¿Acaso nuestro camino elegido nos enseña conocimientos o nos regala una forma concreta de observar el mundo? A veces me pregunto si acabamos interpretando la realidad a través de las estructuras matemáticas que un día aprendimos, o si, por el contrario, quienes llevamos cierta predisposición hacia la creatividad terminamos buscando en la filosofía, la literatura o el arte una vía de escape. No para alejarnos de la ingeniería, sino para comprender aquello que las ecuaciones, por sí solas, no consiguen explicar.

Ahora la pregunta es todavía más incómoda en una época tan digital y “artificial” como la nuestra. Porque si nuestros estudios, nuestras experiencias y nuestra forma de pensar terminan moldeando nuestra mirada, ¿qué ocurre cuando empieza a mezclarse con la influencia silenciosa de algoritmos que seleccionan qué vemos, qué ignoramos y hasta qué merece nuestra atención?

Se moldean la cultura, la opinión pública, los cánones de belleza o los movimientos sociales. La mayoría de los usuarios piensan que exploran libremente contenido cuando, en realidad, pueden consumir una versión filtrada de la realidad, seleccionada por sistemas de aprendizaje automático optimizados.

Los algoritmos aprenden aquello que funciona, aquello que retiene, aquello que genera reacción. Pero lo que más circula no siempre coincide con lo más preciso, lo más justo o lo más responsable. La indignación rara vez necesita explicaciones; los matices, en cambio, casi siempre requieren tiempo. Y vivimos en una época donde la velocidad suele ganar a la pausa.

Antes buscábamos información y recorríamos caminos. Ahora recibimos respuestas empaquetadas que muchos ni revisan. Los nuevos sistemas no solo encuentran contenido; lo reorganizan, lo interpretan y lo condensan. Y aunque ganamos velocidad, quizá perdemos algo por el camino.

Algunos investigadores empiezan a hablar de algo tan inquietante como una posible “atrofia cognitiva inducida por inteligencia artificial”. La idea es sencilla e incómoda. Si delegamos de forma constante determinadas tareas mentales, como analizar, sintetizar, recordar o resolver problemas, corremos el riesgo de ejercitarlas cada vez menos y por ende, como con cualquier músculo que dejamos de utilizar, se debilita.

Lo interesante es que algunas investigaciones empiezan a explorar cómo el uso intensivo de internet podría afectar regiones como la corteza prefrontal, relacionada con la toma de decisiones, el control de impulsos y la regulación emocional.

Con ello no quiero hacer una crítica a la automatización. Como ingeniera, sería difícil negar el enorme valor que tienen herramientas como Appian. Porque permiten automatizar procesos repetitivos, conectar sistemas y liberar tiempo que antes dedicábamos a tareas mecánicas y de poco valor añadido. Ahorrar esfuerzo en aquello que una máquina puede ejecutar mejor no solo es eficiente; en muchos casos es necesario. La ingeniería lleva siglos avanzando precisamente así: delegando trabajo para concentrarnos en tareas más complejas.

Quizá la pregunta aparezca en otro lugar, ya que automatizar una tarea no es exactamente lo mismo que automatizar una decisión. Una cosa es delegar acciones repetitivas; otra distinta es dejar de cuestionar aquello que recibimos. Y a veces la frontera entre ambas resulta más difusa de lo que parece.

Existe incluso un nombre para una parte de ese fenómeno: sesgo de automatización. Describe nuestra tendencia a confiar de forma excesiva en sistemas automáticos, aceptando sus resultados con menos espíritu crítico o perdiendo, poco a poco, la capacidad de intervenir cuando algo falla. La paradoja resulta curiosa: cuanto mejor funciona una tecnología, menos ocasiones tenemos de practicar cómo actuar sin ella. Y aquí aparece uno de los grandes desafíos de esta época. Porque el riesgo no siempre surge cuando una máquina se equivoca. A veces comienza cuando dejamos de preguntarnos por qué nos parece correcta.

La psicología lleva décadas estudiando algo que conocemos bien, nuestra mente funciona de otra forma que un ordenador. No analizamos toda la información disponible antes de tomar decisiones. Para sobrevivir hemos desarrollado mecanismos rápidos, atajos cognitivos y reglas simples que nos ayudan a interpretar nuestro alrededor con velocidad. Funcionan razonablemente bien. El problema aparece cuando confundimos rapidez con objetividad.

Daniel Kahneman y Amos Tversky describieron muchos de estos fenómenos. El sesgo de confirmación nos lleva a buscar información que refuerce nuestras ideas previas. El sesgo retrospectivo nos hace creer que los acontecimientos pasados eran previsibles. El efecto autoridad hace que tendamos a creer a quien parece experto, incluso cuando se equivoca.

Necesitamos conocer los números y ser capaces de moverse entre datos y humanidad, entre ecuaciones y pensamiento crítico, entre precisión y sensibilidad. Ingenieras, científicas, estrategas o líderes capaces de recordarnos que detrás de cada algoritmo sigue existiendo algo profundamente humano, la decisión basada en conocimiento, experiencia y datos.

Y aquí permitidme un pequeño guiño a Magas y El Español, que la próxima semana reunirá en Málaga varios días de cultura, historia y conversación poniendo en valor el liderazgo femenino.

Por eso vuelvo a la pregunta inicial. ¿Nos enseñan los estudios únicamente conocimientos o también una forma concreta de observar el mundo? Porque pensar como ingeniera nunca consistió únicamente en resolver problemas o encontrar respuestas precisas. Ha sido precisamente, aprender a convivir con la incertidumbre, cuestionar aquello que parecía evidente y mirar bajo la superficie cuando todos observaban lo visible.

Las grandes verdades no suelen decirse hablando.” María Zambrano