Se juega el Mundial, los árbitros favorecen a los equipos privilegiados y leo en Centroamérica Cuenta una crónica firmada por Luis Chaves sobre el Mundial del Barrio, una iniciativa maravillosa que tiene lugar en algunos de los barrios más castigados de Ciudad de Panamá, que, en palabras del autor, “a partir del fútbol, no el privatizado y gentrificado por la FIFA, sino el deporte popular y democrático al que Gramsci se refería como ‘el reino de la lealtad humana ejercido al aire libre’, fue la propia comunidad ampliada de San Felipe y el Chorrillo la que logró que el país reconociera su otra cara”.
El país es Panamá, ya lo hemos dicho, y el Chorrillo fue una de las zonas más bombardeadas durante la operación desatada por los Estados Unidos en 1989 para hacer caer a su antiguo aliado, el General Noriega, devenido narcotraficante y opositor inesperado a los deseos de la metrópoli, siempre relacionados con su estratégico Canal.
Es un reportaje que leo en la web de la Agencia Ocote y que aparece etiquetado bajo la palabra “democracia”, porque el deporte bien entendido une, construye comunidad y saca lo mejor de cada persona si se entiende desde otra perspectiva que tiene más que ver con los orígenes, las dificultades y la superación colectiva de los problemas, y no tanto como una carrera de individualidades muy competitivas.
Nada de Cristianos Ronaldos recordando tras ser eliminados que sus selecciones nacionales no eran nada hasta que ellos llegaron, y no lo serán cuando ellos se vayan. Menudo mentecato egochiflado.
La crónica de Luis Chaves me ha recordado cierta experiencia en la Nicaragua de 2005, antes de que la sociedad mafiosa Ortega-Murillo, en régimen de gananciales, saqueara el país centroamericano, expulsara a sus mentes más preclaras y persiguiera y encarcelara a sus voces críticas, incluyendo al obispo Abelardo Mata, de 80 años, detenido para ser interrogado y en paradero desconocido en el momento de escribir este texto.
Era otra Nicaragua, más segura, más presentable, y mi mujer y yo fuimos a Somoto, al norte del país, en la ribera de la gran carretera Panamericana por la que circulaban sin cesar camiones cargados de mercancías, y también a menudo de personas con sus esperanzas a cuestas, con sus miras y anhelos puestos en ese país del norte que ha pasado de ser tierra de acogida y de oportunidades a convertirse en el escenario de detenciones masivas, arrestos arbitrarios, redadas violentas y traicioneras, separaciones familiares, deportaciones sin garantías o asesinatos selectivos. El último, el del mexicano Lorenzo Salgado Araújo, recordemos sus nombres, a manos de un agente del odioso ICE (Immigration and Customs Enforcement), en Texas.
Así que fuimos a Nicaragua en agosto de 2005, cuando la gobernaba Enrique Bolaños, elegido democráticamente, para visitar unas escuelas que estaba rehabilitando una ONG con la que colaborábamos. Toda una temeridad, porque mi mujer estaba embarazada ya de Daniel, nuestro hijo mayor, que nacería en febrero de 2006, y cuyo nombre no tiene nada que ver con el del criminal Ortega, saqueador vitalicio de Nicaragua desde 2007, inquisidor de libros y libertades, perseguidor de poetas.
Y vía Miami y Managua llegamos a Somoto, donde visitamos las escuelas, pintamos sus paredes, escuchamos a los líderes vecinales sandinistas en sus luchas legítimas contra la privatización del agua, y donde conocimos a algún emigrante repatriado que había trabajado en San Sebastián y que de regreso a su país había montado un pequeño bar enfocado a los cooperantes europeos, siempre tan bien recibidos, y al que regalé un libro que llevaba, Sombras sobre el Hudson, de Isaac Bashevis Singer, porque le encantaba leer y por allí no había manera de conseguir un libro como Dios manda.
Una tarde nos subimos unos cuantos a unas pick-ups, esos todoterrenos con la parte trasera abierta, y acabamos en un pequeño campo de fútbol sala asfaltado en medio de la vegetación. Todo era caos, con decenas de chavales o cipotillos jugando de manera desordenada y poco efectiva.
Así que con mi alma de organizador y mi espíritu dominante me puse al frente y en pocos minutos teníamos ya reglas claras y un campeonato en marcha: varios equipos de chavales, cada equipo con uno de nosotros de portero, de manera que los partidos se jugaban a un solo gol, para propiciar la rotación, y los porteros no podíamos utilizar las manos, que debíamos tener en la espalda. Remedio de santo que todos aceptaron con una mezcla de sorpresa y curiosidad.
Fue una tarde estupenda, porque se respetaron las reglas del juego, hubo minutos para todos, los equipos sabían que en cualquier momento podían volver a jugar, en cuanto alguien metiera un gol, y se compitió de manera limpia y respetuosa.
En mi equipo jugaba un chaval muy humilde, pero muy bueno, y en la grada aproveché para decirle algunas cosas: que no se ofuscara si fallaba una jugada, si sus compañeros eran peores que él, o si perdía, porque lo importante era pasar un buen rato y si se enfadaba no iba a disfrutar. Consejos de un joven cooperante europeo a un chaval nicaragüense que ya habría dejado la escuela y que cuidaría ganado o ayudaría a su familia a sobrevivir.
Sin embargo, cuando regresamos subidos a los todoterrenos las caras de alegría de la chavalería eran tan evidentes que sentí por un momento que había esperanza. Me subí a la parte trasera con una agilidad que perdí hace años y disfruté de aquel rato de viaje incómodo, entre sonrisas y ojos brillantes, con la sensación de haber propiciado al menos una tarde de felicidad para aquellos chiquillos a los que la vida no iba a tratar nunca tan bien como lo ha hecho conmigo.
Y por eso, al leer la crónica de Luis Chaves, he pensado de nuevo en aquella maravillosa tarde de fútbol en medio de la vegetación, a las afueras de Somoto, porque con un poco de voluntad, una organización buena y estable, instalaciones deportivas decentes y algunas personas comprometidas se pueden conseguir muchas cosas, incluso en los entornos más adversos y bajo las condiciones más difíciles.
El Mundial de la FIFA seguirá, puede que gane el mejor; también el Mundial del Barrio de esas zonas de los márgenes de Ciudad de Panamá. Y lo mismo puede decirse de países como Haití, estados fallidos en los que el fútbol logra sacar sonrisas, evitar lágrimas y olvidar el miedo.
Pocos recuerdos tengo tan felices de los viajes que hice como el de aquella tarde inesperada, divertida y futbolística, cuando el mundo se detuvo para nosotros y la vida nos permitió creer en el futuro sin pedirnos nada a cambio.