Aquella tarde, Lucía regresó del colegio con una pregunta que ninguno de los adultos esperaba. Dejó la mochila en el suelo, se quitó las zapatillas de cualquier manera y fue directamente hasta el salón, donde su abuelo leía el periódico con la serenidad de quien ya no tiene prisa por casi nada.
Abuelo...
Él bajó las gafas y respondió: Dime.
La niña permaneció unos segundos en silencio.
No parecía una de esas preguntas improvisadas que aparecen y desaparecen en cuestión de minutos. Había algo distinto en su mirada. Como si llevara un rato dándole vueltas. Si ya hemos llegado a la Luna... ¿por qué todavía hay enfermedades que no tienen cura?
El abuelo dobló lentamente el periódico. Sonrió. No porque conociera la respuesta. Sino porque comprendió que acababa de escuchar una de esas preguntas que llevan siglos acompañando a la humanidad. Miró a su nieta. Pensó durante unos segundos. Después respondió con otra pregunta:
¿Recuerdas cuando aprendiste a montar en bicicleta?
Lucía asintió.
¿Lo conseguiste el primer día?
No.
¿Y el segundo?
La niña negó con la cabeza.
Me caí muchas veces.
¿Y dejaste de intentarlo?
Lucía sonrió y respondió que no.
El abuelo volvió a desplegar el periódico, aunque ya no estaba leyendo. Miraba mucho más lejos que aquellas páginas. La ciencia se parece bastante a aprender a montar en bicicleta. No descubre las respuestas porque tenga suerte. Las descubre porque nunca deja de levantarse después de cada caída. Aquella conversación terminó pocos minutos después.
Lucía salió a jugar, pero la pregunta permaneció flotando en la habitación. En realidad, todos nos la hemos hecho alguna vez. ¿Por qué unas enfermedades tienen tratamiento y otras continúan resistiéndose?
¿Por qué algunos problemas médicos que hace apenas unas décadas parecían imposibles de resolver hoy forman parte de la medicina cotidiana, mientras otros siguen esperando una respuesta?
Existe una cierta tendencia a imaginar la ciencia como una fábrica de soluciones. Pensamos que basta con reunir a un grupo de investigadores brillantes, proporcionarles buenos equipos y esperar el resultado. Como si el conocimiento pudiera fabricarse siguiendo un calendario.
La realidad es mucho más humilde y también mucho más fascinante. La investigación biomédica no comienza encontrando respuestas. Comienza aceptando que todavía no las tiene. Todo nace de una duda. ¿Por qué aparece esta enfermedad? ¿Por qué unas personas responden a un tratamiento y otras no? ¿Qué ocurre dentro de una célula cuando comienza el problema? ¿Cómo podríamos detectarlo antes?
Cada una de esas preguntas abre un camino completamente nuevo y la mayoría de las veces ese camino no conduce directamente a la solución. Conduce a nuevas preguntas.
Es fácil admirar el momento en que un descubrimiento cambia la historia. Mucho más difícil es admirar los miles de días anteriores. Los días en que aparentemente no ocurre nada. Los experimentos que no funcionan. Las hipótesis que deben descartarse. Los resultados que obligan a empezar de nuevo. Sin embargo, ahí es donde realmente avanza la ciencia. No cuando encuentra respuestas, sino cuando aprende por qué una respuesta todavía no sirve.
Vivimos en una época acostumbrada a la inmediatez. Pedimos un libro y llega al día siguiente. Una película comienza al pulsar un botón. Una videollamada cruza el planeta en segundos. Esa velocidad ha terminado moldeando también nuestras expectativas. Esperamos que todo tenga solución inmediata, pero la naturaleza no entiende de prisas.
Una enfermedad no revela sus secretos porque lo deseemos. Las células no aceleran su comportamiento para adaptarse a nuestros calendarios. La biología conserva su propio ritmo y comprenderla exige una virtud que cada vez practicamos menos: La paciencia.
Quizá por eso la investigación biomédica representa una de las actividades humanas más honestas. No promete milagros. No promete certezas. No promete fechas. Promete algo mucho más difícil: seguir buscando, seguir comprobando, seguir aprendiendo, seguir corrigiéndose. Porque la ciencia posee una característica extraordinaria, es capaz de reconocer que estaba equivocada. Y precisamente por eso progresa.
Cada generación entrega a la siguiente un conocimiento ligeramente mejor que el que recibió. Un investigador descubre algo, otro lo perfecciona, un tercero encuentra una aplicación inesperada. Décadas después, aquello termina convirtiéndose en un tratamiento que millones de personas consideran completamente normal. Entonces olvidamos todo el camino recorrido. Olvidamos que alguien dedicó media vida a responder una pregunta cuya importancia casi nadie comprendía en aquel momento.
Tal vez esa sea una de las formas más discretas de generosidad que existen. Trabajar durante años para personas que todavía no sabes quiénes serán. Mientras tanto, algunas enfermedades siguen esperando. No porque falte voluntad, ni inteligencia, ni compromiso. Simplemente porque todavía no conocemos todas las respuestas y reconocerlo no debería disminuir nuestra confianza en la ciencia, debería aumentarla. Porque pocas actividades humanas son tan rigurosas como aquella que solo acepta una respuesta cuando ha demostrado que realmente es cierta.
Al caer la tarde, Lucía volvió al salón. Su abuelo seguía allí. Esta vez el periódico permanecía cerrado.
Abuelo...
¿Sí?
Entonces... ¿algún día todas las enfermedades tendrán cura?
Él tardó unos segundos en responder. Miró por la ventana. En la calle, varios niños aprendían a montar en bicicleta. Uno de ellos acababa de caerse. Se levantó. Sacudió el polvo de las rodillas y volvió a intentarlo.
El abuelo sonrió y respondió: No lo sé, pero sé que, mientras haya personas dispuestas a seguir levantándose después de cada caída para volver a hacerse una pregunta, habrá motivos para seguir creyendo que el próximo avance todavía está por llegar.
Y quizá esa sea la mayor lección que puede enseñarnos la investigación biomédica. Que el futuro no pertenece a quienes tienen todas las respuestas. Pertenece a quienes nunca dejan de buscarlas.