Incluso quienes no seguimos el fútbol con frecuencia terminamos viendo algún partido cuando juega la selección. Durante unos días compartimos algo poco habitual: una misma ilusión. España ha conquistado la segunda estrella. Hay victorias que, además de celebrarse, invitan a reflexionar.

Y es que el logro de la Roja trasciende lo deportivo. Demuestra que el éxito nace menos del talento individual que del trabajo en equipo, la constancia y una cultura basada en el esfuerzo. También refleja un país diverso capaz de unir identidades y orígenes distintos en torno a un fin común.

Personas con ideas políticas opuestas, edades distintas y vidas muy diferentes celebran el mismo gol, se abrazan y sienten que forman parte de un nosotros. No se trata de que las diferencias desaparezcan; simplemente dejan de ser lo más importante cuando existe un objetivo compartido.

La psicología social lleva décadas estudiando este fenómeno. Cuando nos une una identidad, aumenta la cooperación y estamos dispuestos a hacer esfuerzos que, de forma aislada, difícilmente haríamos.

Los seres humanos no nos movemos solo por datos; necesitamos relatos que den sentido al sacrificio. Eso fue lo que consiguió Luis Aragonés: antes de cambiar una generación de futbolistas, cambió la forma en que el grupo se veía a sí mismo. Sustituyó la duda por la confianza, el individualismo por un sentido de pertenencia y convenció al equipo de que podía ganar.

Ahora bien, conviene no confundir esperanza con fantasía. La selección no ha ganado porque alguien prometiera la victoria, sino gracias a años de entrenamiento, planificación, talento y disciplina. El relato importa, pero solo funciona cuando descansa sobre la realidad. Inspirar no consiste en negar los problemas, sino en ofrecer un camino creíble para superarlos.

Las lecciones del deporte no pueden trasladarse directamente a la política, pero sí dejan una pregunta: ¿qué ocurre cuando un proyecto colectivo deja de ocupar el centro? En buena parte del debate público parece imponerse la lógica contraria a la de un equipo campeón: reforzar lo que separa, convertir al adversario en enemigo y hacer de la polarización una estrategia rentable. La democracia necesita la discrepancia; es la mejor garantía frente al pensamiento único. Lo que no debería ser lo habitual es convertir a cada una de ellas en un enfrentamiento.

Quizá por eso un triunfo deportivo despierta tanta esperanza: porque, aunque solo sea durante unos días, nos recuerda que es posible liderar desde la cooperación, inspirar sin dividir y alcanzar metas compartidas sin necesidad de enfrentar a unos españoles con otros. Algo que no debería sorprendernos. Ya ocurrió en algunos de los grandes logros de nuestra democracia: la Transición, la consolidación de las instituciones democráticas, la integración europea o la unidad frente al terrorismo de ETA.

Resulta tentador responsabilizar únicamente a los políticos, pero los líderes también responden a los incentivos que encuentran. Si premiamos las promesas imposibles y castigamos a quien explica la complejidad, no debería sorprendernos el tipo de discursos que terminan predominando.

La enseñanza es mucho más sencilla. Los grandes éxitos colectivos requieren liderazgo, dedicación, confianza y objetivos compartidos. Como recuerda Luis de la Fuente, exigen poner el "nosotros" por delante del "yo".

Este es el verdadero reto: no eliminar nuestras diferencias, sino construir proyectos capaces de hacerlas menos importantes.

Las estrellas se cosen en la camiseta. La confianza entre ciudadanos se construye cada día. El partido terminó. La lección, si queremos escucharla, apenas acaba de empezar.