Doce personas han muerto esta semana en la sierra de Almería. El levante empujaba las llamas con una violencia que los veteranos no recordaban, y el fuego encontró lo que encuentra en el Mediterráneo cuando ha llovido abundantemente en invierno y primavera: un monte cargado de combustible que ya nadie limpia, sin ganado, sin herbívoros, sin pastores, sin cortafuegos.

La misma semana en que ardía esa prueba del abandono, en los despachos de Washington se descosía en silencio la última gran promesa verde del planeta. No es casualidad que las dos cosas coincidan. Son la misma historia contada por sus dos extremos: la de un mundo que se vistió de verde a toda velocidad y que, en cuanto ha soplado el viento —el del coste, el de la guerra, el de los presupuestos—, se está desnudando con la boca pequeña.

Empecemos por el gesto más solemne. En junio de 2023, en París, con Macron en primera fila y una ovación en pie, el presidente del Banco Mundial anunció que casi la mitad de sus préstamos se destinarían a combatir el cambio climático. Solo hace 3 años. Un año después la institución rozaba el objetivo: el 44% de su cartera, 43.000 millones de dólares, con etiqueta verde.

Pues bien: el mes pasado, sin ceremonia, sin selfie a la salida y bajo presión de la Casa Blanca, esa meta del 45% se jubiló. Así mueren los compromisos climáticos: no con un decreto valiente, sino con una nota a pie de página. El mayor banco de desarrollo del mundo, que durante setenta años solo se ocupó de la pobreza, se vistió de verde para la foto y se lo ha quitado en cuanto el inquilino de la Casa Blanca ha fruncido el ceño.

No es un caso aislado; es el patrón. BP, que en 2020 vendió su plan como una «década de entrega» y prometió recortar un 40% su producción de petróleo para 2030, tiró ese objetivo por la borda en 2025 y volvió a los hidrocarburos con una apuesta de 10.000 millones de dólares. La confesión de su consejero delegado merece enmarcarse: habían ido «demasiado lejos, demasiado rápido».

Detrás de él, en fila india, UBS, Delta, Air New Zealand o Walmart han recortado o incumplido sus promesas. Es el tejido de Penélope a escala planetaria: se teje la meta de día, para la asamblea de accionistas y el folleto de sostenibilidad, y se desteje de noche, cuando el mercado aprieta y hay que rendir el único culto que nunca se abandona, el del EBITDA. Drill baby drill.

Y mientras unos desmontan sus promesas, otros perfeccionan la contabilidad para fingir que las cumplen. Google se anota 1,2 millones de toneladas de CO₂ «evitadas» —el equivalente, dice, a retirar 250.000 coches de la circulación— porque sus usuarios eligen en Maps la ruta más eficiente. Emisiones evitadas: reparen en la joya semántica. No es lo que Google deja de emitir, sino lo que calcula que otros habrían emitido si no hubieran usado su aplicación, medido contra un escenario imaginario en el que nadie hizo nada.

Es la venta de indulgencias del siglo XXI, la bula de carbono: uno paga —o programa— y se lleva a casa un pecado ajeno redimido. Hay que tener morro para apuntarse en el activo las emisiones que no son tuyas; pero cuando la sostenibilidad es un renglón de marketing, la creatividad contable no tiene techo. Un día los amigos del Santander invitaron a una chica de Forestalia a hablar en un evento. Aún me pellizco de vez en cuando. Me inspiró lo de “La Cobra y la Flauta”.

El cambio climático es real y el monte que arde en Almería lo grita más alto que ningún informe. Una parte es antropocéntrica y otra natural. En verano hace calor, no necesitamos que nos lo dosifiquen semana a semana por olas. Lo de la canícula del 15 de julio al 15 de agosto es de los romanos. La palabra proviene del latín canicula (que significa "perrita"). Hace referencia a la estrella Sirio, la más brillante del cielo nocturno, que se encuentra en la constelación del Can Mayor.

En la antigüedad, los griegos y los romanos observaron que, durante el apogeo del verano, Sirio aparecía en el horizonte justo antes del amanecer (lo que se conoce como orto helíaco). Creían erróneamente que el calor de esta estrella se sumaba al calor del Sol, provocando los días más sofocantes del año. De ahí surgió la expresión "días de perros" (en inglés, dog days of summer). Siendo de Antequera, lo del calor en verano, si no hace solano es de siempre.

La crítica no va contra la ciencia: va contra la hipocresía. Una cosa es la transición y otra el disfraz. Lo que se está descosiendo no es el clima, sino el verde de escaparate, ese que se puso a gran velocidad precisamente porque no comprometía a nada serio. Y aquí es donde el asunto deja de ser corporativo para volverse europeo, y bastante más grave.

Porque hay una segunda columna en esta misma página, y va de autolesión. Volkswagen, el corazón industrial de Alemania, recortará 19.000 empleos en su país antes de que acabe el año, hasta 50.000 de aquí a 2030, y según los cálculos que ha publicado Manager Magazin podría llegar a los 100.000 y cerrar cuatro plantas históricas. Quince por ciento de la plantilla de la mayor automovilística de Europa. La paradoja es la de siempre: cuanto más juran nuestros políticos defender la industria, más puestos se pierden en ella. Se llenan la boca de «autonomía estratégica» y «reindustrialización» mientras firman la letra pequeña que la hace inviable. Bastiat lo explicó hace siglo y medio con su ventana rota: existe lo que se ve —el empleo verde que se anuncia con banda y photocall— y lo que no se ve, que es el empleo industrial que se evapora en silencio, sin rueda de prensa.

¿Y por qué se evapora? En buena parte, por el precio de la energía. Europa se cortó a sí misma el gas ruso barato, y el sabotaje de los gasoductos Nord Stream remató la faena. Aquí toca actualizar el relato, porque la instrucción ha avanzado: en julio de 2026 la Fiscalía alemana ha imputado a un exoficial ucraniano, al que atribuye haber dirigido —por orden del Estado ucraniano, sostiene— el comando de buzos que voló las tuberías.

Es decir, que la infraestructura que abastecía a la primera industria del continente la reventó, según la justicia alemana, un aliado, y nadie fue disuadido de nada. Dejar a los alemanes en camiseta energética no ayudó a nadie salvo a quien vende gas más caro al otro lado del Atlántico. Y sin embargo la conclusión que sacan nuestros dirigentes no es «cuidemos la energía barata», sino «rearmémonos».

Ahí aparecen los nombres. Ursula von der Leyen, de la misma familia del PP europeo, y su flamante secretario general de la OTAN, Mark Rutte, cuyos halagos al inquilino de la Casa Blanca han fijado un nuevo suelo para la palabra servilismo, predican prepararse para una guerra con Rusia que llevamos años azuzando desde mucho antes del Maidán.

Uno puede tener la opinión que quiera sobre el Kremlin —y quien esto firma no le debe simpatía alguna—, pero cabe preguntarse en frío a quién beneficia enemistarse a muerte con el único vecino que puede garantizarnos energía y materias primas competitivas y que, de paso, atesora arsenal nuclear suficiente para borrarnos del mapa. Enfrentarse por una agenda que no es la nuestra, para acabar comprando gas caro y armas caras, es una jugada maestra… para otros. El doble rasero remata el cuadro: cuando los proyectiles caen del lado equivocado —una refinería, una residencia de estudiantes— el silencio es espeso; cuando caen del otro, la condena retumba en todos los micrófonos. La guerra tiene, al parecer, muertos de primera y de segunda.

Y como todo cuadra, cuadra hasta en el presupuesto doméstico. Alemania acaba de anunciar que recortará 2.100 millones de euros en ayudas a las bombas de calor de aquí a 2030, esas que iba a instalar en cada hogar para descarbonizar la calefacción, justo mientras eleva su gasto en Defensa un 33%, hasta rozar los 110.000 millones. Cañones antes que climatización.

No hay mejor radiografía de las prioridades reales: cuando hay que elegir entre la bomba de calor del ciudadano y el obús, gana el obús, y el verde se recorta primero. Que conste que rearmarse puede ser legítimo; lo que no es legítimo es vender como transición ecológica lo que es su desmantelamiento.

Y que nadie diga que esto es cosa de ahora. Ya en diciembre de 2023, en «Un mal año para el planeta», conté que las conclusiones de la COP28 de Dubái habían sido mejorables pero simbólicas, y que el 17 de aquel mes fue el último día en que se aplicaron incentivos a la compra de coche eléctrico en el mayor mercado de Europa. Alemania los suprimió a golpe de sentencia: su Constitucional condenó usar fondos de la pandemia para otro fin —el KTF, el fondo para la transformación y el cambio climático—, y con él se recortaron 12.000 millones en 2024 y hasta 45.000 para 2027.

Mientras Berlín desmontaba sus ayudas, Arabia Saudí anunciaba que Hyundai fabricaría coches eléctricos en el Reino hasta alcanzar una capacidad de 500.000 vehículos al año en 2030, y montaba Ceer, una joint venture con Foxconn que no era su única iniciativa. Unos se quitan las botas verdes justo cuando otros se calzan las de faena. La bomba de calor recortada en 2026 no es un tropiezo aislado: es el penúltimo capítulo de una retirada que dura ya tres años.

Y aquí quiero rescatar algo que ya defendí en estas páginas, en «Europa Félix»: la dicotomía entre descarbonización o defensa es un error. No es «o», es «y». Los chinos llevan años demostrándolo: ser autosuficiente no consiste en elegir entre nucleares o renovables, sino en desplegar las dos a la vez —placas, aerogeneradores, almacenamiento por bombeo y átomo—, y de paso coches eléctricos, centrales y portaviones al mismo tiempo.

Energía barata y limpia no es lo contrario de la seguridad: es su cimiento, porque corta la hemorragia de gas y petróleo que otorga tanto poder a quien nos lo vende. Las guerras del opio de hoy, escribí entonces, se libran cuando te imponen a cañonazos a quién comprarle la energía. De modo que el problema europeo no es la agenda verde: es haberla convertido en un disfraz de escaparate en lugar de en una palanca de competitividad e independencia. Aflojar la descarbonización para meterse en una guerra es un disparate; hacerla en serio, al estilo chino y sin desarmarse, tira de la industria en vez de hundirla. Ese, y no otro, es el verde que merecía la pena, y es justamente el que nadie ha querido coser.

Así que repasemos el balance de esta doble contabilidad. Cuanto más se ha hablado de sostenibilidad, más lejos han quedado los objetivos que un día se firmaron. Cuanto más se ha invocado la industria, más fábricas han cerrado. Se contabilizaban con entusiasmo emisiones evitadas de mentira mientras se abandonaba el monte de verdad, ese que ahora, cargado de combustible porque hemos expulsado al pastor y al herbívoro que durante milenios lo mantuvieron a raya, mata a doce personas en una tarde de levante. La sostenibilidad que faltó en Almería no era la de las placas fotovoltaicas ni la de los folletos corporativos: era la del ganado extensivo, la trashumancia y el cortafuegos. La más barata, la más vieja y la más eficaz. La que no da para inaugurar nada.

Yo también firmé el compromiso de cero emisiones para 2030. Y lo hice convencido, porque en mi oficio aprendí que la única sostenibilidad que sobrevive a un mal trimestre es la que abarata costes: gastar menos energía, menos material y menos agua no es virtud, es margen. Invertí en hacer la compañía a la vez más limpia y más competitiva, que para mí eran la misma cosa. El capital, atento como siempre a lo que de verdad importa, me relevó antes de que terminara el plan. Lo esencial seguía siendo lo de siempre, el puñetero EBITDA, y si para maquillarlo un trimestre había que ir a por agua con la cantimplora, se iba. No guardo rencor: me guardo la lección y la cantimplora roja. El verde dura exactamente lo que dura la bonanza; a la primera ráfaga de viento se descose.

Por eso, cuando veo al Banco Mundial jubilar su meta, a BP volver al crudo, a Google vendernos pecados ajenos redimidos y a Bruselas recortar la calefacción del vecino para comprar cañones, no me sorprende. Reconozco el gesto. Es el del emperador del cuento, que desfilaba orgulloso con su traje nuevo mientras todos aplaudían la tela invisible. Bastó un niño —o una ráfaga de levante— para ver lo que había debajo. También en esto el rey está desnudo: se vistió de verde para la foto y, cuando llegó el frío de verdad, se quedó en pelotas.