protestando, con razón, y criticando mi devoción absoluta al mundo de la inteligencia artificial.

Los hoteles, eso sí, eran efectivamente castillos preciosos. Pero estaban llenos de octogenarios que dormían la siesta en el invernadero y tenían horarios de cena que terminaban a las ocho. El Downton Abbey que yo había imaginado empezaba a parecerse más a una residencia de la tercera edad.

Tuvimos que cambiar el recorrido sobre la marcha y tirar del factor humano para reorganizar reservas, rutas y planes. La IA había hecho un viaje perfecto sobre el papel. Nosotros tuvimos que hacer el viaje posible en la vida real.

Y entonces llegó Asturias.

El segundo viaje lo organizó mi cuñado, a su tierra natal.

Llegamos a la casa rural directamente desde el aeropuerto y, a los diez minutos, llaman a la puerta al son de "servicio de habitaciones". Son los primos, cargados de chuches liofilizadas y abrazos, después de casi un mes sin vernos.

No había puntuaciones de Google ni algoritmos calculando distancias. Había gente esperando detrás de una puerta.

Nos vamos directamente a cenar a una sidrería de Gijón, después de un paseo para ver el váter de King Kong. Los niños enloquecen de alegría.

Al día siguiente, descenso del Sella en familia, entre risas y paradas estratégicas para tomar un refrigerio. Comemos en Narbasu, el precioso restaurante de Nacho Manzano en la falda de los Picos de Europa.

Nos bañamos en la playa de Toranda, rodeados de un bosque infinito. Comemos helados de una furgoneta de La Revuelta, la mítica heladería de Llanes. Engullimos bombones en La Vega, los mejores de Asturias. Me hago fotos con mi hermana y me pongo el pelo rizado. Vemos el atardecer en Playa Madre, escuchando de fondo el concierto de La niña Polaca.

Al día siguiente visitamos a la bisabuela de mis sobrinos. Probamos los llámpares por primera vez. Escuchamos rap en el coche con los primos y cantamos Mamma Mia con las niñas. Por la noche, vemos La Familia Benetton 2.

Y, de repente, me doy cuenta de que no hay ningún algoritmo capaz de organizar todo eso.

Porque hay cosas que, afortunadamente, la inteligencia artificial todavía no hace mejor que los humanos.

No sabe quién va a llamar a la puerta diez minutos después de llegar. No sabe qué primo va a aparecer con una bolsa de chuches. No puede calcular cuánto dura una sobremesa, cuánto tarda un niño en decidir qué helado quiere o cuánto vale una canción cantada a gritos en un coche lleno de gente.

Tampoco sabe que el mejor plan puede ser desviarse de la ruta porque alguien ha recordado una playa, una sidrería, una canción o una historia familiar.

La inteligencia artificial puede diseñarte el viaje perfecto.

Pero hay viajes que no necesitan ser perfectos.

Necesitan ser vividos.

Lecciones aprendidas: para el próximo verano quizá vuelva a pedirle a Chat GPT que me organice el viaje. Pero, por si acaso, me llevaré a mi cuñado.

Me quedo siempre con él. Y con Asturias.